Y claro que tenemos motivos de sobra para celebrar.
O para seguir festejando, digo mejor, por que la alegría nos envuelve desde ya hace meses, desde el momento en que nos dejaron saber su gran decisión: nos vamos a casar.
Lo dijeron así, escueta, llana y simplemente.
Casual, dicen los jóvenes ahora.
Pues no sé si por casualidad o no, pero lo que certeramente supimos entonces era que dos personas extraordinarias que viven en nuestros corazones, dueñas de desbordante energía vital que han sabido encausar con tesón asombroso en el logro de grandes propósitos personales, familiares y profesionales y en la superación de enormes obstáculos, daban lugar a algo nuevo y poderoso, puesto que nada distinto puede provenir de un hombre y una mujer que desde sus grandes diferencias, asistidos por la inteligencia y el tiempo para administrar encuentros y desencuentros, para conciliar voluntades y aspiraciones, con razón y corazón han optado por concurrir en el mismo camino.
María Elisa y Diego tienen cada uno y en versión inigualable una mezcla mágica de talento, sensibilidad y creatividad que les permite sorprender pero sobre todo ser sorprendidos que es requisito indispensable para poder disfrutar, no solo los grandes momentos que en veces nos trae la vida, sino las cosas chicas del día a día.
Y juntos.
¡Ese es el milagro!
¡De ahí viene la felicidad!
De poder arrancar una lagrima y una carcajada y de ser capaces al mismo tiempo de llorar y de reír, siempre de la mano del otro.
María Elisa y Diego han cosechado individualmente esforzados triunfos, han lidiado con las adversidades y han conocido los rigores de la soledad pero en unión han aprendido a sobreponerse a las discordancias respetando los espacios y han generado una fuerza novísima y potente para aguantar, continuar y avanzar.
Por eso creo que hoy no estamos de fiesta por el presente sino aplaudiendo el porvenir.
Con estos dos queridos sobrinos vale la pena apostar por el mañana.
Por un mañana venturoso -no por dos, como dijeran Les Luthiers-.
Por que si el amanecer llegara a resultar gris estoy seguro que Diego lo iluminaría con sus elocuentes y bonitas acuarelas y si el silencio lo abrumara la voz limpia y bella de María lo quebraría en mil trozos como a una pompa de cristal -a propósito de la Navidad que ya llega-.


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