Arturo Escobar recordaba por estos días que una noche en el Salon Monserrate del Hotel Tequendama Jairo Escobar convenció al legendario Leo Marini de ir con ellos a poner serenata para terminar, en cambio y a petición del mendocino, recorriendo a lo largo del resto de la noche y hasta el alba todos los grilles de Bogotá, acompañándolo a cantar como espontáneo con la orquesta de cada uno de ellos. Dice Arturo que los músicos, los meseros y los clientes de los bares se frotaban los ojos de verlo ahí, de improviso, cantando Caribe soy, Señora bonita, Tomando té.
Ese era el hombre. Es irrelevante discutir si fue un gran hacendista, un consumado abogado o un gran político por que lo que sí fue con certeza fue un enamorado impenitente de la vida, del Tolima, de la tierra caliente de nuestros mayores y de la felicidad que mal se diría que buscó sin tregua porque lo que hizo fue ejercerla siempre. De la Esquina del Tango a los juegos de banquitas del parque del barrio con nosotros, los chinos, del entrañable Bachué a las nocturnas del Trevi o del Centro Granahorrar con nosotros, malos aprendices de esa versión mejorada y criolla de su epicureismo tranquilo y sabroso que en su biblioteca, por momentos, tuvimos nuestro Jardín.
Valga la anécdota maravillosa de Arturo para rendir un tributo al querido Jairo Escobar Cifuentes quien me hizo cogerle el gusto a Patricia González, a Roberto Ledesma y a tantos otros.
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