Ambos tienen los ojos, los oídos y la voz cansados. Ella por llorar tristezas y alegrías, escuchar secretos y confesiones y pronunciar rogativas y él por leer folios, oír cuitas y dar consejos, todo por otros —hermanos, hijos, nueras, yernos, nietos, bisnietos y amigos—, sin pausa y sin límites. Viven sin estrecheces pero sin la holgura que merecen por el trabajo incansable y por la generosidad sin mesura. Y creo que de poco tiempo disponen para encontrarse consigo mismos por andar con el pendiente, el uno del otro y en conjunto de los más de sesenta que —por fortuna— giramos a su alrededor. No tienen par en el darse y compartir y constituyen ejemplo vivo de solidaridad con los demás. Hoy son escuela de los más altos valores a los que puede aspirar un hombre encarnada en una docena de personas íntegras y sus familias. En este mundo convulso de hoy el sosiego de ella y la ecuanimidad de él son únicos e inimitables. ¿Cómo no celebrar una vez más la epifanía maravillosa de sus vidas? Suegros amados: exijo a la Providencia que los conserve a nuestro lado aún por muchos años por la sencilla y egoísta razón de que no alcanzamos a imaginar cómo sería posible seguir en el camino sin su luz y sin su aliento.
