Llegó bien de mañana. Saludó a Parmenio, el viejo y noble portero boyacense que a pesar de los achaques y de los años se resistía, más en alma que en cuerpo, a abandonar la garita de la entrada, como si le conociera de toda una vida, muy larga, y se sentó en el centro de la sala de espera, entonces colmada por los pacientes que estoicamente aguardaban el chuzón de la jeringa de laboratorio o el momento impúdico de desnudarse ante el tubo de rayos X.
No se sometió al improbable pero previsible intento de saludo de las facturadoras:
— ¡Cédula!
O de las enfermeras del servicio de atención al usuario, disfrazadas de ángeles, no necesariamente caídos:
— ¡Carné!
Sólo aguardó a que llegara. Pacientemente. Como Penélope. En la espera atenta estiró las piernas más de un par de veces para comprar en la chaza del frente un té de hierbas hirviente.
Hombres y mujeres, unos añosos y otros jóvenes y llenos de energía odiosa, desfilaron ante los mostradores desprovistos de toda vergüenza:
—Tengo cita para mamografía...
—... Triglicéridos...
—... Tomografía de tórax...
—Vengo a ecografía transvaginal...
Nunca la había visto ni oído pero conocía sus formas, su voz. Y también su aroma. Presentía sus ritmos, su cadencia. Por eso cuando entró lo supo. Era ella. Tan sólo un palmo más pequeña que él, la tez y sus manos de un tono que denunciaba el faltante de horas de sol. Llevaba unos pantalones de mezclilla poco ajustados pero que permitían adivinar piernas firmes y caderas generosas. El pelo de color incierto pero adornado por algunas canas venía atado en una bamba de colores y como una colita llegaba a la espalda, no muy gruesa, entre los hombros. Cuando la dependiente le pidió sus documentos giró y él pudo comprobar que los ojos, más bien grandes, iban del ámbar al marrón y eran dos reflectores de luz cálida puestos sobre una nariz sin recato. Confiado, escuchó sus repuestas a la casi indagatoria que formuló la chica del ordenador. Supo su nombre y su edad, su I. D. y dónde vivía. Cuando la llamaron para examinarla compró la última tisana de la mañana y la bebió de pié, al lado de la chaza, muy lentamente, tanto que el sorbo final estaba frío. Y ella salió. Caminó detrás, a unos metros, tomando su paso. Unos minutos después, mientras ella compraba el pasaje en la taquilla, se adelantó, con su tarjeta marcó el pago en el torniquete de la entrada a la estación y se detuvo frente a las puertas de embarque. Ella le alcanzó y al tiempo abordaron el mismo vagón. No había lugar para sentarse. En la batalla por la acomodación la bolsa azul de sus resultados cayó al piso y él se precipitó a levantarla como si de salvar la vida de un náufrago se tratara.
—Se le cayó. Aquí tiene.
—Ay! Muchas gracias.
—Por nada. Oiga, Usted me parece conocida. ¿Dónde la he visto?
—Mmm... No sé, no creo.
—¿Trabaja en el Banco Central?
—No.
—¿O tal vez por los lados del Polo?
—Vivo por ahí.
—¿Ah sí? Pues yo voy para allá. Tengo que recoger las compras que semanalmente hace Doña Helena, la mamá de un viejo amigo que no vive en Bogotá, y llevarle las bolsas a su casa. La conocen en el Carulla del barrio desde cuando inauguraron el almacén. Ahora, por los años que tiene y los problemas de salud, le cuesta mucho moverse y yo le hago ese favorcito que no es nada para mi y que me permite el gusto de pasar a verla.
—Yo también me bajo en el Polo. Voy para la casa. Ando mal de la espalda y estoy incapacitada.
—¿Y eso?
—Es que yo salgo a trotar por las mañanas y algo debí hacer mal hace unas semanas por que de ahí para acá vengo con un dolor permanente.
—Ah, por eso la bolsa...
—Sí. Me estaba haciendo una resonancia que me mandó el médico. Rezumbancia debería llamarse eso por que eso es mucho ruidajo tan terrible el del aparato ese en el que lo meten a uno.
—¡Jajajajajá! Discúlpeme, me dio risa lo de la rezumbancia. Ojalá le haya salido bien y no sea nada grave. Me imagino que lo que debe tener es algo muscular, por lo que Usted corre. No debe ser nada serio.
—Eso espero.
—Siempre que veo esas bolsas de exámenes del Instituto me pregunto ¿por qué les habrán puesto a unos pingüinos?
—¡Jejejeje! Sí. Es chistoso, ¿no? Son como una familia los pingüinos esos. Habrán pensado que es una forma de mandarle el mensaje a la gente de que el Instituto y sus pacientes son como eso, una familia. Cosas de los publicistas, de los de mercadeo, me imagino.
—Ya llegamos. Bajaron del bus y caminaron juntos hasta el parque del Polo, como si se conocieran. En la misma forma en que habían estado hablando desde que él recogió la bolsa. Sin temores —extrañamente—. Entonces dio el golpe.
—¿Le provoca un tinto?
—Bueno.
Se sentaron en las mesitas de afuera del pequeño café de la esquina. En ese momento supo que el crimen estaba cometido. Que la había matado. En realidad la habían matado. La soledad, su espantosa soledad y la de ella, ya no era de este mundo, no del suyo, no del de ambos.
domingo, 26 de noviembre de 2017
ASESINATO
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