lunes, 5 de septiembre de 2011

De disfraces, juguetes, juegos y aguinaldos

La temporada de Navidad empezaba formalmente, en mis años mozos, la noche del siete de diciembre, cuando padres e hijos, unidos, prendían velas y faroles al frente de sus casas, celebrando la víspera de la fiesta de la Inmaculada Concepción, pero el Pesebre solo se vestía el dieciséis de diciembre, debiendo estar listo en la noche para que se pudiera rezar el día primero de la Novena de Aguinaldos de Bertilda Samper, la madre María Ignacia. El fin de semana anterior resultaba infaltable el paseo al monte para -en ecológico crimen- proveerse de musgo, lama, quiches y demás insumos necesarios para armar el Nacimiento. La actividad comercial en torno a la Navidad empezaba por temprano a finales de noviembre y tenía su epicentro en la Feria del Juguete que se organizaba en improvisados puestos instalados en la calzada de la calle diecinueve. Los padres compraban allí el regalo para su niño, a hurtadillas, no fuera a dañarse la ilusión del Niño Dios portador del Aguinaldo. Consistía el obsequio en un juguete artesanal, a menudo de madera y de bajo costo. Dos de aquellos juguetes marcaron mi niñéz: un camión de madera en el que yo mismo cabía sentado en su remolque y una vaca plástica montada sobre rueditas por la que el Doctor Antonio Martínez Segura, el pediatra que me cuidaba y padre de mi amigo Miguel, siempre preguntaba: ¿Ya la has ordeñado? ¿Cuantas botellas está dando? ¿Que le dás de comer? Ahora no bien ha pasado el Halloween cuando ya se inundan los almacenes y sus vidrieras de artículos para la Nochebuena y, así como las calles y hasta los hogares, de luces y de árboles adornados de acuerdo a lo que dicte la moda, que ya no de franciscanos Belenes. Es necesaria semejante anticipación para dar tiempo a la promoción del interminable universo de juguetes importados, electrónicos, robotizados, costosísimos y muy complejos, cada año distinto, renovado, más caro.
¿Como hicimos para ser felices sin toda esa tecnología? Podíamos pasar horas armando aviones, carros y casas con el juego de piezas de ensamblar que se fabricaba en el país y se llamaba "estralandia". Lo más elaborado que teníamos eran carritos a escala con los que hacíamos carreras por el borde de la pileta que había en el recibidor de la casa en las que participaban mi papá, mis hermanos y mis compañeros de la cuadra. Nos la arreglábamos con tapas de gaseosa rellenas de cáscara de naranja para hacer competencias por los andénes. Recorríamos las calles del barrio dando brincos de barda en barda haciendo "barra", anticipándonos al exigentísimo Parkour de este tiempo. Traviesamente salíamos en carrera tras pulsar el timbre de una casa cualquiera, antes de que se abriera la puerta, en una inocente broma que llamábamos "rin-rin corre-corre". Nada era mejor que jugar "tarro" con todos los niños de la vecindad y con la participación de mis hermanos mayores y a veces de mi papá que pateaban durísimo la lata haciendo el juego interminable. Con la ayuda de los mayores y con nada más que algunos palos, tablas, clavos y balineras de desecho que nos regalaban en los talleres del Señor Serna o del Hermano Celino, al lado del Bohío, arriba de la carrera séptima, fabricábamos carritos esferados en los que nos lanzábamos pendiente abajo por las empinadas calles del barrio. De la misma forma nos hicimos de altos zancos en los que permanecíamos trepados días enteros. Encontrábamos la manera de entrar sin pago al Country Club para ver los partidos de polo y los concursos ecuestres y caninos. No recuerdo haberme aburrido.
La noche de las brujas, odioso festejo copiado de costumbres foráneas que nada tienen que ver con nuestra identidad, tan diferente y soso si se le compara con el magnífico Día de los Muertos de mi querido México, pleno de simbolismo, arraigado en la tradición católica y también en la herencia prehispánica, tan particular por sus ofrendas, sus flores de cempansúchil y sus calacas de azúcar, no era el desfile de vestidos carísimos imitando a los personajes de Walt Disney o de la televisión que se estila hoy. Mi hermana me pintaba la cara con un corcho quemado y mi mamá me cosía un disfraz hecho en tela ordinaria con el que me transformaba en gato o en ratón, salía a pedir dulces en las casas del barrio y era feliz.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Mamá

Judith Lucila Saavedra Cubides de Pinto, mi mamá, nació a comienzos de los 20 en la parcela "Muchilote" de la vereda "Ranchería", en Quetame, el villorio colgado de la montaña en la provincia cundinés de Oriente, y pasó los mejores años de la infancia en la casa de su abuelo, Alfredo B. Saavedra, en Cáqueza, pueblo del que él fuera alcalde por largo tiempo. Siempre recordaría con amor los gallos de pelea y los cuyes que criaba Papá Alfredo y que fueron el más caro entretenimiento de su corta niñez.
Fué breve la infancia por que debió empezar a trabajar desde muy joven. El empleo de los años juveniles que evocaba más a menudo era el de operaria en una fábrica de guantes de cabritilla, propiedad de un viejo polaco. Por alguna extraña asociación pienso en el taller del polaco cuando veo películas como "La lista de Schindler". Quizás tenga que ver con una antigua y hermosísima fotografía en blanco y negro de mi madre que se asemeja a las imágenes inmortales de Ingrid Bergman en "Casablanca".
Gracias a los buenos oficios de Pedro Eliseo Cruz, el médico y amigo entrañable de Jorge Eliecer Gaitán, primo de Avelina, su madre, mi abuela, pudo Lucila educarse y lograr una plaza como interna en la extinta Escuela Normal de "La Picota", en el viejo camino a Usme, en predios de lo que hoy es el Batallón de Artilleros. Fueron años inolvidables, felices y sosegados, de largos días que invariablemente empezaban con baños gélidos de madrugada en las duchas comunales, antes de las clases. Hizo allí amigas que conservó toda la vida.
De la Normal salió a educar niños y no dejó de hacerlo en los siguientes 27 años. Recorrió muchas leguas por su magisterio. Enseñó en Cucunubá y en Arbeláez. En este pueblo, que mucho antes frecuentara su bisabuelo Richard Blabor, andariego médico británico, conoció a Pedro Pablo Pabón y a sus hermanas, amigos de siempre. En alguna correría por las escuelas de la región cayó de un caballo quebrándose el antebrazo derecho. Nunca pudo volver a extender el codo.
Por la docencia llegaría trasladada a Girardot. Allí conoció al que fuera su marido, mi padre, Juan Alberto, se hizo esposa y fue madre. De su experiencia como Maestra en ese puerto evocaba, aún años después, cuanto se angustiaba por no poder evitar -de algún modo- la batalla contra la molicie que en el sopor del medio día debían librar en cada jornada los niños a ella confiados. Se divertía con pilatunas de esos muchachos como atrapar "chimbilás" para hacerlos fumar o chupar limones en frente a los músicos de las bandas para hacerlos salivar y desentonar.
Cuando la familia vino a vivir a Bogotá, no cesó su labor educativa. María Victoria, esposa de mi cuñado Alberto, aprendió de ella sus primeras letras en la escuela del Barrio Palermo y la recuerda con afecto como una de sus primeras maestras.
Era una formadora. En casa bien nos enseñó a responder por nuestras obligaciones y, aunque ocasionalmente podía eximirnos de algunos deberes, jamás permitió que incumpliéramos en la presentación oportuna de un trabajo escolar. Siendo muy chico hice propia la rutina por ella impuesta, al llegar del colegio, de lavar mis manos, tomar la merienda y sentarme a hacer las tareas. No había posibilidad ninguna de salir a jugar a la calle con los amigos de barriada sin haberlas terminado. Mi mamá no lo permitía.
Mi hermana Constanza, que con los años se parece cada vez más a mi mamá, no solo en lo físico sino en su talante, en su actitud, cuenta que algunas veces en que la acompañaba al trabajo, hacía mi mamá con las discípulas una actividad destinada a inculcarles el espíritu solidario: una comida comunal por todas preparada y compartida. Esa solidaridad nos la supo transmitir y fue quizás motivación de los oficios que Constanza y yo desempeñamos. Ser solidaria, ayudar a los demás, darse al prójimo le era natural. Por socorrer a una pobre mujer que vivía con sus hijos harapientos en un lote baldío, cerca de la casa, una noche en que el esposo ebrio la golpeaba, terminó correteada por el abusador y la víctima que contra ella y su compañera auxiliadora, Marita, nuestra vecina, la emprendieron a pedradas, afortunadamente sin consecuencias, como respuesta a su samaritana intervención no solicitada.
Aún después de jubilada no cesó en su vocación. Iba a la escuela parroquial de "Las Delicias" a coser para los pobres, a atender a las mujeres de las canteras en lo que pudiera y a desembrutecer a sus niños.
Pudo siempre destinar un momento al familiar enfermo o en dificultades. Cómo no recordar las visitas a Sibaté para ver si algo se le ofrecía al hermoso y orate Tío Manuel, al Tío Bernardo, postrado en la cama hospitalaria, ahogándose en azúcar, o al primo Guillermo, batallando contra el cáncer atrincherado en su inquebrantable ánimo festivo y musical.
En todas esas actividades nos hizo acompañarla de cuando en vez y, a que dudarlo, logró inculcarnos el interés en el otro, la voluntad de servir.
Se sentía profundamente orgullosa de su procedencia campesina. En casa hubo animales siempre y en el solar no faltaban matas y árboles frutales que le permitían preparar, casi a diario, los infaltables y  maravillosos dulces de breva, papayuela, durazno sabanero y mora de Castilla, pues maestra fue también en la cocina tradicional y no había que salir de casa para disfrutar morcillas, tamales o envueltos de mazorca que todos ayudábamos a preparar bajo su batuta sabia.
Ponderada, mesurada, nunca le vi excederse ni derrochar, sin caer tampoco en mezquindades. Siempre tuvo algo para el que, necesitado, se lo pidiera. Es una pena que no hubiéramos seguido su ejemplo de vida "con método".
Yo no he sido muy proclive al rock ni a la música en lenguas germánicas porque de niño me contagié de su amor por la vernácula. Me enseñó bambucos y pasillos y de ella tomé el gusto por Jose A. Morales, Berenice Chávez, los hermanos Martínez, Oriol y Otón Rangel, Garzón y Collazos y tantos otros. En el ocaso de su vida tomaba clases de tiple usando el mismo instrumento que alguna vez me obsequió y no fuí capaz de aprender.
Para cada uno de sus hijos fue apoyo incondicional y compañía permanente. En los años que viví en México no me faltaron sus hermosas y magníficamente caligrafiadas cartas.
Han pasado once años desde que partió y su ausencia nos abruma como entonces. Nos consuela que descansa en paz y gloria, como bien lo merece.

viernes, 1 de julio de 2011

Mi Tío Carlos


Mi Tío Carlos Enrique Pinto nos dejó desprovistos de su inteligencia, su humor y su alegría, que en el eran lo mismo, un trece de julio. Aceptó de la mejor manera en que pudo el peso de la enfermedad que le mató y los intentos de tratamiento heróicos e ilusorios hasta unas horas antes del momento final cuando atisbó que este ya llegaba y que no servía de nada resistirse. Visitándolo en la Clínica por los días en que era sometido a los exámenes de diagnóstico de su fatal condición me preguntó, como si se anticipara a su inmediato porvenir, "¿Richard, cómo te has sentido en Rioblanco, cómo vas con el rural?". Le dije "Bien, Tío. Estoy amañado". De inmediato me cortó "Dirás resignado, mijo, resignado!". Ese es el último recuerdo que conservo de el pero a menudo lo evoco rozagante, con el comentario mordaz y oportuno, leyendo "hasta el obituario", como solía decir, oyendo noticias en el infaltable radio de transistores que le acompañaba, con la pipa de exquisito olor en la boca y el matamoscas en la mano, sentado en bermudas en la mesa del comedor auxiliar de su casa que era, más bien, su despacho. Lo de las bermudas era para mi Tío un asunto serio. El día que se retiró del Banco Ganadero para disfrutar de su merecida pensión de jubilación se empeñó en dos propósitos que cabalmente cumplió en adelante y por el resto de la vida: no usar calzoncillos y no vivir en Bogotá. Los cortos le permitieron el primero y su casona de "La Mesa" el segundo. En este lugar, entre los platanales del solar, ví por primera vez jugar turmequé a mi papá, a mis hermanos, a mi Tío y a su cuñado Gilberto, quien también marchó, no sin dejarnos el regalo de su linda voz: "... esas perlas que tu guardas con cuidado, en tan lindo estuche de peluche rojo...". En la casona veraneabamos con alguna frecuencia. Yo pasaba los días jugando con mi camión de madera y con Álvaro, el "mono", mi compañero de colegio, y Consuelo, su hermana, la "pecos", los nietos de Gilmita, Rimi, la querida compañera de mi Tío, siempre dulce, siempre atenta, siempre, siempre glamorosa. El día todo transcurría ahí. Si algo hacía falta, presto estaba el "chino de los mandados" para traerlo. A primera hora cualquiera se topaba con mi Tío que hacía su trote matutino por los corredores. Media hora más tarde le veíamos poniendo trozos de fruta para las decenas de aves que puntualmente visitaban la pajarera sin rejas ni mallas, de las que su preferida era el "bichojué". A la media mañana se tomaba un único trago de whisky que, a guisa de medicina, le dejaba con el cuerpo conforme y el espíritu animado para el resto de la jornada. Promediando el día la casa se llenaba del olor de los guisos de la Tía Gilma pero lo que todos esperábamos ansiosos era ese arroz con fideos, suelto, esponjoso, en su punto, perfecto. A las cinco de la tarde se formaba al frente de la casa una larga fila de niños desarrapados a la espera de la infaltable moneda que Don Carlos les regalaba. Los grandes abreviaban el final de las tardes jugando rummy. Las últimas manos iban acompañadas de una ronda general de café con leche y huevos pericos que se constituía en delicioso desayuno a la hora de la cena, desafiando el riesgo de insomnio. Todo en Carlos Pinto era singular. Su carro era un viejo Jeep de color agua marina, impecablemente mantenido, con soporte para la pipa en el tablero y con sendas marcas a lado y lado del torpedo que, compradas en un almacén de refacciones de la Ford, en Estados Unidos, rezaban en cursiva "Pinto". Con Bertha, su mejor amiga, casi una hermana para Gilmita y para el, recorrieron los caminos de Suramérica a bordo de un carro-casa que para nosotros fué la sensación. Muchos años más tarde recordaba a mi lado y con nostalgia los amaneceres de esos días, en plena carretera, con la felicidad de sentirse devorando el mundo. Una vez al año dejaba la casona para ir al mar con la infaltable excusa de perseguir la salud y no con otra motivación, pues nunca se cansaba de confesar a los cuatro vientos su aversión por los paseos populares que apodó "de triple t" y que se reconocían por los bañistas de toalla, talego y transistor. Me colgó los motes de "dulzura" y "revolucionario evenfló" con que aún me identifican mis primos pero solo tuvo para mi consentimiento y cariño. Ese trato amable le caracterizaba. Oyuela, su conductor por los años en que estuvo en "Malterías Unidas" y en la "Oficina de Control de Cambios" lo tenía muy presente, igual que los centenares de niños anónimos que de mi Tío y Gilma recibían el regalo navideño que, de otra manera, nunca les hubiere podido llegar y que, amorosamente, ellos preparaban desde septiembre u octubre. Ese afecto inocultable se manifestó al otro día de llegada mi hermana a la casona, en plan de luna de miel, después de haber hecho pública su boda a escondidas con Enrique, mi cuñado y padrino. Mi Tío les acogió con alborozo y les llevó el desayuno a la cama, acompañado de flores y de estas bellas palabras -en el eran naturales- que Enrique conserva:
"Constanza y Enrique:
Son lindos estos primeros amaneceres en su nueva vida. Tienen su propia música, leve, ligera. Tintinean como un cristal de Baccarat golpeado al desgaire. Escasos, también, infortunadamente. Hay que atesorarlos con avaricia.
Nosotros, con pequeños detalles, queremos ayudar a que sean inolvidables. Que se queden tatuados en la piel de su alma. Convertidos en el recuerdo limpio que nos defiende cuando llueve en el sentimiento y se hace noche en la alegría.
Felices felicidades,
Gilma - Carlos
La Mesa, abril11/1974"
El gracejo oportuno y la infinita capacidad de arrancar una risa le eran tan suyos. En los momentos durísimos del velorio de mi papá, solo sus chistes y comentarios jocosos lograron enjugar el llanto de todos nosotros. Carlos Pinto estaría redondeando los noventicuatro años de vida si nos acompañara. Para nuestra pena no es así pero hoy digo feliz que tuve un solo Tío, que tengo un único Tío, un Tío inigualable y maravilloso, uno de los mejores regalos de la vida.

miércoles, 15 de junio de 2011

Bicicletas


Aprendí a montar en bicicleta tardíamente, a los siete años, de la mano de mis hermanos y mi papá. Mi primera cicla fué una "Philips" inglesa, roja, de guardabarros blancos, que había sido de mis hermanos y, remozada, recién pintada, una vez más nueva, amaneció un 25 de diciembre al lado del pesebre, como mi regalo navideño, como por esos tiempos se acostumbraba, antes de que la navidad cambiara para siempre -y no necesariamente para bien- por la universalización de la White Christmas tan gringa y tan distante de lo nuestro. Desde entonces mi infancia estuvo ligada a ella y a las que más tarde, en la medida de mi crecimiento, me regalaron mis padres: una "Bidecol" de semicarreras, verde limón, que mi papá me trajo de Pereira en un fin de año, y otra "Monark", azul, que compró al tiempo con otra idéntica para el.

Es que la bicicleta era muy importante en mi casa por que fue medio de transporte familiar y una de las aficiones queridas de mi papá quien por años se movilizó en una "Raleigh" de turismo. El obsequio más estimado que recibió mi hermano Germán en su juventud era, precisamente, una "Raleigh" de carreras.


Me pasaba el día en bicicleta junto a mis compañeros de barriada. Nuestro "velodromo" eran los canales que atraviesan el norte de la ciudad y especialmente los de la calle ciento veintisiete y de la avenida diecinueve. Sus paredes inclinadas se nos figuraban como verdaderas pistas y ninguna peste nos enfermó durante esos años. La fortuna nos acompañó. Nunca tuvimos accidentes graves a pesar de que nos lanzábamos por las calles empinadas de la "Bella Suiza" sin pensar en un eventual choque con algún carro. En uno de esos descensos vertiginosos perdí el control por daño del manubrio y fuí a dar contra el andén, en el parque, saliendo catapultado contra un poste de la luz. Me golpeé en la frente. Nunca lo he olvidado gracias al "cacho" que desde entonces me acompaña.


Conformábamos con los demás chicos de la cuadra un pelotón, como llamaban a los grupos de ciclistas los narradores radiales de la "Vuelta a Colombia". Andábamos por horas juntos. Casi siempre estábamos todos: Guillermo, Tomás, Juan Arturo, Fernando, Rafico, Alfonso y los demás.


Guillermo tenía una rara bicicleta traída de Brasil, de color violeta y marco reforzado, hecha para el trabajo duro. Su hermana, la "Nena", tenía una amiga muy bonita que a el le encantaba. Con ocasión de la visita de la muchacha quiso Guillermo hacer gala de su fuerza y habilidad en demostración circense. Unos se sentaron en el manubrio, la barra, el sillín y la parrilla. Otros cuatro se pararon en los conos y el se hizo a los pedales. Al dar marcha el aparato se despedazó y al suelo fuimos a dar los nueve y especialmente el amor propio y las pretensiones galantes de Guillermo.


En casa de Tomás vivía Nicanor, un muchacho trabajador, bueno y un tanto desquiciado, dueño de una bicicleta de cartero que le prestaba. Una tarde, posando de mecánico desbarató el biciclo para limpiarlo a fondo. Al rearmarlo apretó tanto los conos que, contra la física, les dió vuelta inutilizándolo.


Juan Arturo no tenía cicla. Usaba la de su papá que era enorme, finísima y motivo de mi envidia pues era como las bicicletas que antaño usara mi padre.


Alfonso era un muchacho incomparable por su inteligencia, su vivacidad y su destreza física. Todo lo hacía bien pero en bicicleta era un espectáculo. Antes de que se conocieran todas las modalidades de ciclismo extremo tan populares hoy en día, Alfonso ya hacía piruetas de esas. Saltaba en la cicla y la hacía saltar. La manejaba al derecho y al revés, sentado en el timón, parado en uno de los pedales. Todos le imitamos pero ninguno llegó a alcanzarlo en su habilidad.


En mi caso la bicicleta fue tambien implemento de "trabajo". Cerca a la casa no había ningún almacén. Yo era el "chino" de los mandados. Todo se compraba en Usaquén. El pan, la leche, la carne, los huevos, la prensa, la lotería y cuanto sucedáneo de esta existía. Mi papá me enviaba al pueblo a comprar "Totogol", "Gallina Ciega" y "Cinco y Seis". Todo lo traía en bicicleta, aunque estuviera lloviendo o haciendo sol. Saliendo a la compra en pleno aguacero, enfundado en un impermeable, me enredé con las portezuelas del garaje y me abrí la frente. También conservo la cicatriz como recuerdo.



Seguí montando bicicleta hasta hace poco, cuando el médico me lo prohibió. Me correspondieron los primeros años de la ciclovía implementada por el hoy fallecido alcalde Augusto Ramírez. De novio me iba a veces hasta la finca de mi suegro en cicla y, ya convertido en esposo y padre, llevaba a María Paula y Santiago al paradero de la ruta colegial en ella. Por un tiempo iba en bicicleta al trabajo y cuando los taxistas de Bogotá bloquearon sus avenidas hace años, estando mis hijos pequeños, en cicla fui a recogerlos a los confines de la ciudad en donde estaba el bus escolar trancado, con la mala suerte de haber caído al piso junto con mis niños, afortunadamente sin consecuencias.

martes, 14 de junio de 2011

Mi tía Beatriz


Hace unos años, en la misa por la muerte de mi tía Beatriz, dije estas palabras:

Me porté como quien soy,
como un gitano legítimo.
Le regale un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque, teniendo marido,
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.


Quiero que, si es posible, recuerden estos últimos versos de “La Casada Infiel” del “Romancero Gitano” de Federico García Lorca. El recuerdo de mi tía Beatriz declamándolos es una imagen imborrable que de inmediato hace pensar en la sensibilidad, la gracia y la simpatía que la caracterizaban.


Sus brazos extendidos al vernos, sin importar el tiempo de la ausencia, el gracejo a flor de labios, el comentario dulcemente ácido en el momento preciso y su sonrisa natural nos serán entrañables por siempre.


Como la casa de sus padres, mis abuelos Juan e Inés a quienes en buena parte vine a conocer por ella, la de mi tía siempre tuvo las puertas abiertas. Vienen a mi memoria esas tardes felices de fin de semana en la casita de Chía, ya hace muchos años, donde coincidían Franco y su familia, Salas, mi tía, los primos, mis papas, mis hermanos, que terminaban con dolor de barriga, mas por tanto reír que a consecuencia del asado. Varios años después, estudiando en la Ciudad Universitaria, a menudo evitaba comer en la Cafetería Central para poder almorzar con mi tía. Me encantaba su jugo de patilla helado endulzado con sus historias. Casi siempre había alguien más "poniendo la canoa": el amigo de un primo, un familiar lejano de Girardot, un conocido que estaba de paso. Su hospitalidad superaba todas las pruebas y aún la escasez.


Y es que los momentos difíciles fueron muchísimos pero mi tía siempre supo sacar fuerzas para superarlos y nunca perdió su compostura. ¡Que presencia de animo! Logró pasar por encima de las dificultades familiares, de las enfermedades de Salomón, de los duros días de España, de las frecuentes y largas temporadas de "vacas flacas" y del cáncer con la dignidad intacta. Y le gustaba que se notara. Fabiola siempre recuerda la elegancia sin par de mi tía y Constanza, estoy seguro, solo la puede recordar con sus zapatos combinados y sus pantalones de pliegue perfecto.


Por ella misma, por el amor inmenso que mutuamente se profesaron con mi mamá y mi papá, por su personalidad inimitable, por su cariño y su generosidad nos duelen sus últimos días que junto con su vida le han de valer un lugar en el cielo, al lado de Juan Alberto y Lucila, de Carlos Enrique y Gilma y de los que partieron antes que ella, si así lo quiere Dios. Por el resto de mi vida extrañaré que me llame “dulzura” y “mi sobrino favorito”, como siempre lo hizo el 13 de abril de cada año, el día de nuestro cumpleaños.

sábado, 11 de junio de 2011

El "landrito" de Tomás


El carro más emblemático de la Bella Suiza, el barrio donde crecimos, el micromundo maravilloso en el que nos hicimos adultos, fue el Land Rover de la casa de mi amigo Tomás. En ese híbrido indestructible de automóvil y tractor aprendimos todos los muchachos de la cuadra a conducir. Teníamos como 13 años. En los días de asueto en que Cecilia, la laboriosa mamá de Tomás, debía ir a su oficina del Banco Cafetero, en pleno centro de Bogotá, y la casa quedaba sola, a media mañana empezaba la función. Abríamos el cofre, echábamos agua en el radiador y empujábamos el campero hasta la calle. Entonces Tomás daba marcha al motor. No se encendía girando la llave del switch sino presionando un botón metálico grande abajo del tablero, del lado derecho. Íbamos pasando al volante de uno en uno. Cada “chino” daba vuelta al barrio manejando aquel modelo 61 como se imaginaba. Ninguno había tomado clases para ser chofer y la experiencia automovilística se reducía a haber visto enfrentarse al volante a los padres o hermanos mayores o al admirado abuelito de los Cortés, quien se buscaba la vida al frente de un viejo camión de volteo Mercedes Benz. Por más que lo intento, aún no me explico por qué nunca ocurrió ningún percance. El único accidente, si así pudiéramos llamarlo, corrió por cuenta de Rubén. En las largas vacaciones de fin de año o a veces en las de junio aparecía. Sus tíos vivían en frente a la casa de Tomás y este “pelao paisa” llegaba de Medellín lleno de historias y ocurrencias que nos parecían como de otro mundo. Era divertidísimo. Una tarde se puso al timón del “Landrito” de Tomás, advirtiendo de antemano que él, por diferencia de todos nosotros, sí sabía manejar. No tenía ni idea. Con el acelerador a fondo y el cupo lleno recorrió las calles del barrio en el bólido. En una esquina, al desembocar al parque, perdió el “control” y fue a dar contra un mirto de los jardines. Por poco atropella a Marcelo, quien nos remplazó como vendedores puerta a puerta del pan que cocía Armando Dussan, el tío de Fernando. Niño, panes y canasta volaron por los aires. Marcelo gritaba como enajenado. Queriendo insultar a Rubén se ofendía así mismo: “¡mi cara se parece a su culo!”. El imberbe vendedor no quedó conforme hasta que habló con el papá del “paisa”. Juntos, padre y quasiatropellado, dieron aviso a la policía de la vecindad y a la permanente fue a parar Rubén. Horas más tarde cuando nos decidimos a pasar por la estación, superando el sentimiento de “complicidad criminal”, nos llevamos gran sorpresa al verlo, muy sonriente, contando historias al corrillo de Agentes que le rodeaban. Su alegría no duró mucho. El padre y el comandante habían acordado rapar su cabeza para darle escarmiento y tal castigo lo devastó. Rogaba, lloraba, gemía y pataleaba pero ninguno de sus berrinches consiguió revertir la sentencia. El resto de las vacaciones anduvo con la cabeza pelada y nunca más condujo el Land Rover de Tomás. Ese carro fue para nosotros instrumento de conquistas juveniles, festiva carroza en que llegábamos a las fiestas de la adolescencia y, para Tomás, potro en que le torturaban en las tardes de los sábados fungiendo como chofer de Cecilia, llevándola, infaltablemente, a mercar al viejo supermercado “Marión” de Santa Ana. Hoy Tomás lo conserva y cuando nos encontramos es obligatorio preguntarle por todos y cada uno de los miembros de su familia, empezando por nuestro querido “Landrito”.

jueves, 9 de junio de 2011

De Angustias y Desmadres

Hace algún tiempo el viaje mochilero de un sobrino de mi esposa motivó esta reflexión.

Que cuidado se te riega el esmalte. Que las medias y los calzoncillos van en su cajón. Que los recibos en su legajador. Que las mancornas en su cajita. Que ¿por que la ropa sucia no esta en su lugar? Que hay que pagar las facturas tan pronto como lleguen. Que el celular va aquí y no allá. Que apaguen la televisión porque estamos oyendo música y es mucho ruido a la vez. Que ¿por que no taparon bien el salero? Que cierren las puertas, pongan la basura en su lugar, recojan los juguetes, limpien esto, apaguen aquello, alcen eso…

Todo esto nos hace pensar en el papá o la mamá cansona o en otros que ya están envejeciendo, pero detrás de todas esas admoniciones, advertencias e interrogantes se esconde a veces el drama del que ha hecho del orden esencia vital y no necesariamente por gusto o decisión razonada.

En principio ser ordenado hace la vida más fácil y conduce a que las cosas salgan bien, a tiempo. Sin embargo, para el que se afana por el orden a menudo las cosas se tornan amargas por que es altamente probable que su entorno “se desmadre”, como dirían en México.

De otro lado, buena parte de los grandes acontecimientos han ocurrido y siguen pasando gracias al desorden. Echen un ojo a las grandes figuras de la historia, del arte, de la ciencia y advertirán que, con frecuencia, no por compulsión metodológica lograron sus metas.  

No se en que momento de la infancia de los obsesos se prende el interruptor automático que ya no tiene forma de ser puesto en off haciendo de su vida una tragedia que sin mayor dificultad se extiende a los que lo rodean.

Por fortuna hay casos en los que el “angustiadito” se gana la lotería y recibe la bendición de una mujer y de unos hijos maravillosos, o mejor, maravillosamente tolerantes, que se lo aguantan y saben cuando atender las pendejadas y cuando no pararle bolas a las obsesiones. Al modo argentino, sencillamente “se lo bancan”. Este fue mi caso.

Estas reflexiones se me vienen a la cabeza al pensar que en el momento en que Fabiola me preguntó que opinaba del viaje “mochilero” de Camilo lo primero que dije fue “es una locura, una irresponsabilidad”. ¡Que carajo!, siquiera se fue, siquiera tiene la flexibilidad mental y espiritual para desordenarse, para desmadrarse, como corresponde a su edad, probablemente a cualquier edad. De “pelao” mi mamá me acolito muchos arranques de trotamundo que fueron sanos momentos de desfogue por los cuales no terminé siendo aún más obsesivo de lo que soy: el Parque de los Nevados, la Represa de Prado, la finca de no se quien en Pacho, Curramba, la costa chocoana, etc. Y muchos fueron de los de una semana con dos latas de sardinas.