Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
Le regale un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque, teniendo marido,
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
como un gitano legítimo.
Le regale un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque, teniendo marido,
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
Quiero que, si es posible, recuerden estos últimos versos de “La Casada Infiel” del “Romancero Gitano” de Federico García Lorca. El recuerdo de mi tía Beatriz declamándolos es una imagen imborrable que de inmediato hace pensar en la sensibilidad, la gracia y la simpatía que la caracterizaban.
Sus brazos extendidos al vernos, sin importar el tiempo de la ausencia, el gracejo a flor de labios, el comentario dulcemente ácido en el momento preciso y su sonrisa natural nos serán entrañables por siempre.
Como la casa de sus padres, mis abuelos Juan e Inés a quienes en buena parte vine a conocer por ella, la de mi tía siempre tuvo las puertas abiertas. Vienen a mi memoria esas tardes felices de fin de semana en la casita de Chía, ya hace muchos años, donde coincidían Franco y su familia, Salas, mi tía, los primos, mis papas, mis hermanos, que terminaban con dolor de barriga, mas por tanto reír que a consecuencia del asado. Varios años después, estudiando en la Ciudad Universitaria, a menudo evitaba comer en la Cafetería Central para poder almorzar con mi tía. Me encantaba su jugo de patilla helado endulzado con sus historias. Casi siempre había alguien más "poniendo la canoa": el amigo de un primo, un familiar lejano de Girardot, un conocido que estaba de paso. Su hospitalidad superaba todas las pruebas y aún la escasez.
Y es que los momentos difíciles fueron muchísimos pero mi tía siempre supo sacar fuerzas para superarlos y nunca perdió su compostura. ¡Que presencia de animo! Logró pasar por encima de las dificultades familiares, de las enfermedades de Salomón, de los duros días de España, de las frecuentes y largas temporadas de "vacas flacas" y del cáncer con la dignidad intacta. Y le gustaba que se notara. Fabiola siempre recuerda la elegancia sin par de mi tía y Constanza, estoy seguro, solo la puede recordar con sus zapatos combinados y sus pantalones de pliegue perfecto.
Por ella misma, por el amor inmenso que mutuamente se profesaron con mi mamá y mi papá, por su personalidad inimitable, por su cariño y su generosidad nos duelen sus últimos días que junto con su vida le han de valer un lugar en el cielo, al lado de Juan Alberto y Lucila, de Carlos Enrique y Gilma y de los que partieron antes que ella, si así lo quiere Dios. Por el resto de mi vida extrañaré que me llame “dulzura” y “mi sobrino favorito”, como siempre lo hizo el 13 de abril de cada año, el día de nuestro cumpleaños.

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