Si alguien mencionara el largo nombre de Mario Fortino Alfonso Villavicencio Moreno Reyes, a pocos, y menos a los más chicos, les resultaría familiar. Pero si dijera que fue un hombre generosísimo que ayudó económicamente a miles de personas en su país y en toda América Latina, que educó a niños colombianos sin recursos -como lo hizo con un familiar de mi concuñada María Victoria Quijano-, que teniendo el más humilde de los orígenes llegó a ser el más destacado de los comediantes de su generación, a la cual pertenecieron los hermanos Valdés, Capulina y Resortes, y alma de los estudios de cine de Churubusco, que se ganó la admiración y la amistad de Charles Chaplin, fue un pilar de la cultura mexicana e hispanoamericana del siglo XX y jugó un rol definitivo en la construcción de nuestra identidad, muchos de los que me leen reconocerán al creador y al intérprete de Cantinflas, el "pelado" mexicano por antonomasia, el personaje maravilloso e inolvidable de mi juventud y de mi infancia, tan querido en mi casa y por mis padres, tal vez por nuestro viejo vínculo con México. Aún recuerdo el estreno de "Conserje en Condominio" y de "El Barrendero" que vi muchas veces en compañía de mi amigo Tomás Cárdenas. Estas líneas las escribo para no olvidar un episodio familiar relacionado con él. Cantinflas estuvo varias veces en Colombia. En una ocasión, allá por los años cincuenta, la sociedad conformada por los argentinos Gonzalo Amor, el decano del comentario hípico en Colombia que llegó como cantante tanguero, y Antonio Comas, el conocido "indio" Duarte del "Duelo del Mayoral", el abogado español Pepe Sanchiz y mi suegro, Luis Alberto Suárez Alonso, quien era su representante legal, que había instalado un restaurante y grill en Bogotá, en la calle 19 con carrera 8, especializado en comida española y carnes a la parrilla, llamado La Tranquera, rápidamente aprestigiado y muy frecuentado, trajo a Mario Moreno a su local en Bogotá, resultando la visita en el evento social y farandulero de ese momento. El Doctor Suárez recuerda a Moreno como un tipo dadivoso, de trato afable y entregado al público, confirmando el juicio infalible de los afectos a Cantinflas a lo largo y ancho de Iberoamérica.
lunes, 1 de febrero de 2016
domingo, 31 de enero de 2016
De Responsabilidad Médica
En Bogotá, en los primeros años de la década de los cincuenta, un muchacho con movimientos anormales fue manejado por el Dr. Amaya con licor arsenical de Fowler. A pesar de los signos y síntomas de intolerancia el médico tratante se negaba a suspender el fármaco. Por el contrario, haciendo ostentación de gran intrepidez, en respuesta a cada reporte de intoxicación por arsénico del paciente aumentaba la dosis. Así condujo al joven al envenenamiento y a la muerte. La necropsia y los peritajes permitieron concluir que el fallecimiento había sido consecuencia inevitable del consumo mal controlado del licor fowleriano. La familia interpuso la demanda penal contra el médico haciéndose representar por el Doctor Luis Alberto Suárez Alonso. Se hizo manifiesta en la forma más abyecta la solidaridad del cuerpo médico bogotano, encabezado por figuras tan destacadas de la profesión como el Profesor Alfonso Bonilla Naar, que valiéndose de intrigas y ejerciendo todo tipo de influencias, que terminaron por presionar de manera directa hasta al padre del abogado de la parte civil, a la sazón médico leprólogo muy reconocido, logró que el jurado en la audiencia pública que tuvo lugar fuera compuesto en dos terceras partes por médicos o familiares de médicos, que los peritos y la oficina de asuntos forenses asumieran una actitud dubitativa y que —con la sala atestada de estudiantes saboteadores, discípulos de Bonilla— se fallara el negocio exonerando a Amaya, a pesar de la intervención valiente del Doctor Suárez y de su inquebrantable decisión de no renunciar el poder de la familia de la víctima. El fiscal y el propio Doctor Suárez debieron salir de los tribunales escoltados. Este episodio relatado es histórico por cuanto se constituye, según todo parece, en el primer caso de responsabilidad médica que llegó a los estrados judiciales en Colombia. El abogado que acusó al médico malpracticante, es mi querido suegro.
martes, 15 de septiembre de 2015
Germán Alberto Pinto Saavedra, Girardot, 1950 - La Macanilla, 2015
Ha partido Topin. Murió en su chinchorro, solo, como seguramente lo hubieran deseado él y su idolatrado Libertador. Y en Santa Teresa de Cunaviche, quizás el único lugar donde era pleno y encontraba felicidad y sosiego completos. Como imploraba Mutis, la Providencia le dio un bel morir.
Se fué un hombre absolutamente exitoso si convenimos en que el mejor suceso posible tal vez se alcanza al hacer siempre lo querido. En la discrepancia vehemente, en el disentir beligerante y en la opinión ácida, crítica, acusatoria y muchas veces indolente que fueron su razón vital, el leitmotiv, hubo grandes contrastes, ires y venires, pero en cada momento actuó de acuerdo a lo que creyó. Así las cosas, Germán fue la personificación de la incoherente pero intachable consecuencia. Un ser extraordinario y único que sólo podía despertar fuertes emociones y sentimientos también extremos y encontrados. Y en esa dualidad lo admiramos todos, mis papá, los hermanos, los sobrinos, los amigos y, claro, los enemigos.
Fué superhéroe de mi infancia, ideólogo de mis años mozos y crudo inquisidor de mi vida adulta pero quiero y necesito creer que no por eso siempre me amó sin pausa y a su manera, como yo lo amé.
Felices mis viejos que hoy se reúnen con su hijo consentido. Cuanta falta nos va a hacer su ausente pero fortísima presencia.
viernes, 19 de junio de 2015
GRADO DE ROCO
A lo largo de su vida Roco ha sido para mis hijos y nosotros, y puedo decir que para todo el Clan Familiar, amoroso referente y la más dulce y tierna de las compañías.
Hoy, con Fabiola y Santiago -y con Ma. Paula y Manuela, mis chinitas, en la distancia, desde México-, tuvimos el inmenso privilegio de acompañar a Roco en su grado.
Experimentamos una emoción muy grande, hasta las lágrimas, por ver a Roco feliz de alcanzar sus metas, de saberlo distinguido como el mejor alumno de su promoción, al oír el discurso extraordinario de Lorna en nombre de los padres y por estar, más que en la graduación, en la celebración del amor infinito de Lorna, Jorge, Jorgito y Juan Diego por el maravilloso Roco que ha llegado tan lejos, justamente en virtud de semejante afecto.
Alguna vez le puse a esta hermosa foto, que muchos recuerdan como la de los Supermanes, el pié "Mis chinos". Y la traigo aquí justamente por que creo que la desbordada emoción a la que me estoy refiriendo de seguro obedece a que Roco también ha sido un chino más de los Pinto-Suárez.
¡Felicitaciones entonces a Roco, a Lorna y Jorge, nuestros compañeros de paternidad-maternidad, y a Jorgito y Juan Diego, mis otro chinos!
jueves, 4 de junio de 2015
La cocina en la casa de mis papás
¿Y cómo no iba a resultar mi vida una pelea permanente y siempre perdida contra el sobrepeso si el gusto por la comida era la única consecuencia segura de ser criado en un hogar en el que comer tenía semejante lugar de privilegio? Y lo tenía quizás por el origen más bien humilde de mis padres que desde siempre supieron que, contrariamente a los textos bíblicos, el pan jamás cae del cielo sino es el fruto del trabajo. Por eso no había lugar al desperdicio y no era bien recibido que no se limpiara el plato. Pero por oposición, tal vez como en desquite de momentos duros, de épocas de vacas flacas, vividos por ellos o sus mayores, si las circunstancias lo permitían había comida en abundancia y, a menudo, la invitación para "un poco más". Y si sobraba alguien lo aprovechaba, empezando por casa. Y he aquí el resultado. Pero no es esta una diatriba contra las malas costumbres alimentarias que nos marcaron sino la ocasión de recordar desordenadamente tantas ricuras de la cocina de los viejos, muchas de las cuales nunca volvimos a disfrutar desde que ellos partieron:
Changua con cilantro fresco, huevos y calao, no tostadas, que en mi casa era una fiesta y no poción para enfermos.
Chucula -las bolitas llegaban de Girardot de cuando en cuando, junto con el insulso y la reservada, en las manos del bueno de Oyuela-.
Arepas y bizcochuelos de sagú -que traído de Oriente conseguía mi mamá a través de su red de paisanos de Quetame y Cáqueza y pocas veces le faltaba-.
Colada de avena o de sagú, esta última tan de mi mamá que en México, ya en su ancianidad y acosada por la recidiva de una masa craneana, en los días previos a la radiocirugía que necesitaba, me reclamaba por que entonces nada más apetecía.
Torta de mojicón y su variante, torta de pan, resultado final de los trozos de pan ya endurecido convertidos en manjar gracias a la leche, el bocadillo de guayaba y el horno.
Carne desmechada con huevos pericos.
Candil y ponche -que no salían bien si los batía más de una mano-.
Dulce de coco con tomate.
Dulce de uchuvas.
Dulces de durazno criollo en almíbar, de papayuela, de brevas en melao de panela y de moras -en ese orden estaban sembrados de norte a sur los árboles y las matas sobre el costado oriental del solar- siempre acompañados del infantable arroz con leche y canela.
Envueltos de maiz, que involucraban en su hechura a toda la familia pues todos teníamos que ayudar a descargar los bultos de mazorca, quitar y reservar los ameros, desgranar y moler el maíz y envolver la masa, con la oportunidad de hacer los propios con más uvas pasas o trozos de lonja de conserva de guayaba.
Rellenas, hechas con tripas lavadas con tal celo que mi papá debía advertir "no las laven más que las morcillas van a quedar sabiendo a penicilina", que de tanto poleo, calabaza y ahuyama -superada la ensangrentada general de patio y cocina por la que Oscar Di'Chiara decía que era el carnaval de Drácula- permitían tocar el cielo con el paladar porque se deshacían en la boca.
Spaghetti con pollo que realmente eran pollo con spaghetti y ante los cuales no existía la posibilidad de saciedad o de agotamiento del apetito por lo que mi mamá terminaba escondiendo la olla en lugares absurdos -detrás de la alberca del lavadero o debajo de una cama- que siempre lográbamos alcanzar.
Dátiles y berros con jugo de limón y aceite de oliva que retrotraían a mi papá a los sabores de su infancia, estos inoculados por los vecinos siriolibaneses de la casa paterna en Girardot y que yo aprendí a querer más aún, como al tabule, los tahines, las olivas y los quibbes, por la generosidad de Wayih y Safinaz Abu Shihab, los padres de Yalilo y Edwincito.
Arroz con pollo tan abundante en salchichas, chorizo, cerdo y tantas otras adiciones que hacía palidecer a la mejor paella valenciana. Y que jamás adolecía de sequedad por que a la mano no faltaba el tarro de aceite de oliva español para resolver cualquier carencia.
Tamales tolimenses de masa perfecta pero escasa por comparación con la cantidad de carnes que tenían y de los que había que reservar de a cinco para apetitos tan singulares como los de mis primos Fernando Mesa y Fabio Valbuena.
La pata de res en trocitos guisada con arvejas nos confrontaba con la paradoja de que algo viscoso podía ser delicioso.
Los sábados era día de puchero sabanero, la única razón por la que entraba el repollo en nuestro menú porque siempre perdía la batalla contra la lechuga batabia, con pollo, cerdo y costilla que en la versión de mi mamá se perdían en un mar de guiso que como el de la sobrebarriga, esta siempre horneada, jamás cocida, llevaba mucho tomate, inolvidables hilachas de cebolla larga y pedacitos de queso blanco.
¡Ah, la subienda! Ese fenómeno de la naturaleza ya extinto, culpable de nuestro gusto visceral por los peces de río que casi le quita la vida a mi hermano Alfredo, era el responsable de un cambio radical en la alimentación de la familia por casi 3 meses, de febrero a abril. Mi papá había sido alimentado en su niñez con pescado y era el encargado de que la multiplicación de los peces en el río Magdalena se trasladará a nuestra mesa todos los años. Entonces el desayuno y la cena consistían en nicuros enharinados y fritos y el almuerzo casi siempre en viudo de capaz y algunas veces de bagre o bocachico o, en pocos fines de esas semanas, en bocachico tan bien sajado y tostado que podíamos comerlo. Pasada la subienda, tiempo en el que ofrecían a la venta pescados hasta en los semáforos y las esquinas, no cesaba su consumo, al menos en nuestra casa, porque iniciaba la temporada del pescado seco y que podía extenderse por unos veinte días más. El aroma era intenso y penetrante pero en el plato, desalado y acompañado de papas en chupe, era delicioso.
Y tengo que mencionar también en esta entrada del blog los periplos gastronómicos de mi papá que complementaban sus apetencias domésticas.
Si el recorrido era a su natal Girardot era obligada la visita a la Plaza de Mercado para saludar a la "Mona" y dar cuenta de una par de platos de la insuperable lechona y de varias tajadas de insulso, todo traído por ella de Purificación, la tierra de mi abuelo Juan.
Si se tomaba el rumbo de Oriente no había impedimento posible para catar las morcillas al estilo de la provincia en al menos tres de los toldos de venta de piquete que instalaban en la plaza, frente a la iglesia.
Semestralmente, en Sibaté, aprovechando la visita a Manuel, mi tío abuelo, comíamos a orillas del Muña empanadas chilenas y fresas con crema y si por cualquier cosa debíamos hacer escala en Soacha, las mejores garullas del mundo.
En viajecitos más cortos y con objetivo específico, anualmente visitábamos el convento de las monjitas en Bosa para comprar ponqués negro y de novia y las cigarrerías de Madrid para aprovisionarnos de cáscaras desamargadas de limón y naranja, cristalizadas en azúcar y rellenas de dulce de leche y las de las Cruces para hacerlo de dulces de sidra, marquesas y gelatinas de pata.
Muchos domingos, como era ritual de tantas familias bogotanas, terminábamos en Chía, en Las Rosas o en La Magola. Pandeyucas, almojábanas y pandebonos recién horneados no duraban más de un minuto y entretenían más que los micos impúdicos que vivían enjaulados en el parquecito del estacionamiento.
lunes, 15 de diciembre de 2014
Mi Papá
Mi papá partió en la flor de sus 56 años y en mi plena adolescencia. Era un hombre severo, bravo, se diría, pero mamador de gallo consumado y dueño de una infinita y asombrosa capacidad de gozar de las cosas pequeñas que quizás le permitió lidiar con los avatares de su vida, que no fueron pocos, empezando por la muerte de su padre cuando apenas atravesaba los años azarosos de la pubertad. Como se deducirá sin dificultad, la temprana falta de mi padre me marcó en forma definitiva provocando naturales herida y cicatriz indelebles pero coincidencialmente me llevó a compartir con él la condición de orfandad precoz y -como a menudo lo pienso- posiblemente la necesidad no manifiesta de enfrentar el día a día con aceptación -no sin angustias y amarguras que en veces son inevitables- y con cierta y muy relativa tranquilidad, desde una barrera protectora construida a base de mamagallismo y de un permanente, íntimo y casi siempre inconsciente propósito de disfrutar de lo que se atraviesa en el camino y en especial de las pequeñas cosas.
MARÍA ELISA Y DIEGO
Exponiéndose al riesgo de encharcamiento por la ya proverbial condición de llorón que me acompaña, María Elisa y Diego tuvieron la osadía de escogerme por encima de opciones de seguro más serenas para decir unas palabras que marquen el inicio de este festín maravilloso que no podría tener mejor lugar para cumplirse que nuestro entrañable Fulgor.
Y claro que tenemos motivos de sobra para celebrar.
O para seguir festejando, digo mejor, por que la alegría nos envuelve desde ya hace meses, desde el momento en que nos dejaron saber su gran decisión: nos vamos a casar.
Lo dijeron así, escueta, llana y simplemente.
Casual, dicen los jóvenes ahora.
Pues no sé si por casualidad o no, pero lo que certeramente supimos entonces era que dos personas extraordinarias que viven en nuestros corazones, dueñas de desbordante energía vital que han sabido encausar con tesón asombroso en el logro de grandes propósitos personales, familiares y profesionales y en la superación de enormes obstáculos, daban lugar a algo nuevo y poderoso, puesto que nada distinto puede provenir de un hombre y una mujer que desde sus grandes diferencias, asistidos por la inteligencia y el tiempo para administrar encuentros y desencuentros, para conciliar voluntades y aspiraciones, con razón y corazón han optado por concurrir en el mismo camino.
María Elisa y Diego tienen cada uno y en versión inigualable una mezcla mágica de talento, sensibilidad y creatividad que les permite sorprender pero sobre todo ser sorprendidos que es requisito indispensable para poder disfrutar, no solo los grandes momentos que en veces nos trae la vida, sino las cosas chicas del día a día.
Y juntos.
¡Ese es el milagro!
¡De ahí viene la felicidad!
De poder arrancar una lagrima y una carcajada y de ser capaces al mismo tiempo de llorar y de reír, siempre de la mano del otro.
María Elisa y Diego han cosechado individualmente esforzados triunfos, han lidiado con las adversidades y han conocido los rigores de la soledad pero en unión han aprendido a sobreponerse a las discordancias respetando los espacios y han generado una fuerza novísima y potente para aguantar, continuar y avanzar.
Por eso creo que hoy no estamos de fiesta por el presente sino aplaudiendo el porvenir.
Con estos dos queridos sobrinos vale la pena apostar por el mañana.
Por un mañana venturoso -no por dos, como dijeran Les Luthiers-.
Por que si el amanecer llegara a resultar gris estoy seguro que Diego lo iluminaría con sus elocuentes y bonitas acuarelas y si el silencio lo abrumara la voz limpia y bella de María lo quebraría en mil trozos como a una pompa de cristal -a propósito de la Navidad que ya llega-.
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