El carro más emblemático de la Bella Suiza, el barrio donde crecimos, el micromundo maravilloso en el que nos hicimos adultos, fue el Land Rover de la casa de mi amigo Tomás. En ese híbrido indestructible de automóvil y tractor aprendimos todos los muchachos de la cuadra a conducir. Teníamos como 13 años. En los días de asueto en que Cecilia, la laboriosa mamá de Tomás, debía ir a su oficina del Banco Cafetero, en pleno centro de Bogotá, y la casa quedaba sola, a media mañana empezaba la función. Abríamos el cofre, echábamos agua en el radiador y empujábamos el campero hasta la calle. Entonces Tomás daba marcha al motor. No se encendía girando la llave del switch sino presionando un botón metálico grande abajo del tablero, del lado derecho. Íbamos pasando al volante de uno en uno. Cada “chino” daba vuelta al barrio manejando aquel modelo 61 como se imaginaba. Ninguno había tomado clases para ser chofer y la experiencia automovilística se reducía a haber visto enfrentarse al volante a los padres o hermanos mayores o al admirado abuelito de los Cortés, quien se buscaba la vida al frente de un viejo camión de volteo Mercedes Benz. Por más que lo intento, aún no me explico por qué nunca ocurrió ningún percance. El único accidente, si así pudiéramos llamarlo, corrió por cuenta de Rubén. En las largas vacaciones de fin de año o a veces en las de junio aparecía. Sus tíos vivían en frente a la casa de Tomás y este “pelao paisa” llegaba de Medellín lleno de historias y ocurrencias que nos parecían como de otro mundo. Era divertidísimo. Una tarde se puso al timón del “Landrito” de Tomás, advirtiendo de antemano que él, por diferencia de todos nosotros, sí sabía manejar. No tenía ni idea. Con el acelerador a fondo y el cupo lleno recorrió las calles del barrio en el bólido. En una esquina, al desembocar al parque, perdió el “control” y fue a dar contra un mirto de los jardines. Por poco atropella a Marcelo, quien nos remplazó como vendedores puerta a puerta del pan que cocía Armando Dussan, el tío de Fernando. Niño, panes y canasta volaron por los aires. Marcelo gritaba como enajenado. Queriendo insultar a Rubén se ofendía así mismo: “¡mi cara se parece a su culo!”. El imberbe vendedor no quedó conforme hasta que habló con el papá del “paisa”. Juntos, padre y quasiatropellado, dieron aviso a la policía de la vecindad y a la permanente fue a parar Rubén. Horas más tarde cuando nos decidimos a pasar por la estación, superando el sentimiento de “complicidad criminal”, nos llevamos gran sorpresa al verlo, muy sonriente, contando historias al corrillo de Agentes que le rodeaban. Su alegría no duró mucho. El padre y el comandante habían acordado rapar su cabeza para darle escarmiento y tal castigo lo devastó. Rogaba, lloraba, gemía y pataleaba pero ninguno de sus berrinches consiguió revertir la sentencia. El resto de las vacaciones anduvo con la cabeza pelada y nunca más condujo el Land Rover de Tomás. Ese carro fue para nosotros instrumento de conquistas juveniles, festiva carroza en que llegábamos a las fiestas de la adolescencia y, para Tomás, potro en que le torturaban en las tardes de los sábados fungiendo como chofer de Cecilia, llevándola, infaltablemente, a mercar al viejo supermercado “Marión” de Santa Ana. Hoy Tomás lo conserva y cuando nos encontramos es obligatorio preguntarle por todos y cada uno de los miembros de su familia, empezando por nuestro querido “Landrito”.
Que bonito el motivarse a escribir este tipo de historias, eso si que engrandece el alma. Un bonito detalle para con Tomás a quien aprecio y de quien he recibido instrucciones para conducir nuestro "nuevo" Landy modelo 70 recientemente estrenado y con el que ya empezamos a hacer historia :)
ResponderEliminarhttps://www.facebook.com/groups/1508604349411255/permalink/3499566250315045/?sfnsn=scwspmo&ref=share&mibextid=VhDh1V
ResponderEliminar