miércoles, 15 de junio de 2011

Bicicletas


Aprendí a montar en bicicleta tardíamente, a los siete años, de la mano de mis hermanos y mi papá. Mi primera cicla fué una "Philips" inglesa, roja, de guardabarros blancos, que había sido de mis hermanos y, remozada, recién pintada, una vez más nueva, amaneció un 25 de diciembre al lado del pesebre, como mi regalo navideño, como por esos tiempos se acostumbraba, antes de que la navidad cambiara para siempre -y no necesariamente para bien- por la universalización de la White Christmas tan gringa y tan distante de lo nuestro. Desde entonces mi infancia estuvo ligada a ella y a las que más tarde, en la medida de mi crecimiento, me regalaron mis padres: una "Bidecol" de semicarreras, verde limón, que mi papá me trajo de Pereira en un fin de año, y otra "Monark", azul, que compró al tiempo con otra idéntica para el.

Es que la bicicleta era muy importante en mi casa por que fue medio de transporte familiar y una de las aficiones queridas de mi papá quien por años se movilizó en una "Raleigh" de turismo. El obsequio más estimado que recibió mi hermano Germán en su juventud era, precisamente, una "Raleigh" de carreras.


Me pasaba el día en bicicleta junto a mis compañeros de barriada. Nuestro "velodromo" eran los canales que atraviesan el norte de la ciudad y especialmente los de la calle ciento veintisiete y de la avenida diecinueve. Sus paredes inclinadas se nos figuraban como verdaderas pistas y ninguna peste nos enfermó durante esos años. La fortuna nos acompañó. Nunca tuvimos accidentes graves a pesar de que nos lanzábamos por las calles empinadas de la "Bella Suiza" sin pensar en un eventual choque con algún carro. En uno de esos descensos vertiginosos perdí el control por daño del manubrio y fuí a dar contra el andén, en el parque, saliendo catapultado contra un poste de la luz. Me golpeé en la frente. Nunca lo he olvidado gracias al "cacho" que desde entonces me acompaña.


Conformábamos con los demás chicos de la cuadra un pelotón, como llamaban a los grupos de ciclistas los narradores radiales de la "Vuelta a Colombia". Andábamos por horas juntos. Casi siempre estábamos todos: Guillermo, Tomás, Juan Arturo, Fernando, Rafico, Alfonso y los demás.


Guillermo tenía una rara bicicleta traída de Brasil, de color violeta y marco reforzado, hecha para el trabajo duro. Su hermana, la "Nena", tenía una amiga muy bonita que a el le encantaba. Con ocasión de la visita de la muchacha quiso Guillermo hacer gala de su fuerza y habilidad en demostración circense. Unos se sentaron en el manubrio, la barra, el sillín y la parrilla. Otros cuatro se pararon en los conos y el se hizo a los pedales. Al dar marcha el aparato se despedazó y al suelo fuimos a dar los nueve y especialmente el amor propio y las pretensiones galantes de Guillermo.


En casa de Tomás vivía Nicanor, un muchacho trabajador, bueno y un tanto desquiciado, dueño de una bicicleta de cartero que le prestaba. Una tarde, posando de mecánico desbarató el biciclo para limpiarlo a fondo. Al rearmarlo apretó tanto los conos que, contra la física, les dió vuelta inutilizándolo.


Juan Arturo no tenía cicla. Usaba la de su papá que era enorme, finísima y motivo de mi envidia pues era como las bicicletas que antaño usara mi padre.


Alfonso era un muchacho incomparable por su inteligencia, su vivacidad y su destreza física. Todo lo hacía bien pero en bicicleta era un espectáculo. Antes de que se conocieran todas las modalidades de ciclismo extremo tan populares hoy en día, Alfonso ya hacía piruetas de esas. Saltaba en la cicla y la hacía saltar. La manejaba al derecho y al revés, sentado en el timón, parado en uno de los pedales. Todos le imitamos pero ninguno llegó a alcanzarlo en su habilidad.


En mi caso la bicicleta fue tambien implemento de "trabajo". Cerca a la casa no había ningún almacén. Yo era el "chino" de los mandados. Todo se compraba en Usaquén. El pan, la leche, la carne, los huevos, la prensa, la lotería y cuanto sucedáneo de esta existía. Mi papá me enviaba al pueblo a comprar "Totogol", "Gallina Ciega" y "Cinco y Seis". Todo lo traía en bicicleta, aunque estuviera lloviendo o haciendo sol. Saliendo a la compra en pleno aguacero, enfundado en un impermeable, me enredé con las portezuelas del garaje y me abrí la frente. También conservo la cicatriz como recuerdo.



Seguí montando bicicleta hasta hace poco, cuando el médico me lo prohibió. Me correspondieron los primeros años de la ciclovía implementada por el hoy fallecido alcalde Augusto Ramírez. De novio me iba a veces hasta la finca de mi suegro en cicla y, ya convertido en esposo y padre, llevaba a María Paula y Santiago al paradero de la ruta colegial en ella. Por un tiempo iba en bicicleta al trabajo y cuando los taxistas de Bogotá bloquearon sus avenidas hace años, estando mis hijos pequeños, en cicla fui a recogerlos a los confines de la ciudad en donde estaba el bus escolar trancado, con la mala suerte de haber caído al piso junto con mis niños, afortunadamente sin consecuencias.

martes, 14 de junio de 2011

Mi tía Beatriz


Hace unos años, en la misa por la muerte de mi tía Beatriz, dije estas palabras:

Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
Le regale un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque, teniendo marido,
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.


Quiero que, si es posible, recuerden estos últimos versos de “La Casada Infiel” del “Romancero Gitano” de Federico García Lorca. El recuerdo de mi tía Beatriz declamándolos es una imagen imborrable que de inmediato hace pensar en la sensibilidad, la gracia y la simpatía que la caracterizaban.


Sus brazos extendidos al vernos, sin importar el tiempo de la ausencia, el gracejo a flor de labios, el comentario dulcemente ácido en el momento preciso y su sonrisa natural nos serán entrañables por siempre.


Como la casa de sus padres, mis abuelos Juan e Inés a quienes en buena parte vine a conocer por ella, la de mi tía siempre tuvo las puertas abiertas. Vienen a mi memoria esas tardes felices de fin de semana en la casita de Chía, ya hace muchos años, donde coincidían Franco y su familia, Salas, mi tía, los primos, mis papas, mis hermanos, que terminaban con dolor de barriga, mas por tanto reír que a consecuencia del asado. Varios años después, estudiando en la Ciudad Universitaria, a menudo evitaba comer en la Cafetería Central para poder almorzar con mi tía. Me encantaba su jugo de patilla helado endulzado con sus historias. Casi siempre había alguien más "poniendo la canoa": el amigo de un primo, un familiar lejano de Girardot, un conocido que estaba de paso. Su hospitalidad superaba todas las pruebas y aún la escasez.


Y es que los momentos difíciles fueron muchísimos pero mi tía siempre supo sacar fuerzas para superarlos y nunca perdió su compostura. ¡Que presencia de animo! Logró pasar por encima de las dificultades familiares, de las enfermedades de Salomón, de los duros días de España, de las frecuentes y largas temporadas de "vacas flacas" y del cáncer con la dignidad intacta. Y le gustaba que se notara. Fabiola siempre recuerda la elegancia sin par de mi tía y Constanza, estoy seguro, solo la puede recordar con sus zapatos combinados y sus pantalones de pliegue perfecto.


Por ella misma, por el amor inmenso que mutuamente se profesaron con mi mamá y mi papá, por su personalidad inimitable, por su cariño y su generosidad nos duelen sus últimos días que junto con su vida le han de valer un lugar en el cielo, al lado de Juan Alberto y Lucila, de Carlos Enrique y Gilma y de los que partieron antes que ella, si así lo quiere Dios. Por el resto de mi vida extrañaré que me llame “dulzura” y “mi sobrino favorito”, como siempre lo hizo el 13 de abril de cada año, el día de nuestro cumpleaños.

sábado, 11 de junio de 2011

El "landrito" de Tomás


El carro más emblemático de la Bella Suiza, el barrio donde crecimos, el micromundo maravilloso en el que nos hicimos adultos, fue el Land Rover de la casa de mi amigo Tomás. En ese híbrido indestructible de automóvil y tractor aprendimos todos los muchachos de la cuadra a conducir. Teníamos como 13 años. En los días de asueto en que Cecilia, la laboriosa mamá de Tomás, debía ir a su oficina del Banco Cafetero, en pleno centro de Bogotá, y la casa quedaba sola, a media mañana empezaba la función. Abríamos el cofre, echábamos agua en el radiador y empujábamos el campero hasta la calle. Entonces Tomás daba marcha al motor. No se encendía girando la llave del switch sino presionando un botón metálico grande abajo del tablero, del lado derecho. Íbamos pasando al volante de uno en uno. Cada “chino” daba vuelta al barrio manejando aquel modelo 61 como se imaginaba. Ninguno había tomado clases para ser chofer y la experiencia automovilística se reducía a haber visto enfrentarse al volante a los padres o hermanos mayores o al admirado abuelito de los Cortés, quien se buscaba la vida al frente de un viejo camión de volteo Mercedes Benz. Por más que lo intento, aún no me explico por qué nunca ocurrió ningún percance. El único accidente, si así pudiéramos llamarlo, corrió por cuenta de Rubén. En las largas vacaciones de fin de año o a veces en las de junio aparecía. Sus tíos vivían en frente a la casa de Tomás y este “pelao paisa” llegaba de Medellín lleno de historias y ocurrencias que nos parecían como de otro mundo. Era divertidísimo. Una tarde se puso al timón del “Landrito” de Tomás, advirtiendo de antemano que él, por diferencia de todos nosotros, sí sabía manejar. No tenía ni idea. Con el acelerador a fondo y el cupo lleno recorrió las calles del barrio en el bólido. En una esquina, al desembocar al parque, perdió el “control” y fue a dar contra un mirto de los jardines. Por poco atropella a Marcelo, quien nos remplazó como vendedores puerta a puerta del pan que cocía Armando Dussan, el tío de Fernando. Niño, panes y canasta volaron por los aires. Marcelo gritaba como enajenado. Queriendo insultar a Rubén se ofendía así mismo: “¡mi cara se parece a su culo!”. El imberbe vendedor no quedó conforme hasta que habló con el papá del “paisa”. Juntos, padre y quasiatropellado, dieron aviso a la policía de la vecindad y a la permanente fue a parar Rubén. Horas más tarde cuando nos decidimos a pasar por la estación, superando el sentimiento de “complicidad criminal”, nos llevamos gran sorpresa al verlo, muy sonriente, contando historias al corrillo de Agentes que le rodeaban. Su alegría no duró mucho. El padre y el comandante habían acordado rapar su cabeza para darle escarmiento y tal castigo lo devastó. Rogaba, lloraba, gemía y pataleaba pero ninguno de sus berrinches consiguió revertir la sentencia. El resto de las vacaciones anduvo con la cabeza pelada y nunca más condujo el Land Rover de Tomás. Ese carro fue para nosotros instrumento de conquistas juveniles, festiva carroza en que llegábamos a las fiestas de la adolescencia y, para Tomás, potro en que le torturaban en las tardes de los sábados fungiendo como chofer de Cecilia, llevándola, infaltablemente, a mercar al viejo supermercado “Marión” de Santa Ana. Hoy Tomás lo conserva y cuando nos encontramos es obligatorio preguntarle por todos y cada uno de los miembros de su familia, empezando por nuestro querido “Landrito”.

jueves, 9 de junio de 2011

De Angustias y Desmadres

Hace algún tiempo el viaje mochilero de un sobrino de mi esposa motivó esta reflexión.

Que cuidado se te riega el esmalte. Que las medias y los calzoncillos van en su cajón. Que los recibos en su legajador. Que las mancornas en su cajita. Que ¿por que la ropa sucia no esta en su lugar? Que hay que pagar las facturas tan pronto como lleguen. Que el celular va aquí y no allá. Que apaguen la televisión porque estamos oyendo música y es mucho ruido a la vez. Que ¿por que no taparon bien el salero? Que cierren las puertas, pongan la basura en su lugar, recojan los juguetes, limpien esto, apaguen aquello, alcen eso…

Todo esto nos hace pensar en el papá o la mamá cansona o en otros que ya están envejeciendo, pero detrás de todas esas admoniciones, advertencias e interrogantes se esconde a veces el drama del que ha hecho del orden esencia vital y no necesariamente por gusto o decisión razonada.

En principio ser ordenado hace la vida más fácil y conduce a que las cosas salgan bien, a tiempo. Sin embargo, para el que se afana por el orden a menudo las cosas se tornan amargas por que es altamente probable que su entorno “se desmadre”, como dirían en México.

De otro lado, buena parte de los grandes acontecimientos han ocurrido y siguen pasando gracias al desorden. Echen un ojo a las grandes figuras de la historia, del arte, de la ciencia y advertirán que, con frecuencia, no por compulsión metodológica lograron sus metas.  

No se en que momento de la infancia de los obsesos se prende el interruptor automático que ya no tiene forma de ser puesto en off haciendo de su vida una tragedia que sin mayor dificultad se extiende a los que lo rodean.

Por fortuna hay casos en los que el “angustiadito” se gana la lotería y recibe la bendición de una mujer y de unos hijos maravillosos, o mejor, maravillosamente tolerantes, que se lo aguantan y saben cuando atender las pendejadas y cuando no pararle bolas a las obsesiones. Al modo argentino, sencillamente “se lo bancan”. Este fue mi caso.

Estas reflexiones se me vienen a la cabeza al pensar que en el momento en que Fabiola me preguntó que opinaba del viaje “mochilero” de Camilo lo primero que dije fue “es una locura, una irresponsabilidad”. ¡Que carajo!, siquiera se fue, siquiera tiene la flexibilidad mental y espiritual para desordenarse, para desmadrarse, como corresponde a su edad, probablemente a cualquier edad. De “pelao” mi mamá me acolito muchos arranques de trotamundo que fueron sanos momentos de desfogue por los cuales no terminé siendo aún más obsesivo de lo que soy: el Parque de los Nevados, la Represa de Prado, la finca de no se quien en Pacho, Curramba, la costa chocoana, etc. Y muchos fueron de los de una semana con dos latas de sardinas.

Octagésimo Natalicio de Gloria Sanz y Luis Alberto Suárez

Con motivo de la celebración de los ochenta años de vida de mis suegros les dirigí estas palabras:

Por supuesto que nos congrega esta noche el motivo feliz de celebrar los 80 años de vida de Doña Gloria y el Doctor Suárez y que hoy como siempre celebramos jubilosos su presencia en nuestras vidas pero quisiera aprovechar la oportunidad que tengo de decir unas palabras en esta reunión para rendir testimonio de enorme gratitud.

En Doña Gloria encontramos infinita paz, silencio prudente, moderación, generoso desprendimiento y solidaridad sin pausa. Basta con que cualquiera le pida algo para que se lo dé en la seguridad de que esa persona lo necesita. Mi suegra nunca se ha apegado a lo material y mundano. Solo a Dios representado en su familia y en los desprotegidos. Los regalos que le damos los disfrutan, con frecuencia, otras personas, familiares o no, pero que a su criterio los necesitan más que ella. Hasta no hace mucho se brindaba a los ancianos de un asilo en el centro de la ciudad y sus hijos bien recuerdan cómo convertía parte de su casa en albergue de mendicantes o brindaba transporte nocturno, consuelo y consejo a mujeres de la calle.

En la figura del Doctor Suárez es fácil encontrar el mejor ejemplo de vitalidad, de fortaleza y de laboriosidad y los que hemos tenido el privilegio de conocerle somos testigos y beneficiarios permanentes de su irrestricta voluntad de servicio. Contamos con su apoyo en los más variados aspectos de la cotidianidad. Su acción y su consejo nos permiten, a menudo, resolver desde las elementales dificultades domésticas hasta los más delicados problemas de todo tipo y nos despejan el camino para poder recorrerlo sin tropezar con los obstáculos que permanentemente se atraviesan. Ese soporte que sabemos siempre presente se acompaña del afecto y de la entrega. El Doctor nos despierta con cariñosa y esperada felicitación el día del cumpleaños, siempre tiene un gracejo a flor de labios y no tiene ningún problema para ponerse en cuatro patas a jugar canicas con sus nietos pequeños.

Si no me fallan las cuentas, somos más de 60 y vamos en 29 nietos. Estos chinos nos inspiran y nos dan toda la felicidad imaginable. Ellos, sin importar a cual de las familias de este clan pertenecen, tienen algo maravilloso, algo muy especial que los eleva y los exalta y que, estoy seguro, se debe -en mucho- a las cualidades de los suegros, constituidas en el mejor ejemplo que han tenido. Tales virtudes permitieron a Doña Gloria y al Doctor levantar en torno suyo el más unido grupo familiar al que nos sentimos orgullosos de pertenecer. Por eso y por todo hoy les decimos, ¡muchas gracias!

miércoles, 8 de junio de 2011

Alfredo Rubiano



Pocos días atrás mi colega Hugo Bernal me dijo, con algo de sorpresa, que advertía en mí cierto parecido al Profesor Alfredo Rubiano Caballero. Quizás en el físico, pues aún no logro ganarle la batalla al peso. Tal vez por un gesto o alguna expresión hecha propia. Ojalá, más bien, fuere por algo del talante. Si así es, me honra.

Hace ya como tres años, al saber del fallecimiento de Alfredo Rubiano, escribí estas líneas:

En la mañana de hoy murió mi querido Alfredo Rubiano Caballero. Ojalá hubiera sido menos ingrato, brindándole con oportunidad el reconocimiento que merecía y regresándole en tiempo y compañía algo de lo mucho que me brindó. En mi caso Alfredo fué Profesor y Maestro y generosamente me distinguió con su amistad. Disfruté de los momentos compartidos, a menudo recuerdo sus expresiones y día tras día continúo sacando provecho de sus enseñanzas. El Doctor Rubiano, paisano de mi padre, mis tíos y mis hermanos, era un hombre culto y cálido, ecuánime, de mente abierta, librepensador, demócrata, de esos pocos que hoy tanto le hacen falta a la Universidad, a la Academia, a la Medicina y a Colombia. Que en paz descanse.

Una a propósito de los antitaurinos

Por los días de cuaresma, hace unos nueve años, los antitaurinos echaron a perder la obra principal del Festival de Teatro llamada “DON JUAN EN LOS RUEDOS”. Le escribí entonces a la Dirección de "El Tiempo"  este comentario:

Con el tesón que la identifica, Fanny Mickey logró, en uno de los momentos más difíciles que haya vivido el país, no solo realizar el Festival Iberoamericano de Teatro, en su octava versión, sino traer a Colombia un soberbio espectáculo como lo es la construcción escénica “DON JUAN EN LOS RUEDOS” de la compañía “LA CUADRA DE SEVILLA”. En sus numerosos montajes esta afamada agrupación artística ha ganado reconocimiento internacional por la altísima calidad de sus obras y, especialmente, por la fuerte, evidente y relevante influencia de la cultura y tradición andaluzas de las cuales es, incluso, una manifestación viva y ejemplar.

Lo acontecido en la Plaza de Toros de Santamaría anoche no fue un episodio más del secular enfrentamiento entre taurófilos y detractores de la tauromaquia. Fue, más bien,  una demostración de ignorancia brindada por un núcleo grande y me temo que relativamente representativo de personas, más o menos acomodadas y supuestamente dueñas de un nivel cultural superior al promedio, que al sabotear la parte taurina y central de la representación dieron al traste con la puesta en escena y,  desconociendo que el arte de Cúchares es elemento esencial de la herencia hispánica, antiguo y arraigado casi tanto como la lengua de Castilla y hoy por hoy tan nuestro como esta, irrespetó a profesionales como el director Salvador Távora, el rejoneador Juan Rafael Restrepo, el matador Pepe Manrique y la misma Fanny Mickey y recordó el episodio, más o menos reciente, del director de orquesta puesto en aprietos por interpretar a Wagner en Israel.

Y eso que se supone que el arte es universal. Y que somos tolerantes y de mentes abiertas. Quizás esperaban que de la entraña misma de Andalucía salieran motocicletas en lugar de jacas de alta escuela, instructores de perritos de pedigrí por toreros de a caballo y de a pié y coros angelicales de niños de voces blancas que no desgarraran el aire frío de la noche bogotana como lo hicieron con sus chorros de voz esas maravillosas “cantaoras” que son Ana Peña y Anabel Rosado.

A la pobre Fanny le tocó aguantarse el enojo de los que no querían esperar un minuto para que iniciara la obra, dando oportunidad a que ingresara el público que aún estaba afuera de la plaza, y experimentar inocultable vergüenza ajena por la falta de entendederas de los saboteadores que, seguramente, fueron los mismos.