miércoles, 8 de junio de 2011

Richard Blabor

Hace años escribí la pequeña nota que sigue sobre mi tatarabuelo, tras una larga y provechosa visita a Josefina, prima de mi madre.

Richard Blabor, mi tatarabuelo, fue un reconocido médico  inglés que, por razones que ignoro, llegó a los Santanderes promediando la segunda mitad del siglo XIX. Sucumbió a la belleza de mi tatarabuela, Margarita Saavedra, hija de una familia renombrada de la región que nunca vio con ojos buenos sus amores con el extranjero. Fruto de esa relación fue Alfredo Saavedra, mi bisabuelo. Por absurdas razones, que seguramente estaban en consonancia con las convenciones sociales de la época, la familia Saavedra prohibió todo contacto del Doctor Blabor con su mujer y su hijo -a quienes este siempre amó y buscó- y trató de ocultar lo sucedido; paradójicamente, no permitieron que Richard Blabor diera su apellido al niño Alfredo, quien tomó el Saavedra materno. El médico debió abandonar la región y trasladarse a Fusagasuga. Allí adquirió las tierras de la hacienda Llano de Mesa, que incluían lo que hoy corresponde a la entrada a la ciudad (vía de las palmas). Así como quiso dar su nombre al hijo de Margarita, también trató de legarle la propiedad y tenencia de Llano de Mesa. Nuevamente la familia Saavedra se opuso a que Alfredo aceptara la heredad. Decía Chucho Saavedra, mi tío abuelo, que existe evidencia documental de esta historia en los archivos de “protocolo” de las notarías de Fusagasuga. Yo no sé si en los años en que Chucho y Elvia, su mujer, vivieron en San Bernardo, lograron obtener copia de tales escritos. Nunca he podido saber cual fue el destino final del tatarabuelo. Es posible que haya regresado a Inglaterra con la frustración de no haber podido formar un hogar con Margarita y Alfredo.

Tampoco conozco las circunstancias del establecimiento de Alfredo Saavedra (Papá Alfredo) en Cáqueza, pero me figuro que han de ser similares a aquellas que explican el asentamiento de Blabor en Fusa y la impuesta condición de bastardo del bisabuelo. Papá Alfredo fue alcalde de Cáqueza por más de treinta años y siempre se firmó como Alfredo Saavedra B.. Fue una de las personas que más quiso mi madre, Lucila, quien tuvo la fortuna de ser recompensada en ese cariño por el bisabuelo. El siempre la trató como a la hija amada, más que como a la nieta preferida. Esto último era evidente y así lo recuerda Josefina, prima de mi mamá, hija de Adiodato y nieta de Alfredo. La casa de este viejo godo, poeta y gallero, querendón y de elegante y distinguida figura, fue la casa de mi mamá por largos años. Alfredo siempre tuvo tiempo para los juegos de infancia de su nieta Lucila y para alcahuetearle y patrocinarle aficiones tan particulares como la crianza del curí. El bisabuelo fue prolífico. Heliodoro, mi abuelo, fue el más tarambana de sus hijos. Yo tengo presentes a Adiodato, padre de Maruja, Guillermo, Blanca, Teresa,  Leonor, Polo, Josefina y Pedro, a Manuel, ese nefelibata de facha aristocrática que a veces visitábamos siendo yo niño, a Bernardo, quien fue capaz de vivir con su cuerpo repleto de azúcar y con las arterias tensas hasta el absurdo, y a Chucho, el personero de San Bernardo, el amoroso esposo de Elvia y sobre todo, el tío que me contaba de las locuras de mi abuelo. Ninguno de estos “caballeros de fina estampa” vive hoy en día. A todos los dibujo en mi cabeza con la imagen de Papá Alfredo, con el eterno tabaco en los labios y con el distintivo sombrero de fieltro blanco –que solo cambiaba cuando el humo del pucho lo manchaba de ocre en su ala anterior-, con sus bigotes atesados y con el infaltable chaleco.

Escribo estas líneas para que no se pierdan en las brumas de mi frágil memoria. No es este el inicio de una historia de familia ni nada por el estilo. Los que escriben son mis hermanos y el que cometía versos era Papá Alfredo; he de buscar sí, eso de:
“El guatecano se fue
A confesarse allá en Roma...”
Y lo de
            “...Rebollo...Dos veces bollo...”
También tendré que poner en el papel cómo Heliodoro se gastó en parranda la plata del ajuar de bodas que le había dado Avelina, mi abuela, cómo empeñaba los sombreros nuevos de Chucho Saavedra para irse a beber y cómo le resultaba imposible a Alfredo Saavedra confundirse entre la gente, en el mercado de Cáqueza, porque el bombín blanco lo delataba.
Tengo que volver a Quetame y recordar las vivencias de mi mamá en “Muchilote”, allá en “Ranchería”, si es que soy capaz. Tratar de que algo de esta historia quede para María Paula y Santiago, los tataratataranietos de Richard Blabor, tataranietos de Alfredo Saavedra y bisnietos del vividor Heliodoro.

Carlos Saavedra y su Señora

Alfredo Saavedra

Benilda Carrillo de Saavedra y algunos nietos

1 comentario:

  1. Carolina Saavedra dice que Papá Alfredo nació en Fusagasugá en 1860, fue bautizado en San Ignacio, en Bogotá, siendo su padrino Anselmo Pineda, quien fuera Director de la Biblioteca Nacional y murió como a la edad de 80 años. Mamá Benilda era 4 años menor (1864) y vivió el siglo, yéndose a los 100 años.

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