miércoles, 8 de junio de 2011

Una a propósito de los antitaurinos

Por los días de cuaresma, hace unos nueve años, los antitaurinos echaron a perder la obra principal del Festival de Teatro llamada “DON JUAN EN LOS RUEDOS”. Le escribí entonces a la Dirección de "El Tiempo"  este comentario:

Con el tesón que la identifica, Fanny Mickey logró, en uno de los momentos más difíciles que haya vivido el país, no solo realizar el Festival Iberoamericano de Teatro, en su octava versión, sino traer a Colombia un soberbio espectáculo como lo es la construcción escénica “DON JUAN EN LOS RUEDOS” de la compañía “LA CUADRA DE SEVILLA”. En sus numerosos montajes esta afamada agrupación artística ha ganado reconocimiento internacional por la altísima calidad de sus obras y, especialmente, por la fuerte, evidente y relevante influencia de la cultura y tradición andaluzas de las cuales es, incluso, una manifestación viva y ejemplar.

Lo acontecido en la Plaza de Toros de Santamaría anoche no fue un episodio más del secular enfrentamiento entre taurófilos y detractores de la tauromaquia. Fue, más bien,  una demostración de ignorancia brindada por un núcleo grande y me temo que relativamente representativo de personas, más o menos acomodadas y supuestamente dueñas de un nivel cultural superior al promedio, que al sabotear la parte taurina y central de la representación dieron al traste con la puesta en escena y,  desconociendo que el arte de Cúchares es elemento esencial de la herencia hispánica, antiguo y arraigado casi tanto como la lengua de Castilla y hoy por hoy tan nuestro como esta, irrespetó a profesionales como el director Salvador Távora, el rejoneador Juan Rafael Restrepo, el matador Pepe Manrique y la misma Fanny Mickey y recordó el episodio, más o menos reciente, del director de orquesta puesto en aprietos por interpretar a Wagner en Israel.

Y eso que se supone que el arte es universal. Y que somos tolerantes y de mentes abiertas. Quizás esperaban que de la entraña misma de Andalucía salieran motocicletas en lugar de jacas de alta escuela, instructores de perritos de pedigrí por toreros de a caballo y de a pié y coros angelicales de niños de voces blancas que no desgarraran el aire frío de la noche bogotana como lo hicieron con sus chorros de voz esas maravillosas “cantaoras” que son Ana Peña y Anabel Rosado.

A la pobre Fanny le tocó aguantarse el enojo de los que no querían esperar un minuto para que iniciara la obra, dando oportunidad a que ingresara el público que aún estaba afuera de la plaza, y experimentar inocultable vergüenza ajena por la falta de entendederas de los saboteadores que, seguramente, fueron los mismos.

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