Chucho Saavedra con Elvia y su familia. Sentada a su izquierda, de 95 añitos, Mamá Benilda, abuela de mi mamá, nuestra bisabuela y tatarabuela de Natis, Nico, Maria, Lina, Ma. Paula y Santiago.
Papá Alfredo Saavedra, hijo bastardo del médico inglés Richard Blabor y de la santandereana Margarita Saavedra, que, si mal no estoy, vino a nacer, como sus hermanos Carlos, Margarita, Emilia y Antonio, en Fusa, tuvo con Mamá Benilda Carrillo a Heliodoro, nuestro abuelo, a Adiodato, a Chucho, a Manuel y a Bernardo, todos de Cáqueza.
Carlos (Blabor) Saavedra y su Señora (Hernández)
Alfredo (Blabor) Saavedra
Benilda Carrillo (tal vez con cuatro de los hijos de Chucho)
Adiodato fue el padre de Guillermo, músico, Pedro, bacteriólogo, Polo, médico, padre del inolvidable Polín, mi colega Jaime, Álvaro, Clara y Yeya e influencia determinante en mi carrera profesional, Teresa, Blanca, la querida Josefina, Maruja, la mamá de Chelita y suegra de Héctor Chamorro, y Leonor, esposa de Hernán Santos y mamá de Constanza y Martha, muy guapa, casada con Hernán –que era todo un personaje y que hizo buenas migas con mi papá–, quien siendo la menor de sus hermanas fue la primera en partir, creo que por un cáncer que la destrozó; eso le dio muy duro a mi mamá. Constanza Santos fue muy amiga de Martha Mesa Pinto porque estudiaron juntas en el Carmelo, creo. Y, por las vueltas de la vida, Leonor tuvo casa en la Bella Suiza y cuando la vendió quedó en manos de Jairo y Maria Eugenia –amiga de Clemencia García–, los papás de Jorge Mario Escobar Villegas, nuestro amigo.
Chucho era enorme, cariñoso y lleno de historias. Recuerdo las visitas a San Bernardo donde fue de todo, como Papá Alfredo en Cáqueza. De los de Chucho y Elvia, nacidos tal vez todos allá en San Bernardo, tengo presentes a Chuchín, ingeniero, que se radicó en Neiva, a Carola, arquitecta, como su hijo Gustavo, el de la FLACSO, a Elvia, matemática, a Cecilia, a Alfredo, a Yolanda, a Cecilia, a Alix y a Gilma, madre de Rocío, si la memoria no me engaña.
Rocío y yo de pajecitos
A Manuel íbamos a visitarlo a Sibaté y comíamos fresas con crema y empanadas chilenas. Era una lámina de hombre, como decía mi mamá, alto, ojizarco, blanquísimo, muy bien puesto y amable.
El Bernardo que conocí era igualito al papá Alfredo de las fotos y tuvo muy larga vida a pesar de una diabetes proverbial, siempre fuera de control.

