La temporada de Navidad empezaba formalmente, en mis años mozos, la noche del siete de diciembre, cuando padres e hijos, unidos, prendían velas y faroles al frente de sus casas, celebrando la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción, pero el Pesebre solo se vestía el dieciséis de diciembre, debiendo estar listo en la noche para que se pudiera rezar el día primero de la Novena de Aguinaldos de Bertilda Samper, la madre María Ignacia. El fin de semana anterior resultaba infaltable el paseo al monte para -en ecológico crimen- proveerse de musgo, lama, quiches y demás insumos necesarios para armar el Nacimiento. La actividad comercial en torno a la Navidad empezaba por temprano a finales de noviembre y tenía su epicentro en la Feria del Juguete que se organizaba en improvisados puestos instalados en la calzada de la calle diecinueve. Los padres compraban allí el regalo para su niño, a hurtadillas, no fuera a dañarse la ilusión del Niño Dios portador del Aguinaldo. Consistía el obsequio en un juguete artesanal, a menudo de madera y de bajo costo. Dos de aquellos juguetes marcaron mi niñéz: un camión de madera en el que yo mismo cabía sentado en su remolque y una vaca plástica montada sobre rueditas por la que el Doctor Antonio Martínez Segura, el pediatra que me cuidaba y padre de mi amigo Miguel, siempre preguntaba: ¿Ya la has ordeñado? ¿Cuantas botellas está dando? ¿Que le dás de comer? Ahora no bien ha pasado el Halloween cuando ya se inundan los almacenes y sus vidrieras de artículos para la Nochebuena y, así como las calles y hasta los hogares, de luces y de árboles adornados de acuerdo a lo que dicte la moda, que ya no de franciscanos Belenes. Es necesaria semejante anticipación para dar tiempo a la promoción del interminable universo de juguetes importados, electrónicos, robotizados, costosísimos y muy complejos, cada año distinto, renovado, más caro.
¿Como hicimos para ser felices sin toda esa tecnología? Podíamos pasar horas armando aviones, carros y casas con el juego de piezas de ensamblar que se fabricaba en el país y se llamaba "estralandia". Lo más elaborado que teníamos eran carritos a escala con los que hacíamos carreras por el borde de la pileta que había en el recibidor de la casa en las que participaban mi papá, mis hermanos y mis compañeros de la cuadra. Nos la arreglábamos con tapas de gaseosa rellenas de cáscara de naranja para hacer competencias por los andénes. Recorríamos las calles del barrio dando brincos de barda en barda haciendo "barra", anticipándonos al exigentísimo Parkour de este tiempo. Traviesamente salíamos en carrera tras pulsar el timbre de una casa cualquiera, antes de que se abriera la puerta, en una inocente broma que llamábamos "rin-rin corre-corre". Nada era mejor que jugar "tarro" con todos los niños de la vecindad y con la participación de mis hermanos mayores y a veces de mi papá que pateaban durísimo la lata haciendo el juego interminable. Con la ayuda de los mayores y con nada más que algunos palos, tablas, clavos y balineras de desecho que nos regalaban en los talleres del Señor Serna o del Hermano Celino, al lado del Bohío, arriba de la carrera séptima, fabricábamos carritos esferados en los que nos lanzábamos pendiente abajo por las empinadas calles del barrio. De la misma forma nos hicimos de altos zancos en los que permanecíamos trepados días enteros. Encontrábamos la manera de entrar sin pago al Country Club para ver los partidos de polo y los concursos ecuestres y caninos. No recuerdo haberme aburrido.
La noche de las brujas, odioso festejo copiado de costumbres foráneas que nada tienen que ver con nuestra identidad, tan diferente y soso si se le compara con el magnífico Día de los Muertos de mi querido México, pleno de simbolismo, arraigado en la tradición católica y también en la herencia prehispánica, tan particular por sus ofrendas, sus flores de cempansúchil y sus calacas de azúcar, no era el desfile de vestidos carísimos imitando a los personajes de Walt Disney o de la televisión que se estila hoy. Mi hermana me pintaba la cara con un corcho quemado y mi mamá me cosía un disfraz hecho en tela ordinaria con el que me transformaba en gato o en ratón, salía a pedir dulces en las casas del barrio y era feliz.
¿Como hicimos para ser felices sin toda esa tecnología? Podíamos pasar horas armando aviones, carros y casas con el juego de piezas de ensamblar que se fabricaba en el país y se llamaba "estralandia". Lo más elaborado que teníamos eran carritos a escala con los que hacíamos carreras por el borde de la pileta que había en el recibidor de la casa en las que participaban mi papá, mis hermanos y mis compañeros de la cuadra. Nos la arreglábamos con tapas de gaseosa rellenas de cáscara de naranja para hacer competencias por los andénes. Recorríamos las calles del barrio dando brincos de barda en barda haciendo "barra", anticipándonos al exigentísimo Parkour de este tiempo. Traviesamente salíamos en carrera tras pulsar el timbre de una casa cualquiera, antes de que se abriera la puerta, en una inocente broma que llamábamos "rin-rin corre-corre". Nada era mejor que jugar "tarro" con todos los niños de la vecindad y con la participación de mis hermanos mayores y a veces de mi papá que pateaban durísimo la lata haciendo el juego interminable. Con la ayuda de los mayores y con nada más que algunos palos, tablas, clavos y balineras de desecho que nos regalaban en los talleres del Señor Serna o del Hermano Celino, al lado del Bohío, arriba de la carrera séptima, fabricábamos carritos esferados en los que nos lanzábamos pendiente abajo por las empinadas calles del barrio. De la misma forma nos hicimos de altos zancos en los que permanecíamos trepados días enteros. Encontrábamos la manera de entrar sin pago al Country Club para ver los partidos de polo y los concursos ecuestres y caninos. No recuerdo haberme aburrido.
La noche de las brujas, odioso festejo copiado de costumbres foráneas que nada tienen que ver con nuestra identidad, tan diferente y soso si se le compara con el magnífico Día de los Muertos de mi querido México, pleno de simbolismo, arraigado en la tradición católica y también en la herencia prehispánica, tan particular por sus ofrendas, sus flores de cempansúchil y sus calacas de azúcar, no era el desfile de vestidos carísimos imitando a los personajes de Walt Disney o de la televisión que se estila hoy. Mi hermana me pintaba la cara con un corcho quemado y mi mamá me cosía un disfraz hecho en tela ordinaria con el que me transformaba en gato o en ratón, salía a pedir dulces en las casas del barrio y era feliz.
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