miércoles, 15 de junio de 2011

Bicicletas


Aprendí a montar en bicicleta tardíamente, a los siete años, de la mano de mis hermanos y mi papá. Mi primera cicla fué una "Philips" inglesa, roja, de guardabarros blancos, que había sido de mis hermanos y, remozada, recién pintada, una vez más nueva, amaneció un 25 de diciembre al lado del pesebre, como mi regalo navideño, como por esos tiempos se acostumbraba, antes de que la navidad cambiara para siempre -y no necesariamente para bien- por la universalización de la White Christmas tan gringa y tan distante de lo nuestro. Desde entonces mi infancia estuvo ligada a ella y a las que más tarde, en la medida de mi crecimiento, me regalaron mis padres: una "Bidecol" de semicarreras, verde limón, que mi papá me trajo de Pereira en un fin de año, y otra "Monark", azul, que compró al tiempo con otra idéntica para el.

Es que la bicicleta era muy importante en mi casa por que fue medio de transporte familiar y una de las aficiones queridas de mi papá quien por años se movilizó en una "Raleigh" de turismo. El obsequio más estimado que recibió mi hermano Germán en su juventud era, precisamente, una "Raleigh" de carreras.


Me pasaba el día en bicicleta junto a mis compañeros de barriada. Nuestro "velodromo" eran los canales que atraviesan el norte de la ciudad y especialmente los de la calle ciento veintisiete y de la avenida diecinueve. Sus paredes inclinadas se nos figuraban como verdaderas pistas y ninguna peste nos enfermó durante esos años. La fortuna nos acompañó. Nunca tuvimos accidentes graves a pesar de que nos lanzábamos por las calles empinadas de la "Bella Suiza" sin pensar en un eventual choque con algún carro. En uno de esos descensos vertiginosos perdí el control por daño del manubrio y fuí a dar contra el andén, en el parque, saliendo catapultado contra un poste de la luz. Me golpeé en la frente. Nunca lo he olvidado gracias al "cacho" que desde entonces me acompaña.


Conformábamos con los demás chicos de la cuadra un pelotón, como llamaban a los grupos de ciclistas los narradores radiales de la "Vuelta a Colombia". Andábamos por horas juntos. Casi siempre estábamos todos: Guillermo, Tomás, Juan Arturo, Fernando, Rafico, Alfonso y los demás.


Guillermo tenía una rara bicicleta traída de Brasil, de color violeta y marco reforzado, hecha para el trabajo duro. Su hermana, la "Nena", tenía una amiga muy bonita que a el le encantaba. Con ocasión de la visita de la muchacha quiso Guillermo hacer gala de su fuerza y habilidad en demostración circense. Unos se sentaron en el manubrio, la barra, el sillín y la parrilla. Otros cuatro se pararon en los conos y el se hizo a los pedales. Al dar marcha el aparato se despedazó y al suelo fuimos a dar los nueve y especialmente el amor propio y las pretensiones galantes de Guillermo.


En casa de Tomás vivía Nicanor, un muchacho trabajador, bueno y un tanto desquiciado, dueño de una bicicleta de cartero que le prestaba. Una tarde, posando de mecánico desbarató el biciclo para limpiarlo a fondo. Al rearmarlo apretó tanto los conos que, contra la física, les dió vuelta inutilizándolo.


Juan Arturo no tenía cicla. Usaba la de su papá que era enorme, finísima y motivo de mi envidia pues era como las bicicletas que antaño usara mi padre.


Alfonso era un muchacho incomparable por su inteligencia, su vivacidad y su destreza física. Todo lo hacía bien pero en bicicleta era un espectáculo. Antes de que se conocieran todas las modalidades de ciclismo extremo tan populares hoy en día, Alfonso ya hacía piruetas de esas. Saltaba en la cicla y la hacía saltar. La manejaba al derecho y al revés, sentado en el timón, parado en uno de los pedales. Todos le imitamos pero ninguno llegó a alcanzarlo en su habilidad.


En mi caso la bicicleta fue tambien implemento de "trabajo". Cerca a la casa no había ningún almacén. Yo era el "chino" de los mandados. Todo se compraba en Usaquén. El pan, la leche, la carne, los huevos, la prensa, la lotería y cuanto sucedáneo de esta existía. Mi papá me enviaba al pueblo a comprar "Totogol", "Gallina Ciega" y "Cinco y Seis". Todo lo traía en bicicleta, aunque estuviera lloviendo o haciendo sol. Saliendo a la compra en pleno aguacero, enfundado en un impermeable, me enredé con las portezuelas del garaje y me abrí la frente. También conservo la cicatriz como recuerdo.



Seguí montando bicicleta hasta hace poco, cuando el médico me lo prohibió. Me correspondieron los primeros años de la ciclovía implementada por el hoy fallecido alcalde Augusto Ramírez. De novio me iba a veces hasta la finca de mi suegro en cicla y, ya convertido en esposo y padre, llevaba a María Paula y Santiago al paradero de la ruta colegial en ella. Por un tiempo iba en bicicleta al trabajo y cuando los taxistas de Bogotá bloquearon sus avenidas hace años, estando mis hijos pequeños, en cicla fui a recogerlos a los confines de la ciudad en donde estaba el bus escolar trancado, con la mala suerte de haber caído al piso junto con mis niños, afortunadamente sin consecuencias.

martes, 14 de junio de 2011

Mi tía Beatriz


Hace unos años, en la misa por la muerte de mi tía Beatriz, dije estas palabras:

Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
Le regale un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque, teniendo marido,
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.


Quiero que, si es posible, recuerden estos últimos versos de “La Casada Infiel” del “Romancero Gitano” de Federico García Lorca. El recuerdo de mi tía Beatriz declamándolos es una imagen imborrable que de inmediato hace pensar en la sensibilidad, la gracia y la simpatía que la caracterizaban.


Sus brazos extendidos al vernos, sin importar el tiempo de la ausencia, el gracejo a flor de labios, el comentario dulcemente ácido en el momento preciso y su sonrisa natural nos serán entrañables por siempre.


Como la casa de sus padres, mis abuelos Juan e Inés a quienes en buena parte vine a conocer por ella, la de mi tía siempre tuvo las puertas abiertas. Vienen a mi memoria esas tardes felices de fin de semana en la casita de Chía, ya hace muchos años, donde coincidían Franco y su familia, Salas, mi tía, los primos, mis papas, mis hermanos, que terminaban con dolor de barriga, mas por tanto reír que a consecuencia del asado. Varios años después, estudiando en la Ciudad Universitaria, a menudo evitaba comer en la Cafetería Central para poder almorzar con mi tía. Me encantaba su jugo de patilla helado endulzado con sus historias. Casi siempre había alguien más "poniendo la canoa": el amigo de un primo, un familiar lejano de Girardot, un conocido que estaba de paso. Su hospitalidad superaba todas las pruebas y aún la escasez.


Y es que los momentos difíciles fueron muchísimos pero mi tía siempre supo sacar fuerzas para superarlos y nunca perdió su compostura. ¡Que presencia de animo! Logró pasar por encima de las dificultades familiares, de las enfermedades de Salomón, de los duros días de España, de las frecuentes y largas temporadas de "vacas flacas" y del cáncer con la dignidad intacta. Y le gustaba que se notara. Fabiola siempre recuerda la elegancia sin par de mi tía y Constanza, estoy seguro, solo la puede recordar con sus zapatos combinados y sus pantalones de pliegue perfecto.


Por ella misma, por el amor inmenso que mutuamente se profesaron con mi mamá y mi papá, por su personalidad inimitable, por su cariño y su generosidad nos duelen sus últimos días que junto con su vida le han de valer un lugar en el cielo, al lado de Juan Alberto y Lucila, de Carlos Enrique y Gilma y de los que partieron antes que ella, si así lo quiere Dios. Por el resto de mi vida extrañaré que me llame “dulzura” y “mi sobrino favorito”, como siempre lo hizo el 13 de abril de cada año, el día de nuestro cumpleaños.

sábado, 11 de junio de 2011

El "landrito" de Tomás


El carro más emblemático de la Bella Suiza, el barrio donde crecimos, el micromundo maravilloso en el que nos hicimos adultos, fue el Land Rover de la casa de mi amigo Tomás. En ese híbrido indestructible de automóvil y tractor aprendimos todos los muchachos de la cuadra a conducir. Teníamos como 13 años. En los días de asueto en que Cecilia, la laboriosa mamá de Tomás, debía ir a su oficina del Banco Cafetero, en pleno centro de Bogotá, y la casa quedaba sola, a media mañana empezaba la función. Abríamos el cofre, echábamos agua en el radiador y empujábamos el campero hasta la calle. Entonces Tomás daba marcha al motor. No se encendía girando la llave del switch sino presionando un botón metálico grande abajo del tablero, del lado derecho. Íbamos pasando al volante de uno en uno. Cada “chino” daba vuelta al barrio manejando aquel modelo 61 como se imaginaba. Ninguno había tomado clases para ser chofer y la experiencia automovilística se reducía a haber visto enfrentarse al volante a los padres o hermanos mayores o al admirado abuelito de los Cortés, quien se buscaba la vida al frente de un viejo camión de volteo Mercedes Benz. Por más que lo intento, aún no me explico por qué nunca ocurrió ningún percance. El único accidente, si así pudiéramos llamarlo, corrió por cuenta de Rubén. En las largas vacaciones de fin de año o a veces en las de junio aparecía. Sus tíos vivían en frente a la casa de Tomás y este “pelao paisa” llegaba de Medellín lleno de historias y ocurrencias que nos parecían como de otro mundo. Era divertidísimo. Una tarde se puso al timón del “Landrito” de Tomás, advirtiendo de antemano que él, por diferencia de todos nosotros, sí sabía manejar. No tenía ni idea. Con el acelerador a fondo y el cupo lleno recorrió las calles del barrio en el bólido. En una esquina, al desembocar al parque, perdió el “control” y fue a dar contra un mirto de los jardines. Por poco atropella a Marcelo, quien nos remplazó como vendedores puerta a puerta del pan que cocía Armando Dussan, el tío de Fernando. Niño, panes y canasta volaron por los aires. Marcelo gritaba como enajenado. Queriendo insultar a Rubén se ofendía así mismo: “¡mi cara se parece a su culo!”. El imberbe vendedor no quedó conforme hasta que habló con el papá del “paisa”. Juntos, padre y quasiatropellado, dieron aviso a la policía de la vecindad y a la permanente fue a parar Rubén. Horas más tarde cuando nos decidimos a pasar por la estación, superando el sentimiento de “complicidad criminal”, nos llevamos gran sorpresa al verlo, muy sonriente, contando historias al corrillo de Agentes que le rodeaban. Su alegría no duró mucho. El padre y el comandante habían acordado rapar su cabeza para darle escarmiento y tal castigo lo devastó. Rogaba, lloraba, gemía y pataleaba pero ninguno de sus berrinches consiguió revertir la sentencia. El resto de las vacaciones anduvo con la cabeza pelada y nunca más condujo el Land Rover de Tomás. Ese carro fue para nosotros instrumento de conquistas juveniles, festiva carroza en que llegábamos a las fiestas de la adolescencia y, para Tomás, potro en que le torturaban en las tardes de los sábados fungiendo como chofer de Cecilia, llevándola, infaltablemente, a mercar al viejo supermercado “Marión” de Santa Ana. Hoy Tomás lo conserva y cuando nos encontramos es obligatorio preguntarle por todos y cada uno de los miembros de su familia, empezando por nuestro querido “Landrito”.

jueves, 9 de junio de 2011

De Angustias y Desmadres

Hace algún tiempo el viaje mochilero de un sobrino de mi esposa motivó esta reflexión.

Que cuidado se te riega el esmalte. Que las medias y los calzoncillos van en su cajón. Que los recibos en su legajador. Que las mancornas en su cajita. Que ¿por que la ropa sucia no esta en su lugar? Que hay que pagar las facturas tan pronto como lleguen. Que el celular va aquí y no allá. Que apaguen la televisión porque estamos oyendo música y es mucho ruido a la vez. Que ¿por que no taparon bien el salero? Que cierren las puertas, pongan la basura en su lugar, recojan los juguetes, limpien esto, apaguen aquello, alcen eso…

Todo esto nos hace pensar en el papá o la mamá cansona o en otros que ya están envejeciendo, pero detrás de todas esas admoniciones, advertencias e interrogantes se esconde a veces el drama del que ha hecho del orden esencia vital y no necesariamente por gusto o decisión razonada.

En principio ser ordenado hace la vida más fácil y conduce a que las cosas salgan bien, a tiempo. Sin embargo, para el que se afana por el orden a menudo las cosas se tornan amargas por que es altamente probable que su entorno “se desmadre”, como dirían en México.

De otro lado, buena parte de los grandes acontecimientos han ocurrido y siguen pasando gracias al desorden. Echen un ojo a las grandes figuras de la historia, del arte, de la ciencia y advertirán que, con frecuencia, no por compulsión metodológica lograron sus metas.  

No se en que momento de la infancia de los obsesos se prende el interruptor automático que ya no tiene forma de ser puesto en off haciendo de su vida una tragedia que sin mayor dificultad se extiende a los que lo rodean.

Por fortuna hay casos en los que el “angustiadito” se gana la lotería y recibe la bendición de una mujer y de unos hijos maravillosos, o mejor, maravillosamente tolerantes, que se lo aguantan y saben cuando atender las pendejadas y cuando no pararle bolas a las obsesiones. Al modo argentino, sencillamente “se lo bancan”. Este fue mi caso.

Estas reflexiones se me vienen a la cabeza al pensar que en el momento en que Fabiola me preguntó que opinaba del viaje “mochilero” de Camilo lo primero que dije fue “es una locura, una irresponsabilidad”. ¡Que carajo!, siquiera se fue, siquiera tiene la flexibilidad mental y espiritual para desordenarse, para desmadrarse, como corresponde a su edad, probablemente a cualquier edad. De “pelao” mi mamá me acolito muchos arranques de trotamundo que fueron sanos momentos de desfogue por los cuales no terminé siendo aún más obsesivo de lo que soy: el Parque de los Nevados, la Represa de Prado, la finca de no se quien en Pacho, Curramba, la costa chocoana, etc. Y muchos fueron de los de una semana con dos latas de sardinas.

Octagésimo Natalicio de Gloria Sanz y Luis Alberto Suárez

Con motivo de la celebración de los ochenta años de vida de mis suegros les dirigí estas palabras:

Por supuesto que nos congrega esta noche el motivo feliz de celebrar los 80 años de vida de Doña Gloria y el Doctor Suárez y que hoy como siempre celebramos jubilosos su presencia en nuestras vidas pero quisiera aprovechar la oportunidad que tengo de decir unas palabras en esta reunión para rendir testimonio de enorme gratitud.

En Doña Gloria encontramos infinita paz, silencio prudente, moderación, generoso desprendimiento y solidaridad sin pausa. Basta con que cualquiera le pida algo para que se lo dé en la seguridad de que esa persona lo necesita. Mi suegra nunca se ha apegado a lo material y mundano. Solo a Dios representado en su familia y en los desprotegidos. Los regalos que le damos los disfrutan, con frecuencia, otras personas, familiares o no, pero que a su criterio los necesitan más que ella. Hasta no hace mucho se brindaba a los ancianos de un asilo en el centro de la ciudad y sus hijos bien recuerdan cómo convertía parte de su casa en albergue de mendicantes o brindaba transporte nocturno, consuelo y consejo a mujeres de la calle.

En la figura del Doctor Suárez es fácil encontrar el mejor ejemplo de vitalidad, de fortaleza y de laboriosidad y los que hemos tenido el privilegio de conocerle somos testigos y beneficiarios permanentes de su irrestricta voluntad de servicio. Contamos con su apoyo en los más variados aspectos de la cotidianidad. Su acción y su consejo nos permiten, a menudo, resolver desde las elementales dificultades domésticas hasta los más delicados problemas de todo tipo y nos despejan el camino para poder recorrerlo sin tropezar con los obstáculos que permanentemente se atraviesan. Ese soporte que sabemos siempre presente se acompaña del afecto y de la entrega. El Doctor nos despierta con cariñosa y esperada felicitación el día del cumpleaños, siempre tiene un gracejo a flor de labios y no tiene ningún problema para ponerse en cuatro patas a jugar canicas con sus nietos pequeños.

Si no me fallan las cuentas, somos más de 60 y vamos en 29 nietos. Estos chinos nos inspiran y nos dan toda la felicidad imaginable. Ellos, sin importar a cual de las familias de este clan pertenecen, tienen algo maravilloso, algo muy especial que los eleva y los exalta y que, estoy seguro, se debe -en mucho- a las cualidades de los suegros, constituidas en el mejor ejemplo que han tenido. Tales virtudes permitieron a Doña Gloria y al Doctor levantar en torno suyo el más unido grupo familiar al que nos sentimos orgullosos de pertenecer. Por eso y por todo hoy les decimos, ¡muchas gracias!

miércoles, 8 de junio de 2011

Alfredo Rubiano



Pocos días atrás mi colega Hugo Bernal me dijo, con algo de sorpresa, que advertía en mí cierto parecido al Profesor Alfredo Rubiano Caballero. Quizás en el físico, pues aún no logro ganarle la batalla al peso. Tal vez por un gesto o alguna expresión hecha propia. Ojalá, más bien, fuere por algo del talante. Si así es, me honra.

Hace ya como tres años, al saber del fallecimiento de Alfredo Rubiano, escribí estas líneas:

En la mañana de hoy murió mi querido Alfredo Rubiano Caballero. Ojalá hubiera sido menos ingrato, brindándole con oportunidad el reconocimiento que merecía y regresándole en tiempo y compañía algo de lo mucho que me brindó. En mi caso Alfredo fué Profesor y Maestro y generosamente me distinguió con su amistad. Disfruté de los momentos compartidos, a menudo recuerdo sus expresiones y día tras día continúo sacando provecho de sus enseñanzas. El Doctor Rubiano, paisano de mi padre, mis tíos y mis hermanos, era un hombre culto y cálido, ecuánime, de mente abierta, librepensador, demócrata, de esos pocos que hoy tanto le hacen falta a la Universidad, a la Academia, a la Medicina y a Colombia. Que en paz descanse.

Una a propósito de los antitaurinos

Por los días de cuaresma, hace unos nueve años, los antitaurinos echaron a perder la obra principal del Festival de Teatro llamada “DON JUAN EN LOS RUEDOS”. Le escribí entonces a la Dirección de "El Tiempo"  este comentario:

Con el tesón que la identifica, Fanny Mickey logró, en uno de los momentos más difíciles que haya vivido el país, no solo realizar el Festival Iberoamericano de Teatro, en su octava versión, sino traer a Colombia un soberbio espectáculo como lo es la construcción escénica “DON JUAN EN LOS RUEDOS” de la compañía “LA CUADRA DE SEVILLA”. En sus numerosos montajes esta afamada agrupación artística ha ganado reconocimiento internacional por la altísima calidad de sus obras y, especialmente, por la fuerte, evidente y relevante influencia de la cultura y tradición andaluzas de las cuales es, incluso, una manifestación viva y ejemplar.

Lo acontecido en la Plaza de Toros de Santamaría anoche no fue un episodio más del secular enfrentamiento entre taurófilos y detractores de la tauromaquia. Fue, más bien,  una demostración de ignorancia brindada por un núcleo grande y me temo que relativamente representativo de personas, más o menos acomodadas y supuestamente dueñas de un nivel cultural superior al promedio, que al sabotear la parte taurina y central de la representación dieron al traste con la puesta en escena y,  desconociendo que el arte de Cúchares es elemento esencial de la herencia hispánica, antiguo y arraigado casi tanto como la lengua de Castilla y hoy por hoy tan nuestro como esta, irrespetó a profesionales como el director Salvador Távora, el rejoneador Juan Rafael Restrepo, el matador Pepe Manrique y la misma Fanny Mickey y recordó el episodio, más o menos reciente, del director de orquesta puesto en aprietos por interpretar a Wagner en Israel.

Y eso que se supone que el arte es universal. Y que somos tolerantes y de mentes abiertas. Quizás esperaban que de la entraña misma de Andalucía salieran motocicletas en lugar de jacas de alta escuela, instructores de perritos de pedigrí por toreros de a caballo y de a pié y coros angelicales de niños de voces blancas que no desgarraran el aire frío de la noche bogotana como lo hicieron con sus chorros de voz esas maravillosas “cantaoras” que son Ana Peña y Anabel Rosado.

A la pobre Fanny le tocó aguantarse el enojo de los que no querían esperar un minuto para que iniciara la obra, dando oportunidad a que ingresara el público que aún estaba afuera de la plaza, y experimentar inocultable vergüenza ajena por la falta de entendederas de los saboteadores que, seguramente, fueron los mismos.

Richard Blabor

Hace años escribí la pequeña nota que sigue sobre mi tatarabuelo, tras una larga y provechosa visita a Josefina, prima de mi madre.

Richard Blabor, mi tatarabuelo, fue un reconocido médico  inglés que, por razones que ignoro, llegó a los Santanderes promediando la segunda mitad del siglo XIX. Sucumbió a la belleza de mi tatarabuela, Margarita Saavedra, hija de una familia renombrada de la región que nunca vio con ojos buenos sus amores con el extranjero. Fruto de esa relación fue Alfredo Saavedra, mi bisabuelo. Por absurdas razones, que seguramente estaban en consonancia con las convenciones sociales de la época, la familia Saavedra prohibió todo contacto del Doctor Blabor con su mujer y su hijo -a quienes este siempre amó y buscó- y trató de ocultar lo sucedido; paradójicamente, no permitieron que Richard Blabor diera su apellido al niño Alfredo, quien tomó el Saavedra materno. El médico debió abandonar la región y trasladarse a Fusagasuga. Allí adquirió las tierras de la hacienda Llano de Mesa, que incluían lo que hoy corresponde a la entrada a la ciudad (vía de las palmas). Así como quiso dar su nombre al hijo de Margarita, también trató de legarle la propiedad y tenencia de Llano de Mesa. Nuevamente la familia Saavedra se opuso a que Alfredo aceptara la heredad. Decía Chucho Saavedra, mi tío abuelo, que existe evidencia documental de esta historia en los archivos de “protocolo” de las notarías de Fusagasuga. Yo no sé si en los años en que Chucho y Elvia, su mujer, vivieron en San Bernardo, lograron obtener copia de tales escritos. Nunca he podido saber cual fue el destino final del tatarabuelo. Es posible que haya regresado a Inglaterra con la frustración de no haber podido formar un hogar con Margarita y Alfredo.

Tampoco conozco las circunstancias del establecimiento de Alfredo Saavedra (Papá Alfredo) en Cáqueza, pero me figuro que han de ser similares a aquellas que explican el asentamiento de Blabor en Fusa y la impuesta condición de bastardo del bisabuelo. Papá Alfredo fue alcalde de Cáqueza por más de treinta años y siempre se firmó como Alfredo Saavedra B.. Fue una de las personas que más quiso mi madre, Lucila, quien tuvo la fortuna de ser recompensada en ese cariño por el bisabuelo. El siempre la trató como a la hija amada, más que como a la nieta preferida. Esto último era evidente y así lo recuerda Josefina, prima de mi mamá, hija de Adiodato y nieta de Alfredo. La casa de este viejo godo, poeta y gallero, querendón y de elegante y distinguida figura, fue la casa de mi mamá por largos años. Alfredo siempre tuvo tiempo para los juegos de infancia de su nieta Lucila y para alcahuetearle y patrocinarle aficiones tan particulares como la crianza del curí. El bisabuelo fue prolífico. Heliodoro, mi abuelo, fue el más tarambana de sus hijos. Yo tengo presentes a Adiodato, padre de Maruja, Guillermo, Blanca, Teresa,  Leonor, Polo, Josefina y Pedro, a Manuel, ese nefelibata de facha aristocrática que a veces visitábamos siendo yo niño, a Bernardo, quien fue capaz de vivir con su cuerpo repleto de azúcar y con las arterias tensas hasta el absurdo, y a Chucho, el personero de San Bernardo, el amoroso esposo de Elvia y sobre todo, el tío que me contaba de las locuras de mi abuelo. Ninguno de estos “caballeros de fina estampa” vive hoy en día. A todos los dibujo en mi cabeza con la imagen de Papá Alfredo, con el eterno tabaco en los labios y con el distintivo sombrero de fieltro blanco –que solo cambiaba cuando el humo del pucho lo manchaba de ocre en su ala anterior-, con sus bigotes atesados y con el infaltable chaleco.

Escribo estas líneas para que no se pierdan en las brumas de mi frágil memoria. No es este el inicio de una historia de familia ni nada por el estilo. Los que escriben son mis hermanos y el que cometía versos era Papá Alfredo; he de buscar sí, eso de:
“El guatecano se fue
A confesarse allá en Roma...”
Y lo de
            “...Rebollo...Dos veces bollo...”
También tendré que poner en el papel cómo Heliodoro se gastó en parranda la plata del ajuar de bodas que le había dado Avelina, mi abuela, cómo empeñaba los sombreros nuevos de Chucho Saavedra para irse a beber y cómo le resultaba imposible a Alfredo Saavedra confundirse entre la gente, en el mercado de Cáqueza, porque el bombín blanco lo delataba.
Tengo que volver a Quetame y recordar las vivencias de mi mamá en “Muchilote”, allá en “Ranchería”, si es que soy capaz. Tratar de que algo de esta historia quede para María Paula y Santiago, los tataratataranietos de Richard Blabor, tataranietos de Alfredo Saavedra y bisnietos del vividor Heliodoro.

Carlos Saavedra y su Señora

Alfredo Saavedra

Benilda Carrillo de Saavedra y algunos nietos

Bojayá

A mediados de mayo de dos mil dos, conmovido como todos los colombianos de bien por la tragedia de Bojayá y ante una de las tantas polémicas suscitadas por el desastre y en torno a el, envié esta comunicación a los entonces codirectores de "El Tiempo":


El Señor Presidente, el Fiscal General, Altos Mandos Militares y muchos periodistas han rasgado sus vestiduras por la postura del delegado de la ONU en Colombia, con relación a los execrables hechos que enlutan los hogares del Chocó y de toda la Patria. A un hombre de la calle, como el que esta nota escribe, le llama la atención, ciertamente, que el señor Anders Kompass no haya mostrado mayor vehemencia en contra de las FARC, cuya responsabilidad en el ataque a Bojayá es insoslayable. Pero también es notorio que quienes hoy ponen el grito en el cielo por la omisión de Kompass, han sido más bien discretos a la hora de señalar responsabilidades en lo que toca a actores armados ilegales como las AUC o con respecto a las Fuerzas Armadas. Los paramilitares se escudaron en la población civil de manera evidente, colocando a madres y niños en el interior de un templo que diabólicamente convirtieron en parapeto, mientras que las tropas del Ejército y los infantes de la Marina brillaron por su ausencia en este episodio anunciado y terrible de la guerra irregular que soporta el país y, en particular, la provincia y el campo colombianos. No nos digamos mentiras. Estamos ante la más dantesca de las tragedias en la que terroristas, actuando en bandos opuestos pero igualmente criminales, colocaron en el centro del fuego cruzado a un inerme conglomerado humano, sobre el que aplicaron toda su crueldad y sevicia, violando abiertamente los postulados del derecho internacional humanitario, ante la inexplicable ausencia de las fuerzas de seguridad del Estado. Pidamos equilibrio a los representantes de las organizaciones multilaterales de derechos humanos pero empecemos por dar ejemplo de ponderación en nuestras declaraciones. Este último comentario vale para el Señor Fiscal General quien para pronunciarse, es mi opinión, debería hacer uso, más bien, de autos, fallos o providencias (no soy abogado), así como para el Señor Presidente, quien debe aceptar las dificultades que se derivan de haber asegurado a la comunidad internacional, de manera insistida, el carácter político, que no terrorista, de las FARC, a lo largo de todo el proceso de paz fracasado.

"Polo"

El dieciséis de mayo de dos mil dos murió Leopoldo Saavedra Moyano, “Polo”, entrañable primo de mi mamá y médico de la familia. En su memoria escribí estas palabras que ahora traigo al blog.
Hoy en la mañana terminó el periplo vital de nuestro “Polito”. Su muerte nos produce un gran dolor y deja en muchos, de seguro, un vacío que no se podrá llenar. Es que “Polo” supo imprimir su huella en quienes conoció, dulce y serenamente, con discreción, como eran sus maneras, hoy tan raramente encontradas en esta Colombia de comienzos de siglo. No  solo fue el médico de mi familia sino el amigo de mis padres y, quizás, el hermano que nunca tuvo mi madre. Su devoción por Hilda, su querida esposa, y por su familia se tradujo, en mi caso, en el regalo de bodas que mejor guardo: invaluables consejos que cada día aplico y gracias a los cuales disfruto de un matrimonio bien avenido. Recuerdo también, vivamente, la excitación de mi hermano al regresar a casa, después de visitar a “Polo” en su trabajo, cosa que hacía, siendo muchacho, con alguna frecuencia. No dejaba de asombrarse Juan Alfredo por el carisma y la sapiencia de “Polo” en su desempeño como médico, al punto de que seriamente consideró la posibilidad de seguir sus pasos. No lo hizo, ese destino no era el suyo sino el mío. En efecto, “Polo” inspiró la vocación por las ciencias de la salud, no solo en mí, sino también en Jaime, mi profesor y amigo, en “Polín” y en su hijo, en Iván Gómez, mi colega y, seguramente, en Pedro Saavedra y su hija y en tantos otros, familiares o no, que encontraron en su figura un ejemplo a seguir. Moderación... eso era “Polo”, prudencia... eso era “Polo”, ponderación... eso era “Polo”, compostura... eso era “Polo”, estoicismo... aún esto se personificaba en Leopoldo Saavedra. Recojo el sentimiento de mis hermanos y de nuestras familias para entregar nuestro cariño de siempre y nuestra solidaridad a Clara, Jaime y  Álvaro,  a  la “Mona”  y, por supuesto, a Josefina y a Pedro. Paz en su tumba.

martes, 7 de junio de 2011

Para empezar

"Un escritor nunca debería escribir sobre lo extraordinario. Eso es para el periodista". James Joyce.

Siempre he amado la literatura y admirado a los escritores. Siempre he querido escribir algunas cosas, unas vainas, como se diría en el caribe colombiano, pero sería muy pretencioso intentar un libro de relatos o novela. Coloquialmente puedo decir que "me falta pelo para la moña" pero las ganas me pueden y quizás la opción de un blog sea la mejor alternativa.

Empezaré por decir que a comienzos de 2011 leí tardíamente, con gran delectación, "Las Pequeñas Memorias" de Saramago. Ese libro magnífico me sumergió en otro tiempo y otro mundo, tan distintos de los que me corresponde vivir, y me acercó a la intimidad de José de Souza de modo tal que, desde entonces, quiero aún más al escritor de Lanzarote y no he podido dejar de lado la idea de consignar algunas de mis remembranzas en la esperanza de acercarme a mi gente, hoy más o menos desperdigada, ora por la distancia, las ocupaciones, los años o la muerte, ora porque otros, quizás nietos, no han llegado. En mi caso, los recuerdos van ligados a mi mujer y mis hijos, a mis padres, que ya marcharon, mis hermanos y amigos, y por eso no son personales sino más bien recuerdos de clan. Tal sería el título de unas memorias si decidiera realizarlas. La empresa de escribirlos, en especial los más remotos, me ha revelado, como ninguna otra experiencia, que no he sido ajeno al inexorable paso de los años. Nuestras vivencias de infancia y mocedad pertenecen a una época ya ida que ojalá mis lectores del mañana puedan acaso atisbar en estas "entradas".