Hace algún tiempo el viaje mochilero de un sobrino de mi esposa motivó esta reflexión.
Que cuidado se te riega el esmalte. Que las medias y los calzoncillos van en su cajón. Que los recibos en su legajador. Que las mancornas en su cajita. Que ¿por que la ropa sucia no esta en su lugar? Que hay que pagar las facturas tan pronto como lleguen. Que el celular va aquí y no allá. Que apaguen la televisión porque estamos oyendo música y es mucho ruido a la vez. Que ¿por que no taparon bien el salero? Que cierren las puertas, pongan la basura en su lugar, recojan los juguetes, limpien esto, apaguen aquello, alcen eso…
Todo esto nos hace pensar en el papá o la mamá cansona o en otros que ya están envejeciendo, pero detrás de todas esas admoniciones, advertencias e interrogantes se esconde a veces el drama del que ha hecho del orden esencia vital y no necesariamente por gusto o decisión razonada.
En principio ser ordenado hace la vida más fácil y conduce a que las cosas salgan bien, a tiempo. Sin embargo, para el que se afana por el orden a menudo las cosas se tornan amargas por que es altamente probable que su entorno “se desmadre”, como dirían en México.
De otro lado, buena parte de los grandes acontecimientos han ocurrido y siguen pasando gracias al desorden. Echen un ojo a las grandes figuras de la historia, del arte, de la ciencia y advertirán que, con frecuencia, no por compulsión metodológica lograron sus metas.
No se en que momento de la infancia de los obsesos se prende el interruptor automático que ya no tiene forma de ser puesto en off haciendo de su vida una tragedia que sin mayor dificultad se extiende a los que lo rodean.
Por fortuna hay casos en los que el “angustiadito” se gana la lotería y recibe la bendición de una mujer y de unos hijos maravillosos, o mejor, maravillosamente tolerantes, que se lo aguantan y saben cuando atender las pendejadas y cuando no pararle bolas a las obsesiones. Al modo argentino, sencillamente “se lo bancan”. Este fue mi caso.
Estas reflexiones se me vienen a la cabeza al pensar que en el momento en que Fabiola me preguntó que opinaba del viaje “mochilero” de Camilo lo primero que dije fue “es una locura, una irresponsabilidad”. ¡Que carajo!, siquiera se fue, siquiera tiene la flexibilidad mental y espiritual para desordenarse, para desmadrarse, como corresponde a su edad, probablemente a cualquier edad. De “pelao” mi mamá me acolito muchos arranques de trotamundo que fueron sanos momentos de desfogue por los cuales no terminé siendo aún más obsesivo de lo que soy: el Parque de los Nevados, la Represa de Prado, la finca de no se quien en Pacho, Curramba, la costa chocoana, etc. Y muchos fueron de los de una semana con dos latas de sardinas.
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