domingo, 30 de junio de 2013

RIP Álvaro Nieto

Casi redondeando un siglo de noble existencia, hoy partió a reunirse con mis viejos Don Álvaro Nieto. Hace unos años escribí en su homenaje unas líneas que se perdieron. Decía entonces que me sentía muy honrado y distinguido por contar con su amistad y su afecto, más allá del vínculo familiar, y que a personas como el y mis papás les debíamos en gran parte lo bueno de esta Colombia de hoy. Muy pocas personas he conocido que igualen la decencia, la rectitud, la bonhomía y, sobre todo, la caballerosidad y galantería de Álvaro. Me queda el pequeño consuelo de haberle brindado las últimas "gomitas" que se comió y haberle sacado algunas de las últimas sonrisas a su rostro amable. Son las que me pienso guardar como recuerdo postrero. Buen viaje Álvaro querido. Me vas a hacer falta.

sábado, 11 de mayo de 2013

Jairo Escobar

Éramos chinos de primaria cuando nos conocimos. Compartíamos el mismo barrio y salíamos a jugar al mismo parque, cosas que difícilmente se entienden hoy cuando los niños prenden el televisor y la consola de videojuegos llegada la hora de lo lúdico. También pasábamos mucho tiempo en casa, en nuestras casas. Y lo digo así por que indistintamente entrábamos a la de uno u otro como si fuera la propia. Nuestras madres eran vecinas pero también compañeras en la labor de crianza y amigas. En sus cocinas siempre había un trozo de pan, un vaso de jugo o un par de cucharaditas de dulce de brevas o papayuela, no sólo para sus hijos sino para cualquiera de los amigos que apareciera con ellos. Los padres nos llevaban de paseo a todos como si fueran maestros cargando con la clase completa en peripatética excursión. Y nos vieron crecer juntos hasta hacernos mayores. Hasta acá lo dicho aplica para todos nuestros queridos viejos. Pero hay recuerdos ligados quizás sólo a uno de ellos. Salía de cortos a patear con nosotros el balón de microfútbol, se sentaba a oír nuestros argumentos pueriles con toda atención, se enruanaba un domingo en la noche para compartir con nuestra patota la función nocturna del cine, alcahueteaba cualquier cosa que se nos ocurriera siempre y cuando el epílogo consistiera en mecato o golosina y cuando llegó el momento de los primeros tragos los compartió con nosotros y en su casa en la seguridad de que en tal trance no estaríamos mejor ni más protegidos en ningún lugar distinto a su biblioteca. Era Jairo, el papá de Arturo, mi colega, el singular "Mayito", la alegre y bonita Ana María y la pequeña y dulce Carolina, el esposo de la entrañable María Eugenia y el tío de Olga y Jorge Antonio. Ha partido y estas cortas líneas agradecidas sólo quieren desearle buen viaje. 

viernes, 19 de abril de 2013

50 de Pintico

La persistencia de Fabiola y de mis hijos logró convencerme de celebrar estos 50 años. No estaba muy convencido de hacerlo, conciente de que, acepto, soy una "joyita" pero, como en la ranchera de Cuco, "... no soy monedita de oro pa´caerle bien a todos". Pintico no es "pera en dulce" y, con frecuencia, como le ocurre a los personajes de las propagandas de Davivienda, mi lengua o yo hemos estado en el lugar equivocado. No es hora de arrepentimientos pero, aunque fuera motivo de mi reticencia, para estar a tono con la moda del papa "Pacho" y como pasa al comienzo de la Santa Misa, debo empezar este "minispeech" pidiendo perdón por las tristezas que he causado a lo largo de este periplo vital, principalmente a ustedes, mis compañeros de viaje. En todo caso, no por voluntad he dañado a nadie, pues mi propósito en la vida más bien ha sido servir, ayudar y llevar algo de alegría a los demás y, por supuesto, a mi mismo. No podía ser de otra manera, viniendo de donde vengo, puesto que Lucila, mi mamá, era, por encima de cualquier cosa, una persona que vivía sirviendo a los demás y mi papá, Don Juan, como lo recuerda Julio del Valle, el tipo más chistoso que haya pasado por las oficinas de nuestro Banco Central.

Cambiando de tercio, lo que si me entusiasmaba de este festejo era la posibilidad de dar gracias. Así que doy gracias a la Providencia por permitirme estar aquí, cuando mis abuelos no llegaron al "medio chorizo" y mi viejo partió en la flor de sus 56. Doy gracias a Fabiola por aguantarme, por ser mi polo a tierra, por brindarme todo su amor desde hace 25 años y por hacerme feliz todos y cada uno de los días de esta vida, desde que la conocí, así suene como a bolero de Manzanero. Doy gracias a mis maravillosos hijos, María Paula y Santiago, quienes se han encargado desde su llegada de mantenerme en la más extraordinaria montaña rusa de emociones, siempre nuevas, siempre cambiantes y vivificantes. Doy gracias a la familia por crear y conservar el espacio que he necesitado para ser, hacer y deshacer y a mis amigos, presentes y ausentes, por darme su corazón cuando el mío ha flaqueado.

jueves, 16 de agosto de 2012

50 de Fachito


Cuando les pedí a Inés y a Ricardo que nos acompañaran esta tarde a festejar este especialísimo cumpleaños de Fabiola, Amaya me contestó que lo harían con gran complacencia pero especialmente movidos por sentimientos de solidaridad con ella, considerando que de estos 50 años, una buena parte la había tenido que vivir junto a mi, para su desgracia, y para mi fortuna, agrego yo, pues ya han pasado más de 29 años desde aquella noche en casa de Lola de Echandía cuando la conocí y me prendó y en el 2013 estaremos celebrando bodas de plata. Ya no recuerdo como era la vida en soltería y no me interesa recordarlo por que al lado de Fabiola he encontrado la felicidad y la reedito a diario cumpliendo a cabalidad con el que creo es el propósito de la existencia. Es mi amante, amiga y confidente, mi compañera omnipresente, en las buenas y en las malas, estas ultimas las menos y casi siempre favorablemente resueltas gracias a su buen seso y a su ponderación. Divertida y jovial, "mamadora de gallo", brillante y pragmática, ecuánime y comprensiva, puedo decir, dándole razón a Ricardo y parafraseando, tal vez, a Gabo, que Facho es la "mujer que me lleva de la mano en las tinieblas" y en las alegrías.
En los últimos 20 años he sido testigo de excepción de su consagración a María Paula y a Santiago, aún desde antes de su nacimiento. El día en que decidimos que había llegado el momento de María Paula, Fabiola inició también una inédita maratón de lectura que incluyó todos los libros sobre maternidad que se encontró por esos días, empezando por uno apocalíptico que se llama "Tu Hijo", yo le regalé con las mejores intenciones, hablaba de la imposibilidad real de tener un hijo sano y le arrancó hasta la última lágrima, muchísimo antes del parto. Acercándose la llegada de Santiago, los obstetras estaban empeñados en programarla. No pudieron. Facho dijo: "mi hijo va a nacer cuando tenga y no cuando ustedes quieran". La noche anterior al alumbramiento se puso a caminar por el apartamento sin pausa, como enajenada, hasta que en la madrugada, inevitablemente, rompió fuente y se salió con la suya. Con esa misma determinación, no ha hecho nunca cosa distinta que orientarlos, cuidarlos, protegerlos y, antes que nada, entenderlos y dejarlos ser. El resultado magnífico y admirable de su esfuerzo está ante nosotros.
Los miércoles o los jueves hay que madrugar en la casa. Ese día Fabiola llega a casa de
los abuelitos antes de las 7 a hacer el desayuno y a ayudarle al Doctor a tender la cama, "tomándole el pelo" con la regla y la plancha necesarias para que quede bien. Los sábados mi suegro le responde, cuando lo llama a confirmar la infaltable asistencia al almuerzo, preguntando por el menú, para ver si se le miden al reto. Esa "vaciladera" permanente sazona una relación en la que Doña Gloria y el Doctor Suárez viven pendientes de su hija y ella de los abuelitos, presta a asistirlos en cualquier momento y en todo lo que pueda. Confidente de su mamá es, sin duda, la favorita. Se lo pueden preguntar a mi suegra pero no se lo digan a nadie.
Amiga incondicional de sus hermanos, siempre ha estado lista a ayudarlos, a ellos y a sus hijos, en todo lo posible. Quizás por eso es madrina de varios sobrinos, por decisión de los papás y de varios más por que así lo han querido esos "chinos".
Lo más increíble es que, dedicada con alma y corazón a su esposo, a sus hijos, a sus viejos y a sus hermanos, aún tenga arrestos para encarar su trabajo con celo desmedido y excesiva responsabilidad. Cuando vivimos en México, en tiempos de mi residencia y de su maestría, trabajé y estudié muy duro pero viendo su esfuerzo parecía como si yo estuviera de asuetos. Nunca imaginé que con el mismo denuedo seguiría adelante hasta el día de hoy, como lo atestiguan sus compañeros. ¡Que intensidad!
Este es un homenaje pequeñito para una mujer extraordinaria que todo se merece y es una feliz coincidencia que tenga lugar acá en "El Fulgor", tan entrañable y lleno de recuerdos buenos. ¡Feliz Cumpleaños, Fachito! ¡Que Dios te bendiga!

viernes, 10 de agosto de 2012

85 Años de Vida de Doña Gloria y del Dr. Suárez

Por especial deferencia de Fabiola, mis cuñados y concuñados, que por supuesto me honra, debo decir hoy unas palabras con motivo de la celebración de los 85 años de vida de mis queridos suegros Doña Gloria y el Doctor Suárez que, enhorabuena, han alcanzado tan venerable edad. Y digo venerable por que a esa altura de la existencia creo que solo es posible llevar a cuestas una mezcla admirable de sabiduría, prudencia, mesura y tolerancia, ya desprovista, gracias al bálsamo del tiempo, de mezquindades y rencores. Razón tenian por tanto nuestras culturas ancestrales en tener en sitial tan elevado a sus mayores. El contraste con la realidad de nuestros días no puede ser más grande. En el torbellino de los tiempos que corren, definido por la inmediatez, ahora conocida como "tiempo real", ¿que lugar queda para las cosas decantadas por los años y los lustros? Solo algunos echamos mano de lugares comunes para aceptar, arregañadientes en veces, el valor indiscutible de los viejos: "Es que fueron hechos de otra madera", decimos entonces. O sentenciamos ligeramente alguna perogrullada: "Como los carros o los radios de antaño, fueron hechos para que duraran toda una vida". No nos percatamos de que lo fundamental no es su material constituyente sino el contenido y el propósito que han dado a sus cavilaciones y a su devenir. Y que nos vamos a percatar en medio de esta Babel axiológica en que nos debatimos los colombianos de la actualidad. ¿Acaso es fácil entender hoy por hoy el valor de construir pareja y familia, con pausa, sobre bases tales como el respeto por el otro, la prolongación en el tiempo y sobre el amor de la coexistencia, la fe en el trabajo responsable, la solidaridad o el compromiso de inculcar en los hijos la trascendencia indiscutible del vínculo fraterno? Y hablaba del propósito vital que en el caso de mis suegros, como lo demuestra la evidencia, no ha sido otro que el darse a los demás a través del servicio sin contraprestación, en la más bella y desprendida forma del amor. Concluiremos, sin duda, que la fórmula mágica para llegar a las 85 primaveras no está en el trabajo sin pausa, en la oración ininterrumpida, en la alimentación orgánica, en el ejercicio sistemático ni en invención o artilugio de especie alguna sino en la entrega amorosa al prójimo, empezando por casa, como los abuelitos nos han enseñado, ejemplarmente, y como lo preconizaba un zarco en Galilea hace ya más de 2000 años.

lunes, 5 de septiembre de 2011

De disfraces, juguetes, juegos y aguinaldos

La temporada de Navidad empezaba formalmente, en mis años mozos, la noche del siete de diciembre, cuando padres e hijos, unidos, prendían velas y faroles al frente de sus casas, celebrando la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción, pero el Pesebre solo se vestía el dieciséis de diciembre, debiendo estar listo en la noche para que se pudiera rezar el día primero de la Novena de Aguinaldos de Bertilda Samper, la madre María Ignacia. El fin de semana anterior resultaba infaltable el paseo al monte para -en ecológico crimen- proveerse de musgo, lama, quiches y demás insumos necesarios para armar el Nacimiento. La actividad comercial en torno a la Navidad empezaba por temprano a finales de noviembre y tenía su epicentro en la Feria del Juguete que se organizaba en improvisados puestos instalados en la calzada de la calle diecinueve. Los padres compraban allí el regalo para su niño, a hurtadillas, no fuera a dañarse la ilusión del Niño Dios portador del Aguinaldo. Consistía el obsequio en un juguete artesanal, a menudo de madera y de bajo costo. Dos de aquellos juguetes marcaron mi niñéz: un camión de madera en el que yo mismo cabía sentado en su remolque y una vaca plástica montada sobre rueditas por la que el Doctor Antonio Martínez Segura, el pediatra que me cuidaba y padre de mi amigo Miguel, siempre preguntaba: ¿Ya la has ordeñado? ¿Cuantas botellas está dando? ¿Que le dás de comer? Ahora no bien ha pasado el Halloween cuando ya se inundan los almacenes y sus vidrieras de artículos para la Nochebuena y, así como las calles y hasta los hogares, de luces y de árboles adornados de acuerdo a lo que dicte la moda, que ya no de franciscanos Belenes. Es necesaria semejante anticipación para dar tiempo a la promoción del interminable universo de juguetes importados, electrónicos, robotizados, costosísimos y muy complejos, cada año distinto, renovado, más caro.
¿Como hicimos para ser felices sin toda esa tecnología? Podíamos pasar horas armando aviones, carros y casas con el juego de piezas de ensamblar que se fabricaba en el país y se llamaba "estralandia". Lo más elaborado que teníamos eran carritos a escala con los que hacíamos carreras por el borde de la pileta que había en el recibidor de la casa en las que participaban mi papá, mis hermanos y mis compañeros de la cuadra. Nos la arreglábamos con tapas de gaseosa rellenas de cáscara de naranja para hacer competencias por los andénes. Recorríamos las calles del barrio dando brincos de barda en barda haciendo "barra", anticipándonos al exigentísimo Parkour de este tiempo. Traviesamente salíamos en carrera tras pulsar el timbre de una casa cualquiera, antes de que se abriera la puerta, en una inocente broma que llamábamos "rin-rin corre-corre". Nada era mejor que jugar "tarro" con todos los niños de la vecindad y con la participación de mis hermanos mayores y a veces de mi papá que pateaban durísimo la lata haciendo el juego interminable. Con la ayuda de los mayores y con nada más que algunos palos, tablas, clavos y balineras de desecho que nos regalaban en los talleres del Señor Serna o del Hermano Celino, al lado del Bohío, arriba de la carrera séptima, fabricábamos carritos esferados en los que nos lanzábamos pendiente abajo por las empinadas calles del barrio. De la misma forma nos hicimos de altos zancos en los que permanecíamos trepados días enteros. Encontrábamos la manera de entrar sin pago al Country Club para ver los partidos de polo y los concursos ecuestres y caninos. No recuerdo haberme aburrido.
La noche de las brujas, odioso festejo copiado de costumbres foráneas que nada tienen que ver con nuestra identidad, tan diferente y soso si se le compara con el magnífico Día de los Muertos de mi querido México, pleno de simbolismo, arraigado en la tradición católica y también en la herencia prehispánica, tan particular por sus ofrendas, sus flores de cempansúchil y sus calacas de azúcar, no era el desfile de vestidos carísimos imitando a los personajes de Walt Disney o de la televisión que se estila hoy. Mi hermana me pintaba la cara con un corcho quemado y mi mamá me cosía un disfraz hecho en tela ordinaria con el que me transformaba en gato o en ratón, salía a pedir dulces en las casas del barrio y era feliz.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Mamá

Judith Lucila Saavedra Cubides de Pinto, mi mamá, nació a comienzos de los 20 en la parcela "Muchilote" de la vereda "Ranchería", en Quetame, el villorio colgado de la montaña en la provincia cundinés de Oriente, y pasó los mejores años de la infancia en la casa de su abuelo, Alfredo B. Saavedra, en Cáqueza, pueblo del que él fuera alcalde por largo tiempo. Siempre recordaría con amor los gallos de pelea y los cuyes que criaba Papá Alfredo y que fueron el más caro entretenimiento de su corta niñez.
Fué breve la infancia por que debió empezar a trabajar desde muy joven. El empleo de los años juveniles que evocaba más a menudo era el de operaria en una fábrica de guantes de cabritilla, propiedad de un viejo polaco. Por alguna extraña asociación pienso en el taller del polaco cuando veo películas como "La lista de Schindler". Quizás tenga que ver con una antigua y hermosísima fotografía en blanco y negro de mi madre que se asemeja a las imágenes inmortales de Ingrid Bergman en "Casablanca".
Gracias a los buenos oficios de Pedro Eliseo Cruz, el médico y amigo entrañable de Jorge Eliecer Gaitán, primo de Avelina, su madre, mi abuela, pudo Lucila educarse y lograr una plaza como interna en la extinta Escuela Normal de "La Picota", en el viejo camino a Usme, en predios de lo que hoy es el Batallón de Artilleros. Fueron años inolvidables, felices y sosegados, de largos días que invariablemente empezaban con baños gélidos de madrugada en las duchas comunales, antes de las clases. Hizo allí amigas que conservó toda la vida.
De la Normal salió a educar niños y no dejó de hacerlo en los siguientes 27 años. Recorrió muchas leguas por su magisterio. Enseñó en Cucunubá y en Arbeláez. En este pueblo, que mucho antes frecuentara su bisabuelo Richard Blabor, andariego médico británico, conoció a Pedro Pablo Pabón y a sus hermanas, amigos de siempre. En alguna correría por las escuelas de la región cayó de un caballo quebrándose el antebrazo derecho. Nunca pudo volver a extender el codo.
Por la docencia llegaría trasladada a Girardot. Allí conoció al que fuera su marido, mi padre, Juan Alberto, se hizo esposa y fue madre. De su experiencia como Maestra en ese puerto evocaba, aún años después, cuanto se angustiaba por no poder evitar -de algún modo- la batalla contra la molicie que en el sopor del medio día debían librar en cada jornada los niños a ella confiados. Se divertía con pilatunas de esos muchachos como atrapar "chimbilás" para hacerlos fumar o chupar limones en frente a los músicos de las bandas para hacerlos salivar y desentonar.
Cuando la familia vino a vivir a Bogotá, no cesó su labor educativa. María Victoria, esposa de mi cuñado Alberto, aprendió de ella sus primeras letras en la escuela del Barrio Palermo y la recuerda con afecto como una de sus primeras maestras.
Era una formadora. En casa bien nos enseñó a responder por nuestras obligaciones y, aunque ocasionalmente podía eximirnos de algunos deberes, jamás permitió que incumpliéramos en la presentación oportuna de un trabajo escolar. Siendo muy chico hice propia la rutina por ella impuesta, al llegar del colegio, de lavar mis manos, tomar la merienda y sentarme a hacer las tareas. No había posibilidad ninguna de salir a jugar a la calle con los amigos de barriada sin haberlas terminado. Mi mamá no lo permitía.
Mi hermana Constanza, que con los años se parece cada vez más a mi mamá, no solo en lo físico sino en su talante, en su actitud, cuenta que algunas veces en que la acompañaba al trabajo, hacía mi mamá con las discípulas una actividad destinada a inculcarles el espíritu solidario: una comida comunal por todas preparada y compartida. Esa solidaridad nos la supo transmitir y fue quizás motivación de los oficios que Constanza y yo desempeñamos. Ser solidaria, ayudar a los demás, darse al prójimo le era natural. Por socorrer a una pobre mujer que vivía con sus hijos harapientos en un lote baldío, cerca de la casa, una noche en que el esposo ebrio la golpeaba, terminó correteada por el abusador y la víctima que contra ella y su compañera auxiliadora, Marita, nuestra vecina, la emprendieron a pedradas, afortunadamente sin consecuencias, como respuesta a su samaritana intervención no solicitada.
Aún después de jubilada no cesó en su vocación. Iba a la escuela parroquial de "Las Delicias" a coser para los pobres, a atender a las mujeres de las canteras en lo que pudiera y a desembrutecer a sus niños.
Pudo siempre destinar un momento al familiar enfermo o en dificultades. Cómo no recordar las visitas a Sibaté para ver si algo se le ofrecía al hermoso y orate Tío Manuel, al Tío Bernardo, postrado en la cama hospitalaria, ahogándose en azúcar, o al primo Guillermo, batallando contra el cáncer atrincherado en su inquebrantable ánimo festivo y musical.
En todas esas actividades nos hizo acompañarla de cuando en vez y, a que dudarlo, logró inculcarnos el interés en el otro, la voluntad de servir.
Se sentía profundamente orgullosa de su procedencia campesina. En casa hubo animales siempre y en el solar no faltaban matas y árboles frutales que le permitían preparar, casi a diario, los infaltables y  maravillosos dulces de breva, papayuela, durazno sabanero y mora de Castilla, pues maestra fue también en la cocina tradicional y no había que salir de casa para disfrutar morcillas, tamales o envueltos de mazorca que todos ayudábamos a preparar bajo su batuta sabia.
Ponderada, mesurada, nunca le vi excederse ni derrochar, sin caer tampoco en mezquindades. Siempre tuvo algo para el que, necesitado, se lo pidiera. Es una pena que no hubiéramos seguido su ejemplo de vida "con método".
Yo no he sido muy proclive al rock ni a la música en lenguas germánicas porque de niño me contagié de su amor por la vernácula. Me enseñó bambucos y pasillos y de ella tomé el gusto por Jose A. Morales, Berenice Chávez, los hermanos Martínez, Oriol y Otón Rangel, Garzón y Collazos y tantos otros. En el ocaso de su vida tomaba clases de tiple usando el mismo instrumento que alguna vez me obsequió y no fuí capaz de aprender.
Para cada uno de sus hijos fue apoyo incondicional y compañía permanente. En los años que viví en México no me faltaron sus hermosas y magníficamente caligrafiadas cartas.
Han pasado once años desde que partió y su ausencia nos abruma como entonces. Nos consuela que descansa en paz y gloria, como bien lo merece.