La partida de un artista de la entraña del pueblo entristece mucho. Como "cuando un amigo se va".
Ayer le contaba a mi familia que guardo en el corazón el recuerdo de mis tiempos de estudiante de la Universidad Nacional cuando Alberto Cortez cantó a capella en el León de Greiff llevándonos al llanto emocionado. Y la música de Joe Quijano me mueve todos los días alguna cuerda (probablemente tendinosa). Finalmente, ¿quién de mi generación no bailó al Indio Pastor López? Nadie, por supuesto.
Los tres se fueron ayer y este mundo es hoy más triste y tiene menos voz. ¡Grandes e inolvidables!
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