Changua con cilantro fresco, huevos y calao, no tostadas, que en mi casa era una fiesta y no poción para enfermos.
Chucula -las bolitas llegaban de Girardot de cuando en cuando, junto con el insulso y la reservada, en las manos del bueno de Oyuela-.
Arepas y bizcochuelos de sagú -que traído de Oriente conseguía mi mamá a través de su red de paisanos de Quetame y Cáqueza y pocas veces le faltaba-.
Colada de avena o de sagú, esta última tan de mi mamá que en México, ya en su ancianidad y acosada por la recidiva de una masa craneana, en los días previos a la radiocirugía que necesitaba, me reclamaba por que entonces nada más apetecía.
Torta de mojicón y su variante, torta de pan, resultado final de los trozos de pan ya endurecido convertidos en manjar gracias a la leche, el bocadillo de guayaba y el horno.
Carne desmechada con huevos pericos.
Candil y ponche -que no salían bien si los batía más de una mano-.
Dulce de coco con tomate.
Dulce de uchuvas.
Dulces de durazno criollo en almíbar, de papayuela, de brevas en melao de panela y de moras -en ese orden estaban sembrados de norte a sur los árboles y las matas sobre el costado oriental del solar- siempre acompañados del infantable arroz con leche y canela.
Envueltos de maiz, que involucraban en su hechura a toda la familia pues todos teníamos que ayudar a descargar los bultos de mazorca, quitar y reservar los ameros, desgranar y moler el maíz y envolver la masa, con la oportunidad de hacer los propios con más uvas pasas o trozos de lonja de conserva de guayaba.
Rellenas, hechas con tripas lavadas con tal celo que mi papá debía advertir "no las laven más que las morcillas van a quedar sabiendo a penicilina", que de tanto poleo, calabaza y ahuyama -superada la ensangrentada general de patio y cocina por la que Oscar Di'Chiara decía que era el carnaval de Drácula- permitían tocar el cielo con el paladar porque se deshacían en la boca.
Spaghetti con pollo que realmente eran pollo con spaghetti y ante los cuales no existía la posibilidad de saciedad o de agotamiento del apetito por lo que mi mamá terminaba escondiendo la olla en lugares absurdos -detrás de la alberca del lavadero o debajo de una cama- que siempre lográbamos alcanzar.
Dátiles y berros con jugo de limón y aceite de oliva que retrotraían a mi papá a los sabores de su infancia, estos inoculados por los vecinos siriolibaneses de la casa paterna en Girardot y que yo aprendí a querer más aún, como al tabule, los tahines, las olivas y los quibbes, por la generosidad de Wayih y Safinaz Abu Shihab, los padres de Yalilo y Edwincito.
Arroz con pollo tan abundante en salchichas, chorizo, cerdo y tantas otras adiciones que hacía palidecer a la mejor paella valenciana. Y que jamás adolecía de sequedad por que a la mano no faltaba el tarro de aceite de oliva español para resolver cualquier carencia.
Tamales tolimenses de masa perfecta pero escasa por comparación con la cantidad de carnes que tenían y de los que había que reservar de a cinco para apetitos tan singulares como los de mis primos Fernando Mesa y Fabio Valbuena.
La pata de res en trocitos guisada con arvejas nos confrontaba con la paradoja de que algo viscoso podía ser delicioso.
Los sábados era día de puchero sabanero, la única razón por la que entraba el repollo en nuestro menú porque siempre perdía la batalla contra la lechuga batabia, con pollo, cerdo y costilla que en la versión de mi mamá se perdían en un mar de guiso que como el de la sobrebarriga, esta siempre horneada, jamás cocida, llevaba mucho tomate, inolvidables hilachas de cebolla larga y pedacitos de queso blanco.
¡Ah, la subienda! Ese fenómeno de la naturaleza ya extinto, culpable de nuestro gusto visceral por los peces de río que casi le quita la vida a mi hermano Alfredo, era el responsable de un cambio radical en la alimentación de la familia por casi 3 meses, de febrero a abril. Mi papá había sido alimentado en su niñez con pescado y era el encargado de que la multiplicación de los peces en el río Magdalena se trasladará a nuestra mesa todos los años. Entonces el desayuno y la cena consistían en nicuros enharinados y fritos y el almuerzo casi siempre en viudo de capaz y algunas veces de bagre o bocachico o, en pocos fines de esas semanas, en bocachico tan bien sajado y tostado que podíamos comerlo. Pasada la subienda, tiempo en el que ofrecían a la venta pescados hasta en los semáforos y las esquinas, no cesaba su consumo, al menos en nuestra casa, porque iniciaba la temporada del pescado seco y que podía extenderse por unos veinte días más. El aroma era intenso y penetrante pero en el plato, desalado y acompañado de papas en chupe, era delicioso.
Y tengo que mencionar también en esta entrada del blog los periplos gastronómicos de mi papá que complementaban sus apetencias domésticas.
Si el recorrido era a su natal Girardot era obligada la visita a la Plaza de Mercado para saludar a la "Mona" y dar cuenta de una par de platos de la insuperable lechona y de varias tajadas de insulso, todo traído por ella de Purificación, la tierra de mi abuelo Juan.
Si se tomaba el rumbo de Oriente no había impedimento posible para catar las morcillas al estilo de la provincia en al menos tres de los toldos de venta de piquete que instalaban en la plaza, frente a la iglesia.
Semestralmente, en Sibaté, aprovechando la visita a Manuel, mi tío abuelo, comíamos a orillas del Muña empanadas chilenas y fresas con crema y si por cualquier cosa debíamos hacer escala en Soacha, las mejores garullas del mundo.
En viajecitos más cortos y con objetivo específico, anualmente visitábamos el convento de las monjitas en Bosa para comprar ponqués negro y de novia y las cigarrerías de Madrid para aprovisionarnos de cáscaras desamargadas de limón y naranja, cristalizadas en azúcar y rellenas de dulce de leche y las de las Cruces para hacerlo de dulces de sidra, marquesas y gelatinas de pata.
Muchos domingos, como era ritual de tantas familias bogotanas, terminábamos en Chía, en Las Rosas o en La Magola. Pandeyucas, almojábanas y pandebonos recién horneados no duraban más de un minuto y entretenían más que los micos impúdicos que vivían enjaulados en el parquecito del estacionamiento.







