Los bloques sobre la Décima eran:
Puesto de salud (dos pisos)
Torres Central (9 pisos) y Docente (10 niveles)
CIDE
Sobre la Calle Primera estaban:
Rehabilitación (Profesor Tejada)
Cirugía Plástica (Profesores Coiffman y Cupperman)
Inmunología y Genética (Profesor M. E. Patarroyo)
Iglesia
Hacia el lindero sur:
Edificio Carrión/Endocrinología (Profesores Bernal, Guardiola y Guido Lastra —Vecino de Clarita Bahamón—)
Edificio Maximiliano Rueda/Psiquiatría (Profesores Yamín, Laverde y García)
Pabellón San Pedro/Dermatología (Profesores Villamizar y Zambrano)
Hacia la Caracas:
Instituto Dermatológico Federico Lleras
Ancianato
El complejo tenía entradas por la Carrera Décima al puesto de salud, a consulta externa especializada y hospitalización y a Urgencias y el CIDE (centro de enseñanza de enfermeras) y una pequeña, por la Primera, al traspatio del Centro de Salud y al Pabellón San Lucas. Tenía dos vías internas pavimentadas que abrazaban el edificio principal en cuyos bajos estaban el servicio de emergencias (Profesor Jorge Ospina) y la morgue. En el ala oriental del primer piso estaban los consultorios de especialidades y en el mismo nivel cajas y asignación de citas. La parte occidental del primer piso era de oficinas administrativas.
En el segundo piso quedaban radiología y reumatología (Profesor Farías) y el tercero correspondía a las magníficas salas de cirugía. En los pisos 4° y 7° atendían medicina interna y ortopedia en el 5°. El piso 9° de la torre docente, la misma en la que quedaba el gran auditorio, albergaba la cafetería, con vista hacia el norte, y habitaciones médicas y el décimo sólo era una terraza/mirador (hacia el oriente) donde siempre venteaba.
En 5° semestre llegamos por primera vez al Edificio Carrión a tomar clases y laboratorios de patología (Profesores Alvarado, Camargo, Santamaría, Martín, Contreras, Lichtenberger y Toro). Como la Ciudad Universitaria se cerró, prolongadamente, gracias a las gestiones de Gonzalo Hernández y Ricardo Pinto terminamos recibiendo también en el Carrión buena parte de la instrucción de microbiología y parasitología, toda vez que profesores e instructores fueron transladados al hospital para continuar la enseñanza y no perder el semestre.
Entre esos ladrillos aprendimos también semiología, medicina interna, psiquiatría, ortopedia, dermatología y cirugía.
En la Hortúa comenzamos a dejar de oler a formol para oler a sangre, a pus, a dolor, pero sobre todo a esperanza y a sonrisas plenas, bien trabajadas y bien trasnochadas. Ahí cada uno de nosotros, tras años de sonambulismo, dejamos nuestra adolescencia y nos convertimos "a la brava" en médicos y en adultos, con cansancio en las manos de coser heridas mientras, de reojo, mirábamos el libro antes de un examen. Ahí sacamos "el pase" ad-honorem como conductores de camillas y nos ganamos todos el bacilo de Koch, adormilado, por el hacinamiento, como también los AcHA y todos los demás.
En esos días nuestro propio yo pasó a estar de "segundo" por que nuestra obligación, un extraño, empezó a ser el "primero".
¿Cómo no recordar el "pulguero", el correr a todos lados llevando muestras y buscando resultados de exámenes de laboratorio y radiología, el siempre esperado "trasnocho", la merienda de medianoche, los cuartos de internos y residentes en el 9° Piso, el auditorio Casas Morales —donde nos reunimos a compartir el miedo luego del cierre de la Universidad—, el edificio abandonado cerca a la iglesia con la ambulancia llena de pasto y los 11 conductores de ambulancia que cobraban sueldo porque tenían fuero sindical, el inolvidable tangarife que gobernaba el ascensor en la noche, las chicas discapacitadas visuales del radio que conocían todo el país a través de la voz, el archivo de historias del sótano donde había que pedirle permiso a las ratas de cuatro patas que allí campeaban o las cucarachas de la cocina y el comedor que templaron nuestros estómagos para resistir cualquier alimento de ahí a la eternidad?
¿Cómo olvidar que en los consultorios de medicina interna había unos cubículos de madera con una cortina negra enmohecida para encerrarse con el paciente a hacerle oftalmoscopia —hoy habría que llevar enfermera para que no nos acusen de acoso o abuso—?
¿O el olor de los pacientes crónicos del Pabellón San Lucas —que persistía con la misma intensidad aunque las ventanas permanecían abiertas todo el día?
¿O la sala de cirugía de contaminados, donde no era tan importante la asepsia, en el extremo norte del segundo piso de plástica, con una máquina de anestesia de antes de la segunda guerra mundial que todavía funcionaba?
¿O el juego del "come come" y la cafetería de Lucho (¿Que habrá sido de Lucho? Enrique, el de los dulces en la Facultad, un buen día enloqueció y cogió su puesto a patadas) —atestada de visitadores médicos y vendedores de libros ( como Manuelito que tenía vitrina permanente)—, en la que Ricardo "la gallina" Leaño siempre pedía una Coca~Cola y un tinto doble?
¿O la cancha de fútbol donde "Carietón" alguna vez metió un gol de último minuto y salió en hombros como los toreros?
Inolvidables los 9 pisos sin ascensor y el —siempre en adecuación para ser el lugar de pacientes particulares— 8° Piso; ¡ay Dios, qué malos administradores hemos sido los médicos!.
Y, finalmente, ¿cómo borrar la imagen del auditorio de la Unidad de Salud Mental con más gente que el Campín viendo el Tour de France y a Lucho Herrera —¡no le cabía un alma!—?
