Mi Tío Carlos Enrique Pinto nos dejó desprovistos de su inteligencia, su humor y su alegría, que en el eran lo mismo, un trece de julio. Aceptó de la mejor manera en que pudo el peso de la enfermedad que le mató y los intentos de tratamiento heróicos e ilusorios hasta unas horas antes del momento final cuando atisbó que este ya llegaba y que no servía de nada resistirse. Visitándolo en la Clínica por los días en que era sometido a los exámenes de diagnóstico de su fatal condición me preguntó, como si se anticipara a su inmediato porvenir, "¿Richard, cómo te has sentido en Rioblanco, cómo vas con el rural?". Le dije "Bien, Tío. Estoy amañado". De inmediato me cortó "Dirás resignado, mijo, resignado!". Ese es el último recuerdo que conservo de el pero a menudo lo evoco rozagante, con el comentario mordaz y oportuno, leyendo "hasta el obituario", como solía decir, oyendo noticias en el infaltable radio de transistores que le acompañaba, con la pipa de exquisito olor en la boca y el matamoscas en la mano, sentado en bermudas en la mesa del comedor auxiliar de su casa que era, más bien, su despacho. Lo de las bermudas era para mi Tío un asunto serio. El día que se retiró del Banco Ganadero para disfrutar de su merecida pensión de jubilación se empeñó en dos propósitos que cabalmente cumplió en adelante y por el resto de la vida: no usar calzoncillos y no vivir en Bogotá. Los cortos le permitieron el primero y su casona de "La Mesa" el segundo. En este lugar, entre los platanales del solar, ví por primera vez jugar turmequé a mi papá, a mis hermanos, a mi Tío y a su cuñado Gilberto, quien también marchó, no sin dejarnos el regalo de su linda voz: "... esas perlas que tu guardas con cuidado, en tan lindo estuche de peluche rojo...". En la casona veraneabamos con alguna frecuencia. Yo pasaba los días jugando con mi camión de madera y con Álvaro, el "mono", mi compañero de colegio, y Consuelo, su hermana, la "pecos", los nietos de Gilmita, Rimi, la querida compañera de mi Tío, siempre dulce, siempre atenta, siempre, siempre glamorosa. El día todo transcurría ahí. Si algo hacía falta, presto estaba el "chino de los mandados" para traerlo. A primera hora cualquiera se topaba con mi Tío que hacía su trote matutino por los corredores. Media hora más tarde le veíamos poniendo trozos de fruta para las decenas de aves que puntualmente visitaban la pajarera sin rejas ni mallas, de las que su preferida era el "bichojué". A la media mañana se tomaba un único trago de whisky que, a guisa de medicina, le dejaba con el cuerpo conforme y el espíritu animado para el resto de la jornada. Promediando el día la casa se llenaba del olor de los guisos de la Tía Gilma pero lo que todos esperábamos ansiosos era ese arroz con fideos, suelto, esponjoso, en su punto, perfecto. A las cinco de la tarde se formaba al frente de la casa una larga fila de niños desarrapados a la espera de la infaltable moneda que Don Carlos les regalaba. Los grandes abreviaban el final de las tardes jugando rummy. Las últimas manos iban acompañadas de una ronda general de café con leche y huevos pericos que se constituía en delicioso desayuno a la hora de la cena, desafiando el riesgo de insomnio. Todo en Carlos Pinto era singular. Su carro era un viejo Jeep de color agua marina, impecablemente mantenido, con soporte para la pipa en el tablero y con sendas marcas a lado y lado del torpedo que, compradas en un almacén de refacciones de la Ford, en Estados Unidos, rezaban en cursiva "Pinto". Con Bertha, su mejor amiga, casi una hermana para Gilmita y para el, recorrieron los caminos de Suramérica a bordo de un carro-casa que para nosotros fué la sensación. Muchos años más tarde recordaba a mi lado y con nostalgia los amaneceres de esos días, en plena carretera, con la felicidad de sentirse devorando el mundo. Una vez al año dejaba la casona para ir al mar con la infaltable excusa de perseguir la salud y no con otra motivación, pues nunca se cansaba de confesar a los cuatro vientos su aversión por los paseos populares que apodó "de triple t" y que se reconocían por los bañistas de toalla, talego y transistor. Me colgó los motes de "dulzura" y "revolucionario evenfló" con que aún me identifican mis primos pero solo tuvo para mi consentimiento y cariño. Ese trato amable le caracterizaba. Oyuela, su conductor por los años en que estuvo en "Malterías Unidas" y en la "Oficina de Control de Cambios" lo tenía muy presente, igual que los centenares de niños anónimos que de mi Tío y Gilma recibían el regalo navideño que, de otra manera, nunca les hubiere podido llegar y que, amorosamente, ellos preparaban desde septiembre u octubre. Ese afecto inocultable se manifestó al otro día de llegada mi hermana a la casona, en plan de luna de miel, después de haber hecho pública su boda a escondidas con Enrique, mi cuñado y padrino. Mi Tío les acogió con alborozo y les llevó el desayuno a la cama, acompañado de flores y de estas bellas palabras -en el eran naturales- que Enrique conserva:
"Constanza y Enrique:
Son lindos estos primeros amaneceres en su nueva vida. Tienen su propia música, leve, ligera. Tintinean como un cristal de Baccarat golpeado al desgaire. Escasos, también, infortunadamente. Hay que atesorarlos con avaricia.
Nosotros, con pequeños detalles, queremos ayudar a que sean inolvidables. Que se queden tatuados en la piel de su alma. Convertidos en el recuerdo limpio que nos defiende cuando llueve en el sentimiento y se hace noche en la alegría.
Felices felicidades,
Gilma - Carlos
La Mesa, abril11/1974"
El gracejo oportuno y la infinita capacidad de arrancar una risa le eran tan suyos. En los momentos durísimos del velorio de mi papá, solo sus chistes y comentarios jocosos lograron enjugar el llanto de todos nosotros. Carlos Pinto estaría redondeando los noventicuatro años de vida si nos acompañara. Para nuestra pena no es así pero hoy digo feliz que tuve un solo Tío, que tengo un único Tío, un Tío inigualable y maravilloso, uno de los mejores regalos de la vida.
"Constanza y Enrique:
Son lindos estos primeros amaneceres en su nueva vida. Tienen su propia música, leve, ligera. Tintinean como un cristal de Baccarat golpeado al desgaire. Escasos, también, infortunadamente. Hay que atesorarlos con avaricia.
Nosotros, con pequeños detalles, queremos ayudar a que sean inolvidables. Que se queden tatuados en la piel de su alma. Convertidos en el recuerdo limpio que nos defiende cuando llueve en el sentimiento y se hace noche en la alegría.
Felices felicidades,
Gilma - Carlos
La Mesa, abril11/1974"
El gracejo oportuno y la infinita capacidad de arrancar una risa le eran tan suyos. En los momentos durísimos del velorio de mi papá, solo sus chistes y comentarios jocosos lograron enjugar el llanto de todos nosotros. Carlos Pinto estaría redondeando los noventicuatro años de vida si nos acompañara. Para nuestra pena no es así pero hoy digo feliz que tuve un solo Tío, que tengo un único Tío, un Tío inigualable y maravilloso, uno de los mejores regalos de la vida.
También lloré!
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