sábado, 1 de julio de 2023

1º VII 2023 Celebración 35 Aniv. Prom. '88 Med. UN


Creo que fue nuestra Clarita, tan profundamente atada al corazón de todos, quien me dijo "no voy a perderme esta oportunidad de ver a tantos personajes juntos", como parafraseando el "a tantas bestias juntas" que sería propio de Giovanni. No se equivocaba. Había que aprovechar. Los afanes de estos tiempos poco momento dejan para verse con la familia. Y eso terminamos por ser, más allá de visiones tan divergentes sobre dioses, demonios, hombres, fantasías y realidad, por haber compartido muchas vivencias, la misma casa y la misma educación, haya entrado la letra al cacumen amorosamente o con sangre a raudales. 

Y a propósito de dioses, hoy sería calva, o más bien propicia, ocasión para recordar anécdotas de maestros queridos como Guillermo Oliveros o Alfredo Rubiano, Ricardo Alvarado o Jairo Bonilla, Andrés Rosselli o Efraín Bonilla, Dimas Contreras o Harlem Poveda, Germán Romero o Pedro Farías. 

O para hacer recuento de los muchos apodos que como molestan, jocosamente terminaron también por identificarnos, tanto como nuestros nombres, se deben en su mayoría al inefable "Calceto" y no tienen caducidad. 

O de las "rascas" incontables en tiempos de la Ciudad Universitaria que por la querencia de Holmes terminaban a menudo en "El Balcón del Tango". 

Pero resulta que una o varias de Sus Mercedes, oí, quisieran para este festejo que nos convoca la cortinilla de los himnos de la música que nuestro "Covo" bautizó como "conciente". 

Pues bien, en la felicidad de verlos tomo los versos de Pablo, "el Señor del Filin", para poder decirles que el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos. 

Pasan los años y cambia lo que se siente y cómo se siente. 

Falta mucho pero vamos aprendiendo a no forzar las cosas, advirtiendo que en cada conversación empieza a haber un pedazo de nostalgia y apreciando que lo más importante es quizás el silencio, si bien, a la vez, es un poco más fácil quitarse las máscaras con frecuencia. 

Las discusiones se atemperan o se acaloran porque perdemos tolerancia a las sinrazones y más fácilmente decimos que no para poder construir armonía en nuestros propios corazones, a la vez viejos y jóvenes pero más difíciles de desbocar, quizás en procura de conciliar la esperanza infatigable y la prudente falta de esperanza, las delicias del caos y las de la estabilidad. 

Desde otro lado, volviendo a que terminamos por ser familia, apreciamos, sinembargo, que necesitamos más abrazos. Muchos más.

Vamos viviendo viendo las horas que van muriendo y lo que se impone es abrir puertas para que fluya el afecto y no los resquemores, para el perdón y para la aceptación. 

Para que podamos también sostener, sin romantizar la realidad, que fuimos muchachos una vez y nos gustó, como ahora nos gusta ser pichones de viejos, atesorando la maravillosa riqueza de la experiencia. 

Que esa apertura nos inspire hoy y hacia adelante pues, como muchos seguramente se han preguntado en torno a esta celebración, a juzgar por la nutrida asistencia, no sabemos si estaremos en la siguiente. 

Alegrémonos y demos gracias por lo andado pero —reconociendo que envejecemos cuando nos damos cuenta de que empieza a sobrarnos un poco de pasado, los recuerdos se acumulan y ya no sabemos qué hacer con ellos— confiemos en consecuencia en mantener la capacidad de sorpresa, la curiosidad y la alegría por dar para que los años por caminar sean buenos y, entonces, ojalá muchos y, de alguna suerte, compartidos. 


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