La persistencia de Fabiola y de mis hijos logró convencerme de celebrar estos 50 años. No estaba muy convencido de hacerlo, conciente de que, acepto, soy una "joyita" pero, como en la ranchera de Cuco, "... no soy monedita de oro pa´caerle bien a todos". Pintico no es "pera en dulce" y, con frecuencia, como le ocurre a los personajes de las propagandas de Davivienda, mi lengua o yo hemos estado en el lugar equivocado. No es hora de arrepentimientos pero, aunque fuera motivo de mi reticencia, para estar a tono con la moda del papa "Pacho" y como pasa al comienzo de la Santa Misa, debo empezar este "minispeech" pidiendo perdón por las tristezas que he causado a lo largo de este periplo vital, principalmente a ustedes, mis compañeros de viaje. En todo caso, no por voluntad he dañado a nadie, pues mi propósito en la vida más bien ha sido servir, ayudar y llevar algo de alegría a los demás y, por supuesto, a mi mismo. No podía ser de otra manera, viniendo de donde vengo, puesto que Lucila, mi mamá, era, por encima de cualquier cosa, una persona que vivía sirviendo a los demás y mi papá, Don Juan, como lo recuerda Julio del Valle, el tipo más chistoso que haya pasado por las oficinas de nuestro Banco Central.
Cambiando de tercio, lo que si me entusiasmaba de este festejo era la posibilidad de dar gracias. Así que doy gracias a la Providencia por permitirme estar aquí, cuando mis abuelos no llegaron al "medio chorizo" y mi viejo partió en la flor de sus 56. Doy gracias a Fabiola por aguantarme, por ser mi polo a tierra, por brindarme todo su amor desde hace 25 años y por hacerme feliz todos y cada uno de los días de esta vida, desde que la conocí, así suene como a bolero de Manzanero. Doy gracias a mis maravillosos hijos, María Paula y Santiago, quienes se han encargado desde su llegada de mantenerme en la más extraordinaria montaña rusa de emociones, siempre nuevas, siempre cambiantes y vivificantes. Doy gracias a la familia por crear y conservar el espacio que he necesitado para ser, hacer y deshacer y a mis amigos, presentes y ausentes, por darme su corazón cuando el mío ha flaqueado.

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