sábado, 7 de diciembre de 2013

Golpes

Con motivo de su grado de Bachiller, hoy dediqué estas líneas a mi hijo Santiago:
Como papá tengo vivos los recuerdos de Santiago infante, siempre acompañado de la frazada de lana de reborde celeste que le regaló Jaime en su primer día de vida, siempre disfrazado y en actitud de superhéroe, siempre jugando, aún a la hora de comer, cuando el plato de spaghetti podía terminar en su cabeza, de sombrero, con su vocecita ronca hablándole a su "hemanita" de la "lüenga" y de los "tiugones", con "Roco" y Juan Diego en Judo y casi en cuanta actividad emprendiera, pudoroso pero preocupado por sus músculos y extremadamente sensible ante el dolor o la precariedad de los demás. No podía estar quieto. Más de un susto nos dió al desaparecer de repente por andar explorando su entorno en centros comerciales, parques y paseos. Las profesoras de primaria eran siempre superadas por su "indisciplina" pero se asombraban de su inteligencia: -¡es un niño muy capacitado!, -¡en mi materia sí le va muy bien porque como es de pensar! En Girardot pasaba horas y horas en el agua nadando pero con un solo brazo o tomando aire de las tuberías del jaccuzi, cuando no estaba con Juan Diego tratando de colgarse de las aspas del abanico en movimiento. Un poco más grande terminó ileso sobre el cofre de un coche contra el que chocó su bicicleta al transitar a toda velocidad por una empinada calle cerca del Hospital Militar Central. Tiempo después se divertía, ataviado a lo "Happy Lora", boxeando con Juan Diego y sus cuates en Unicentro, en Farmatodo, en las gasolinerías y los supermercados hasta que los guardias, superando el asombro, los correteaban. Santiago nació ante los ojos de su padre, tranquilamente, grande, rozagante y hermoso, en un parto maravillosamente conducido, a media mañana, después de una noche en que Fabiola no paró de darle vueltas al apartamento, como si estuviera trastornada, rezando sin pausa para que las contracciones del advenimiento se desencadenaran sin intervención humana distinta a la suya. Quizás esa inquietud materna, de alguna manera, puso impronta en lo que ha sido la vida extraordinaria de mi hijo amado. Lejos de ser l'enfant terrible que -por desconocimiento y de modo simplista- han querido ver en él tantos, dentro y fuera de la familia, lo que ha sido, enhorabuena, es un paradigma de la inquietud y de la curiosidad. Tales virtudes han sido el motor que desde muy pequeño le ha impulsado a querer ver, aprender y hacer más. A que dudarlo, lo ha conseguido, con disciplina, persistencia y esfuerzo admirables. Este hombre, buen amigo y compañero, estudiante de excelencia, dibuja, hace esténcil, pinta y toca guitarra, saxofón y, ahora, piano, es gimnasta disciplinado, ya incursionó en las artes circenses y, aún, "mama gallo" permanente e incansablemente. Yo jamás logré hacer alguna actividad física con solvencia mínima, pude dibujar mejor de lo que lo hace un niño o aprendí a tocar un instrumento musical, más allá de los rudimentos. Por eso, entre tantas cosas, me complazco en Santiago a cada instante, viendo en sus logros cumplidos tantos de mis sueños. Hijo: deseo que la inquietud y la curiosidad sigan siendo tus inseparables compañeras para que, en adelante, puedas seguir persiguiendo y alcanzando todos tus propósitos.

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