viernes, 10 de agosto de 2012

85 Años de Vida de Doña Gloria y del Dr. Suárez

Por especial deferencia de Fabiola, mis cuñados y concuñados, que por supuesto me honra, debo decir hoy unas palabras con motivo de la celebración de los 85 años de vida de mis queridos suegros Doña Gloria y el Doctor Suárez que, enhorabuena, han alcanzado tan venerable edad. Y digo venerable por que a esa altura de la existencia creo que solo es posible llevar a cuestas una mezcla admirable de sabiduría, prudencia, mesura y tolerancia, ya desprovista, gracias al bálsamo del tiempo, de mezquindades y rencores. Razón tenian por tanto nuestras culturas ancestrales en tener en sitial tan elevado a sus mayores. El contraste con la realidad de nuestros días no puede ser más grande. En el torbellino de los tiempos que corren, definido por la inmediatez, ahora conocida como "tiempo real", ¿que lugar queda para las cosas decantadas por los años y los lustros? Solo algunos echamos mano de lugares comunes para aceptar, arregañadientes en veces, el valor indiscutible de los viejos: "Es que fueron hechos de otra madera", decimos entonces. O sentenciamos ligeramente alguna perogrullada: "Como los carros o los radios de antaño, fueron hechos para que duraran toda una vida". No nos percatamos de que lo fundamental no es su material constituyente sino el contenido y el propósito que han dado a sus cavilaciones y a su devenir. Y que nos vamos a percatar en medio de esta Babel axiológica en que nos debatimos los colombianos de la actualidad. ¿Acaso es fácil entender hoy por hoy el valor de construir pareja y familia, con pausa, sobre bases tales como el respeto por el otro, la prolongación en el tiempo y sobre el amor de la coexistencia, la fe en el trabajo responsable, la solidaridad o el compromiso de inculcar en los hijos la trascendencia indiscutible del vínculo fraterno? Y hablaba del propósito vital que en el caso de mis suegros, como lo demuestra la evidencia, no ha sido otro que el darse a los demás a través del servicio sin contraprestación, en la más bella y desprendida forma del amor. Concluiremos, sin duda, que la fórmula mágica para llegar a las 85 primaveras no está en el trabajo sin pausa, en la oración ininterrumpida, en la alimentación orgánica, en el ejercicio sistemático ni en invención o artilugio de especie alguna sino en la entrega amorosa al prójimo, empezando por casa, como los abuelitos nos han enseñado, ejemplarmente, y como lo preconizaba un zarco en Galilea hace ya más de 2000 años.

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