En la flor de sus 87 años partió hace minutos Doña Teresa de Hernández. Desde la primera vez que entré a su casa de Cedritos me acogió como a un hijo más y me dió todas las licencias y gabelas de suerte que me sintiera a mis anchas, como en mi propia casa, eso sí teniendo que aguantarme sus bromas y comentarios llenos de inteligencia. Por mi hermandad con Gonzalo hizo de mi Mamá su amiga, y con alguna frecuencia la visitaba en su apartamento de la avenida novena, mientras fueron vecinas. Siempre que hablábamos o nos encontrábamos convertía la ocasión en un acontecimiento y nunca dejó de darme inmerecido reconocimiento como médico de confianza, al extremo de llamarme, a veces antes que a nadie, para contarme sus cuitas. Le brindó a Fabiola todo su cariño en cada oportunidad que compartieron y nunca le faltó tiempo para enseñarnos las nuevas matas sembradas en su precioso jardín. He conocido en mi vida a muy pocas personas, en este momento sólo me acuerdo de mi madre, con la determinación, la fuerza de voluntad, la vitalidad, la laboriosidad, el carácter y la tenacidad de Doña Teresa, virtudes en ella tan magníficas que le permitieron sacar adelante una familia tan grande y, como me lo manifestó mi compadre, hacer lo que le dio la gana, siempre con apego a sus convicciones. La despido lleno de dolor por la certeza del peso de su ausencia. Descanse en paz.