Aprendí a montar en bicicleta tardíamente, a los siete años, de la mano de mis hermanos y mi papá. Mi primera cicla fué una "Philips" inglesa, roja, de guardabarros blancos, que había sido de mis hermanos y, remozada, recién pintada, una vez más nueva, amaneció un 25 de diciembre al lado del pesebre, como mi regalo navideño, como por esos tiempos se acostumbraba, antes de que la navidad cambiara para siempre -y no necesariamente para bien- por la universalización de la White Christmas tan gringa y tan distante de lo nuestro. Desde entonces mi infancia estuvo ligada a ella y a las que más tarde, en la medida de mi crecimiento, me regalaron mis padres: una "Bidecol" de semicarreras, verde limón, que mi papá me trajo de Pereira en un fin de año, y otra "Monark", azul, que compró al tiempo con otra idéntica para el.
Es que la bicicleta era muy importante en mi casa por que fue medio de transporte familiar y una de las aficiones queridas de mi papá quien por años se movilizó en una "Raleigh" de turismo. El obsequio más estimado que recibió mi hermano Germán en su juventud era, precisamente, una "Raleigh" de carreras.
Me pasaba el día en bicicleta junto a mis compañeros de barriada. Nuestro "velodromo" eran los canales que atraviesan el norte de la ciudad y especialmente los de la calle ciento veintisiete y de la avenida diecinueve. Sus paredes inclinadas se nos figuraban como verdaderas pistas y ninguna peste nos enfermó durante esos años. La fortuna nos acompañó. Nunca tuvimos accidentes graves a pesar de que nos lanzábamos por las calles empinadas de la "Bella Suiza" sin pensar en un eventual choque con algún carro. En uno de esos descensos vertiginosos perdí el control por daño del manubrio y fuí a dar contra el andén, en el parque, saliendo catapultado contra un poste de la luz. Me golpeé en la frente. Nunca lo he olvidado gracias al "cacho" que desde entonces me acompaña.
Conformábamos con los demás chicos de la cuadra un pelotón, como llamaban a los grupos de ciclistas los narradores radiales de la "Vuelta a Colombia". Andábamos por horas juntos. Casi siempre estábamos todos: Guillermo, Tomás, Juan Arturo, Fernando, Rafico, Alfonso y los demás.
Guillermo tenía una rara bicicleta traída de Brasil, de color violeta y marco reforzado, hecha para el trabajo duro. Su hermana, la "Nena", tenía una amiga muy bonita que a el le encantaba. Con ocasión de la visita de la muchacha quiso Guillermo hacer gala de su fuerza y habilidad en demostración circense. Unos se sentaron en el manubrio, la barra, el sillín y la parrilla. Otros cuatro se pararon en los conos y el se hizo a los pedales. Al dar marcha el aparato se despedazó y al suelo fuimos a dar los nueve y especialmente el amor propio y las pretensiones galantes de Guillermo.
En casa de Tomás vivía Nicanor, un muchacho trabajador, bueno y un tanto desquiciado, dueño de una bicicleta de cartero que le prestaba. Una tarde, posando de mecánico desbarató el biciclo para limpiarlo a fondo. Al rearmarlo apretó tanto los conos que, contra la física, les dió vuelta inutilizándolo.
Juan Arturo no tenía cicla. Usaba la de su papá que era enorme, finísima y motivo de mi envidia pues era como las bicicletas que antaño usara mi padre.
Alfonso era un muchacho incomparable por su inteligencia, su vivacidad y su destreza física. Todo lo hacía bien pero en bicicleta era un espectáculo. Antes de que se conocieran todas las modalidades de ciclismo extremo tan populares hoy en día, Alfonso ya hacía piruetas de esas. Saltaba en la cicla y la hacía saltar. La manejaba al derecho y al revés, sentado en el timón, parado en uno de los pedales. Todos le imitamos pero ninguno llegó a alcanzarlo en su habilidad.
En mi caso la bicicleta fue tambien implemento de "trabajo". Cerca a la casa no había ningún almacén. Yo era el "chino" de los mandados. Todo se compraba en Usaquén. El pan, la leche, la carne, los huevos, la prensa, la lotería y cuanto sucedáneo de esta existía. Mi papá me enviaba al pueblo a comprar "Totogol", "Gallina Ciega" y "Cinco y Seis". Todo lo traía en bicicleta, aunque estuviera lloviendo o haciendo sol. Saliendo a la compra en pleno aguacero, enfundado en un impermeable, me enredé con las portezuelas del garaje y me abrí la frente. También conservo la cicatriz como recuerdo.
Seguí montando bicicleta hasta hace poco, cuando el médico me lo prohibió. Me correspondieron los primeros años de la ciclovía implementada por el hoy fallecido alcalde Augusto Ramírez. De novio me iba a veces hasta la finca de mi suegro en cicla y, ya convertido en esposo y padre, llevaba a María Paula y Santiago al paradero de la ruta colegial en ella. Por un tiempo iba en bicicleta al trabajo y cuando los taxistas de Bogotá bloquearon sus avenidas hace años, estando mis hijos pequeños, en cicla fui a recogerlos a los confines de la ciudad en donde estaba el bus escolar trancado, con la mala suerte de haber caído al piso junto con mis niños, afortunadamente sin consecuencias.


