lunes, 15 de diciembre de 2014
Mi Papá
Mi papá partió en la flor de sus 56 años y en mi plena adolescencia. Era un hombre severo, bravo, se diría, pero mamador de gallo consumado y dueño de una infinita y asombrosa capacidad de gozar de las cosas pequeñas que quizás le permitió lidiar con los avatares de su vida, que no fueron pocos, empezando por la muerte de su padre cuando apenas atravesaba los años azarosos de la pubertad. Como se deducirá sin dificultad, la temprana falta de mi padre me marcó en forma definitiva provocando naturales herida y cicatriz indelebles pero coincidencialmente me llevó a compartir con él la condición de orfandad precoz y -como a menudo lo pienso- posiblemente la necesidad no manifiesta de enfrentar el día a día con aceptación -no sin angustias y amarguras que en veces son inevitables- y con cierta y muy relativa tranquilidad, desde una barrera protectora construida a base de mamagallismo y de un permanente, íntimo y casi siempre inconsciente propósito de disfrutar de lo que se atraviesa en el camino y en especial de las pequeñas cosas.
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Que hermosa semblanza de dos generaciones
ResponderEliminarQué bonito que lo puedas sentir cercano no solo por el cariño y el amor que alcanzaron a tenerse, sino también porque de alguna forma su ejemplo pudo prepararte para enfrentar su propia ausencia.
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