lunes, 5 de septiembre de 2011

De disfraces, juguetes, juegos y aguinaldos

La temporada de Navidad empezaba formalmente, en mis años mozos, la noche del siete de diciembre, cuando padres e hijos, unidos, prendían velas y faroles al frente de sus casas, celebrando la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción, pero el Pesebre solo se vestía el dieciséis de diciembre, debiendo estar listo en la noche para que se pudiera rezar el día primero de la Novena de Aguinaldos de Bertilda Samper, la madre María Ignacia. El fin de semana anterior resultaba infaltable el paseo al monte para -en ecológico crimen- proveerse de musgo, lama, quiches y demás insumos necesarios para armar el Nacimiento. La actividad comercial en torno a la Navidad empezaba por temprano a finales de noviembre y tenía su epicentro en la Feria del Juguete que se organizaba en improvisados puestos instalados en la calzada de la calle diecinueve. Los padres compraban allí el regalo para su niño, a hurtadillas, no fuera a dañarse la ilusión del Niño Dios portador del Aguinaldo. Consistía el obsequio en un juguete artesanal, a menudo de madera y de bajo costo. Dos de aquellos juguetes marcaron mi niñéz: un camión de madera en el que yo mismo cabía sentado en su remolque y una vaca plástica montada sobre rueditas por la que el Doctor Antonio Martínez Segura, el pediatra que me cuidaba y padre de mi amigo Miguel, siempre preguntaba: ¿Ya la has ordeñado? ¿Cuantas botellas está dando? ¿Que le dás de comer? Ahora no bien ha pasado el Halloween cuando ya se inundan los almacenes y sus vidrieras de artículos para la Nochebuena y, así como las calles y hasta los hogares, de luces y de árboles adornados de acuerdo a lo que dicte la moda, que ya no de franciscanos Belenes. Es necesaria semejante anticipación para dar tiempo a la promoción del interminable universo de juguetes importados, electrónicos, robotizados, costosísimos y muy complejos, cada año distinto, renovado, más caro.
¿Como hicimos para ser felices sin toda esa tecnología? Podíamos pasar horas armando aviones, carros y casas con el juego de piezas de ensamblar que se fabricaba en el país y se llamaba "estralandia". Lo más elaborado que teníamos eran carritos a escala con los que hacíamos carreras por el borde de la pileta que había en el recibidor de la casa en las que participaban mi papá, mis hermanos y mis compañeros de la cuadra. Nos la arreglábamos con tapas de gaseosa rellenas de cáscara de naranja para hacer competencias por los andénes. Recorríamos las calles del barrio dando brincos de barda en barda haciendo "barra", anticipándonos al exigentísimo Parkour de este tiempo. Traviesamente salíamos en carrera tras pulsar el timbre de una casa cualquiera, antes de que se abriera la puerta, en una inocente broma que llamábamos "rin-rin corre-corre". Nada era mejor que jugar "tarro" con todos los niños de la vecindad y con la participación de mis hermanos mayores y a veces de mi papá que pateaban durísimo la lata haciendo el juego interminable. Con la ayuda de los mayores y con nada más que algunos palos, tablas, clavos y balineras de desecho que nos regalaban en los talleres del Señor Serna o del Hermano Celino, al lado del Bohío, arriba de la carrera séptima, fabricábamos carritos esferados en los que nos lanzábamos pendiente abajo por las empinadas calles del barrio. De la misma forma nos hicimos de altos zancos en los que permanecíamos trepados días enteros. Encontrábamos la manera de entrar sin pago al Country Club para ver los partidos de polo y los concursos ecuestres y caninos. No recuerdo haberme aburrido.
La noche de las brujas, odioso festejo copiado de costumbres foráneas que nada tienen que ver con nuestra identidad, tan diferente y soso si se le compara con el magnífico Día de los Muertos de mi querido México, pleno de simbolismo, arraigado en la tradición católica y también en la herencia prehispánica, tan particular por sus ofrendas, sus flores de cempansúchil y sus calacas de azúcar, no era el desfile de vestidos carísimos imitando a los personajes de Walt Disney o de la televisión que se estila hoy. Mi hermana me pintaba la cara con un corcho quemado y mi mamá me cosía un disfraz hecho en tela ordinaria con el que me transformaba en gato o en ratón, salía a pedir dulces en las casas del barrio y era feliz.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Mamá

Judith Lucila Saavedra Cubides de Pinto, mi mamá, nació a comienzos de los 20 en la parcela "Muchilote" de la vereda "Ranchería", en Quetame, el villorio colgado de la montaña en la provincia cundinés de Oriente, y pasó los mejores años de la infancia en la casa de su abuelo, Alfredo B. Saavedra, en Cáqueza, pueblo del que él fuera alcalde por largo tiempo. Siempre recordaría con amor los gallos de pelea y los cuyes que criaba Papá Alfredo y que fueron el más caro entretenimiento de su corta niñez.
Fué breve la infancia por que debió empezar a trabajar desde muy joven. El empleo de los años juveniles que evocaba más a menudo era el de operaria en una fábrica de guantes de cabritilla, propiedad de un viejo polaco. Por alguna extraña asociación pienso en el taller del polaco cuando veo películas como "La lista de Schindler". Quizás tenga que ver con una antigua y hermosísima fotografía en blanco y negro de mi madre que se asemeja a las imágenes inmortales de Ingrid Bergman en "Casablanca".
Gracias a los buenos oficios de Pedro Eliseo Cruz, el médico y amigo entrañable de Jorge Eliecer Gaitán, primo de Avelina, su madre, mi abuela, pudo Lucila educarse y lograr una plaza como interna en la extinta Escuela Normal de "La Picota", en el viejo camino a Usme, en predios de lo que hoy es el Batallón de Artilleros. Fueron años inolvidables, felices y sosegados, de largos días que invariablemente empezaban con baños gélidos de madrugada en las duchas comunales, antes de las clases. Hizo allí amigas que conservó toda la vida.
De la Normal salió a educar niños y no dejó de hacerlo en los siguientes 27 años. Recorrió muchas leguas por su magisterio. Enseñó en Cucunubá y en Arbeláez. En este pueblo, que mucho antes frecuentara su bisabuelo Richard Blabor, andariego médico británico, conoció a Pedro Pablo Pabón y a sus hermanas, amigos de siempre. En alguna correría por las escuelas de la región cayó de un caballo quebrándose el antebrazo derecho. Nunca pudo volver a extender el codo.
Por la docencia llegaría trasladada a Girardot. Allí conoció al que fuera su marido, mi padre, Juan Alberto, se hizo esposa y fue madre. De su experiencia como Maestra en ese puerto evocaba, aún años después, cuanto se angustiaba por no poder evitar -de algún modo- la batalla contra la molicie que en el sopor del medio día debían librar en cada jornada los niños a ella confiados. Se divertía con pilatunas de esos muchachos como atrapar "chimbilás" para hacerlos fumar o chupar limones en frente a los músicos de las bandas para hacerlos salivar y desentonar.
Cuando la familia vino a vivir a Bogotá, no cesó su labor educativa. María Victoria, esposa de mi cuñado Alberto, aprendió de ella sus primeras letras en la escuela del Barrio Palermo y la recuerda con afecto como una de sus primeras maestras.
Era una formadora. En casa bien nos enseñó a responder por nuestras obligaciones y, aunque ocasionalmente podía eximirnos de algunos deberes, jamás permitió que incumpliéramos en la presentación oportuna de un trabajo escolar. Siendo muy chico hice propia la rutina por ella impuesta, al llegar del colegio, de lavar mis manos, tomar la merienda y sentarme a hacer las tareas. No había posibilidad ninguna de salir a jugar a la calle con los amigos de barriada sin haberlas terminado. Mi mamá no lo permitía.
Mi hermana Constanza, que con los años se parece cada vez más a mi mamá, no solo en lo físico sino en su talante, en su actitud, cuenta que algunas veces en que la acompañaba al trabajo, hacía mi mamá con las discípulas una actividad destinada a inculcarles el espíritu solidario: una comida comunal por todas preparada y compartida. Esa solidaridad nos la supo transmitir y fue quizás motivación de los oficios que Constanza y yo desempeñamos. Ser solidaria, ayudar a los demás, darse al prójimo le era natural. Por socorrer a una pobre mujer que vivía con sus hijos harapientos en un lote baldío, cerca de la casa, una noche en que el esposo ebrio la golpeaba, terminó correteada por el abusador y la víctima que contra ella y su compañera auxiliadora, Marita, nuestra vecina, la emprendieron a pedradas, afortunadamente sin consecuencias, como respuesta a su samaritana intervención no solicitada.
Aún después de jubilada no cesó en su vocación. Iba a la escuela parroquial de "Las Delicias" a coser para los pobres, a atender a las mujeres de las canteras en lo que pudiera y a desembrutecer a sus niños.
Pudo siempre destinar un momento al familiar enfermo o en dificultades. Cómo no recordar las visitas a Sibaté para ver si algo se le ofrecía al hermoso y orate Tío Manuel, al Tío Bernardo, postrado en la cama hospitalaria, ahogándose en azúcar, o al primo Guillermo, batallando contra el cáncer atrincherado en su inquebrantable ánimo festivo y musical.
En todas esas actividades nos hizo acompañarla de cuando en vez y, a que dudarlo, logró inculcarnos el interés en el otro, la voluntad de servir.
Se sentía profundamente orgullosa de su procedencia campesina. En casa hubo animales siempre y en el solar no faltaban matas y árboles frutales que le permitían preparar, casi a diario, los infaltables y  maravillosos dulces de breva, papayuela, durazno sabanero y mora de Castilla, pues maestra fue también en la cocina tradicional y no había que salir de casa para disfrutar morcillas, tamales o envueltos de mazorca que todos ayudábamos a preparar bajo su batuta sabia.
Ponderada, mesurada, nunca le vi excederse ni derrochar, sin caer tampoco en mezquindades. Siempre tuvo algo para el que, necesitado, se lo pidiera. Es una pena que no hubiéramos seguido su ejemplo de vida "con método".
Yo no he sido muy proclive al rock ni a la música en lenguas germánicas porque de niño me contagié de su amor por la vernácula. Me enseñó bambucos y pasillos y de ella tomé el gusto por Jose A. Morales, Berenice Chávez, los hermanos Martínez, Oriol y Otón Rangel, Garzón y Collazos y tantos otros. En el ocaso de su vida tomaba clases de tiple usando el mismo instrumento que alguna vez me obsequió y no fuí capaz de aprender.
Para cada uno de sus hijos fue apoyo incondicional y compañía permanente. En los años que viví en México no me faltaron sus hermosas y magníficamente caligrafiadas cartas.
Han pasado once años desde que partió y su ausencia nos abruma como entonces. Nos consuela que descansa en paz y gloria, como bien lo merece.