domingo, 23 de julio de 2023

96 de Luis Alberto


Un chino en la flor de los 20 —o sea yo— timbra una tarde en la casa de la 61 en el lento y no fácil proceso de conquista de Fachito, esperando que ella abriera el portón, y el que sale es un señor grueso, de lentes y bigote, elegante pero adusto y de ceño fruncido, que, girando el torso, gritó "¡Fabiolita!" por respuesta a mi "Buenas tardes, hágame un favor, ¿Fabiola?". Yo me quedé esperando en la entrada, acojonado, como dicen los gachupines, y no le volví a ver hasta quizás un año y medio más tarde, en la finca, de cortos, llegando a jugar vóleibol al potrero de los caballos, en la alegría de sus 57. La diferencia de ánimo de esos dos momentos reflejaba, seguramente, los sentimientos encontrados que se cruzaban en su alma por la satisfacción de una etapa estelar en su vida profesional, el logro reciente de "Las goteras" y la congoja por la inimaginable partida de Hernán.

Poco después, también en Mosquera, en el jardín frente a la casa, resulté sólo con él y entonces, "jalándole" la lengua para que hablara de la Universidad Nacional, de historia colombiana y de política, empezó una conversación que casi 40 años después continúa sin mayor pausa. La manera de tratarle desde entonces, signada por la admiración y el respeto, no pudo ser otra que llamarle "Doctor".

¿Cómo más podía dirigirme a un hombre formado en la cátedra de Gerardo Molina, del hacendista Lleras Restrepo, de Don Luis López de Mesa y del Maestro Julio Carrizosa, que más que liberal parecía radical en su ideario, redondeaba los 35 años de ejercicio profesional, era un penalista respetadísimo, había sido Juez de la República, había llevado el primer negocio por mala práctica médica en la historia de Colombia y fungido como abogado de Palacio e intervenido en los procesos derivados de la crisis en torno a la Financiera Furatena y a la caida del Banco Nacional, había recorrido medio mundo y, con Doña Gloria,  encabezaba una familia ya con cara de clan –eran 28–?

Y fue "el Doctor" siempre. En todo momento. El Doctor en celebraciones y festejos. El Doctor en vacaciones –aún estando más prendidos que un pesebre, como en las noches de "guayabita" con Alvarito en el Tolima–. El Doctor en viajes y paseos –incluso empapados ambos hasta los tuétanos, como en la lavada que nos metimos bajo las cataratas de Iguazú, o siendo yo confundido con su "hermano", como ocurrió en el hotel de Cuzco–. Y, claro, el Doctor en los momentos de dificultades en los que ha sido tabla salvadora por su experiencia, su sabiduría jurídica, su buen seso, su ecuanimidad y su ponderación.

Aún me cuesta trabajo no nombrarlo así, Doctor Suárez.

En veces le he dicho Suegro, que lo ha sido magnífico desde la noche en el apartamento de la 87 cuando recibió con alborozo el anuncio de nuestro matrimonio con la pregunta "¿Y dónde quieren la fiesta?". 

Pasada la meta volante de los 95 exige insistidamente en que le diga Luis Alberto. Me es difícil y antepongo el "Don", el de "Pater Familias" y que hace justicia a una de sus facetas más determinantes para todos, la de consejero. "Dn", dicho de prisa. Pero él se percata y no me queda de otra que acatarlo y lleno de cariño decirle entonces como ahora le complace, Luis Alberto.

¡Feliz Cumpleaños, querido Luis Alberto!



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