jueves, 16 de agosto de 2012

50 de Fachito


Cuando les pedí a Inés y a Ricardo que nos acompañaran esta tarde a festejar este especialísimo cumpleaños de Fabiola, Amaya me contestó que lo harían con gran complacencia pero especialmente movidos por sentimientos de solidaridad con ella, considerando que de estos 50 años, una buena parte la había tenido que vivir junto a mi, para su desgracia, y para mi fortuna, agrego yo, pues ya han pasado más de 29 años desde aquella noche en casa de Lola de Echandía cuando la conocí y me prendó y en el 2013 estaremos celebrando bodas de plata. Ya no recuerdo como era la vida en soltería y no me interesa recordarlo por que al lado de Fabiola he encontrado la felicidad y la reedito a diario cumpliendo a cabalidad con el que creo es el propósito de la existencia. Es mi amante, amiga y confidente, mi compañera omnipresente, en las buenas y en las malas, estas ultimas las menos y casi siempre favorablemente resueltas gracias a su buen seso y a su ponderación. Divertida y jovial, "mamadora de gallo", brillante y pragmática, ecuánime y comprensiva, puedo decir, dándole razón a Ricardo y parafraseando, tal vez, a Gabo, que Facho es la "mujer que me lleva de la mano en las tinieblas" y en las alegrías.
En los últimos 20 años he sido testigo de excepción de su consagración a María Paula y a Santiago, aún desde antes de su nacimiento. El día en que decidimos que había llegado el momento de María Paula, Fabiola inició también una inédita maratón de lectura que incluyó todos los libros sobre maternidad que se encontró por esos días, empezando por uno apocalíptico que se llama "Tu Hijo", yo le regalé con las mejores intenciones, hablaba de la imposibilidad real de tener un hijo sano y le arrancó hasta la última lágrima, muchísimo antes del parto. Acercándose la llegada de Santiago, los obstetras estaban empeñados en programarla. No pudieron. Facho dijo: "mi hijo va a nacer cuando tenga y no cuando ustedes quieran". La noche anterior al alumbramiento se puso a caminar por el apartamento sin pausa, como enajenada, hasta que en la madrugada, inevitablemente, rompió fuente y se salió con la suya. Con esa misma determinación, no ha hecho nunca cosa distinta que orientarlos, cuidarlos, protegerlos y, antes que nada, entenderlos y dejarlos ser. El resultado magnífico y admirable de su esfuerzo está ante nosotros.
Los miércoles o los jueves hay que madrugar en la casa. Ese día Fabiola llega a casa de
los abuelitos antes de las 7 a hacer el desayuno y a ayudarle al Doctor a tender la cama, "tomándole el pelo" con la regla y la plancha necesarias para que quede bien. Los sábados mi suegro le responde, cuando lo llama a confirmar la infaltable asistencia al almuerzo, preguntando por el menú, para ver si se le miden al reto. Esa "vaciladera" permanente sazona una relación en la que Doña Gloria y el Doctor Suárez viven pendientes de su hija y ella de los abuelitos, presta a asistirlos en cualquier momento y en todo lo que pueda. Confidente de su mamá es, sin duda, la favorita. Se lo pueden preguntar a mi suegra pero no se lo digan a nadie.
Amiga incondicional de sus hermanos, siempre ha estado lista a ayudarlos, a ellos y a sus hijos, en todo lo posible. Quizás por eso es madrina de varios sobrinos, por decisión de los papás y de varios más por que así lo han querido esos "chinos".
Lo más increíble es que, dedicada con alma y corazón a su esposo, a sus hijos, a sus viejos y a sus hermanos, aún tenga arrestos para encarar su trabajo con celo desmedido y excesiva responsabilidad. Cuando vivimos en México, en tiempos de mi residencia y de su maestría, trabajé y estudié muy duro pero viendo su esfuerzo parecía como si yo estuviera de asuetos. Nunca imaginé que con el mismo denuedo seguiría adelante hasta el día de hoy, como lo atestiguan sus compañeros. ¡Que intensidad!
Este es un homenaje pequeñito para una mujer extraordinaria que todo se merece y es una feliz coincidencia que tenga lugar acá en "El Fulgor", tan entrañable y lleno de recuerdos buenos. ¡Feliz Cumpleaños, Fachito! ¡Que Dios te bendiga!

viernes, 10 de agosto de 2012

85 Años de Vida de Doña Gloria y del Dr. Suárez

Por especial deferencia de Fabiola, mis cuñados y concuñados, que por supuesto me honra, debo decir hoy unas palabras con motivo de la celebración de los 85 años de vida de mis queridos suegros Doña Gloria y el Doctor Suárez que, enhorabuena, han alcanzado tan venerable edad. Y digo venerable por que a esa altura de la existencia creo que solo es posible llevar a cuestas una mezcla admirable de sabiduría, prudencia, mesura y tolerancia, ya desprovista, gracias al bálsamo del tiempo, de mezquindades y rencores. Razón tenian por tanto nuestras culturas ancestrales en tener en sitial tan elevado a sus mayores. El contraste con la realidad de nuestros días no puede ser más grande. En el torbellino de los tiempos que corren, definido por la inmediatez, ahora conocida como "tiempo real", ¿que lugar queda para las cosas decantadas por los años y los lustros? Solo algunos echamos mano de lugares comunes para aceptar, arregañadientes en veces, el valor indiscutible de los viejos: "Es que fueron hechos de otra madera", decimos entonces. O sentenciamos ligeramente alguna perogrullada: "Como los carros o los radios de antaño, fueron hechos para que duraran toda una vida". No nos percatamos de que lo fundamental no es su material constituyente sino el contenido y el propósito que han dado a sus cavilaciones y a su devenir. Y que nos vamos a percatar en medio de esta Babel axiológica en que nos debatimos los colombianos de la actualidad. ¿Acaso es fácil entender hoy por hoy el valor de construir pareja y familia, con pausa, sobre bases tales como el respeto por el otro, la prolongación en el tiempo y sobre el amor de la coexistencia, la fe en el trabajo responsable, la solidaridad o el compromiso de inculcar en los hijos la trascendencia indiscutible del vínculo fraterno? Y hablaba del propósito vital que en el caso de mis suegros, como lo demuestra la evidencia, no ha sido otro que el darse a los demás a través del servicio sin contraprestación, en la más bella y desprendida forma del amor. Concluiremos, sin duda, que la fórmula mágica para llegar a las 85 primaveras no está en el trabajo sin pausa, en la oración ininterrumpida, en la alimentación orgánica, en el ejercicio sistemático ni en invención o artilugio de especie alguna sino en la entrega amorosa al prójimo, empezando por casa, como los abuelitos nos han enseñado, ejemplarmente, y como lo preconizaba un zarco en Galilea hace ya más de 2000 años.