Conocí a Doña Mariela hace muchos años, algunas noches de juventud me albergó en su casa, ocasionalmente fue mi paciente, siempre arranqué de su rostro una sonrisa por las pendejadas que le decía, fui privilegiado con su permanente y especial deferencia, estuvo en nuestra casa muchas tardes compartiendo un asadito, la visitamos en su casa de la sabana y un par de veces en la vivienda de sus últimos años y, en fin, fui distinguido con su amistad y la de su familia. Asistimos ahora a su pascua agradecidos por los gratos recuerdos que nos deja. Queda su legado que no es otro que su vasta familia que es también la nuestra y que representada por Tata, Cata, Juan, Camilo, mis queridísimo Ñés y los amados Papo y Elisa recibirá por siempre nuestro cariño incondicional. ¡Grande Doña Marielita! ¡Buen viaje!
jueves, 27 de junio de 2019
viernes, 10 de mayo de 2019
PARA SANTIAGO EN SU GRADO
Es frase de cajón, creo, pero es cierta, que los hijos son nuestra parte más profunda, entrañable y arraigada.
Quizás por eso cuando se interpone la distancia entre ellos y nosotros se siente un hueco que duele y sólo deja de doler y se llena en el reencuentro.
Cuatro años atrás, con la siempre atinada intuición de Fabiola y confiada en la Providencia, esta familia hizo una gran apuesta, difícil y dolorosa, en la esperanza de que era una opción triunfadora.
Se trataba de poner a Santiago en un escenario que le facilitara desarrollar su enorme capacidad intelectual y, a la vez, desatar su pasión por el circo.
Semejante oportunidad vital estaba en Illinois State.
Lejos.
Lejísimos, si consideramos nuestro muy colombiano y parroquial provincialismo, acaso en algo morigerado por nuestros años de estudio en Inglaterra y México.
Y por tanto, repito, oportunidad y apuesta dura y dolorosa.
Difícil, dolorosa y dura para todos nosotros que, a qué dudarlo, tenemos el sello familiar del apego.
Pero para nuestro chino, además, suponía enfrentar un largo período de esfuerzos y trabajo sin pausa y en soledad.
Las expectativas fueron copadas con creces.
Santi descolló en investigación, alcanzó la excelencia académica, brilló en Gamma Phi Circus, conectó con personas magníficas como el Profesor Neil Christensen, los doctores Su, Grobbe y Holland, Marcus Alouan e Ivan Stoinev, puso su nombre en las paginas de Annals of Physics y Journal of Physics Communications y superó exitosamente situaciones personales muy difíciles que amenazaron seriamente su integridad.
El título CUM LAUDE que con honores hoy le ha conferido su Universidad, una de las mejores del Estado y la más antigua de ellas, reconoce a un muchacho que, orgullosamente, proviene de una familia trabajadora de clase media, con raíces que se entierran en el campo de una pequeña nación suramericana que aún hoy lucha por definirse entre la guerra y la paz.
El grado celebra a un campeón.
¡Felicitaciones, hijo amado!
Quiero terminar esta obligada perorata agradeciendo con toda mi alma a Yolanda, Fabricio, Faby, Andrés y Daniel por haber acogido a Santiago como uno más de su familia y por estar ahí siempre y, principalmente, cuando más los necesitamos.
Y dando gracias también a Jessica por regalarle su amor, a John por su amistad, a Nico, Jime y mis sobrinos nietos por su soporte y a los profesores de la Facultad por todo lo que le brindaron.
Finalmente, mis besos y abrazos para Fachito, la supermamá, y mi Fantituchi, la superhermana, la mejor familia del mundo de la que Santiago, sin soslayar sus aptitudes incomparables, ha recibido todo el amor, la comprensión, el apoyo y, estoy seguro, la mejor inspiración.
¡Salud!
lunes, 15 de abril de 2019
Y LLEGARON LOS 56s
Quise celebrar "a rabiar", con mi esposa y mis hijos, la llegada a los 56, no por ser una edad particularmente provecta sino por que Don Juan, mi papá, se fue en la flor de esos años, dejándome tempranamente con su orfandad, si es válido decirlo así. Y la voluntad de mi familia y la suerte me lo permitieron.
El día anterior desayuné con huevos en crema de cebolla de Fabiola y pan artesanal, jamón y gouda ahumados de Stefany y por invitación de Guille y su combo almorcé con crepe de pollo y carne deshebrada y para el postre mis compañeros me partieron ponqué —mouse de maracuyá—. En la noche mi Fachito me aplicó 2 de Paternina con riñones, tortilla, pulpo, croquetas y patatas bravas en Sepulveda.
Llegada la hora "dulce y bendecida" las maravillosas mujeres de mi casa dispusieron para comenzar la mañana capuccino, pan de centeno, mozzarela, brie, tomates secos, fruta y huevos en salsa de queso azul. Trasladados al Fulgor para gozar del profundo verde, Mauricio le puso al mediodía el toque cogüeño con tremendo piquete y lo clausuró con dulces mexicanos. Y el día se despachó con "En este pueblo no hay ladrones", inolvidable encuentro con Ricardo Camacho —quien tiene muy vivo recuerdo de Germán, de todos nosotros y aún de la casa de la 127— y concierto de jazz matizado con par tintos, en el libre, y noche flamenca mojada en sangría blanca y adornada con pintxos de dátiles, tocineta, tomates cherry y queso azul, pulpo parrillado, más patatas bravas y mollejas de ternera, en La Tapería.
El afterbirthday tuvo arranque con la reedición del desayuno de postín, té chai a la media mañana en compañía de mi querido suegro y magnífico asado sorpresa Álvaro's style rodeado de la familia, exaltado por la asistencia de Mickey y acompañado por la música de Joe Quijano, en homenaje a su reciente partida.
Y si acaso faltara algo más, Fabiola, María Paula, Santiago, Conie, la familia y mis amigos me prodigaron muchos regalos: pasajes a Cartagena, suscripción a National Geographic, chorizo español, jamón de bellota, queso manchego, vinho verde, binóculos, suecos, camisa cartagenera, cerveza a raudales, el libro de la Leo y un fajito de dolaretes (detallazo de los abuelitos).
Al tiempo Santiago y su novia, Jessica, participaron destacadamente en las funciones conmemorativas del 90 aniversario de su circo.
Y no faltaron los mensajes y llamadas a tutiplén de muchos compañeros, familiares y amigos generosos, desde los 4 puntos cardinales.
El advenimiento de Simón y Elisa, mis nuevos sobrinos nietos, bañó de luz está ocasión tan especialmente llena de significados para mi.
Se fue este cumpleaños feliz por tantas demostraciones de cariño recibidas en que he llegado a la edad final de mi viejo. Un logro. Estoy agradecido con la Providencia.
viernes, 5 de abril de 2019
RECUERDOS DEL SAN JUAN DE DIOS
Los bloques sobre la Décima eran:
Puesto de salud (dos pisos)
Torres Central (9 pisos) y Docente (10 niveles)
CIDE
Sobre la Calle Primera estaban:
Rehabilitación (Profesor Tejada)
Cirugía Plástica (Profesores Coiffman y Cupperman)
Inmunología y Genética (Profesor M. E. Patarroyo)
Iglesia
Hacia el lindero sur:
Edificio Carrión/Endocrinología (Profesores Bernal, Guardiola y Guido Lastra —Vecino de Clarita Bahamón—)
Edificio Maximiliano Rueda/Psiquiatría (Profesores Yamín, Laverde y García)
Pabellón San Pedro/Dermatología (Profesores Villamizar y Zambrano)
Hacia la Caracas:
Instituto Dermatológico Federico Lleras
Ancianato
El complejo tenía entradas por la Carrera Décima al puesto de salud, a consulta externa especializada y hospitalización y a Urgencias y el CIDE (centro de enseñanza de enfermeras) y una pequeña, por la Primera, al traspatio del Centro de Salud y al Pabellón San Lucas. Tenía dos vías internas pavimentadas que abrazaban el edificio principal en cuyos bajos estaban el servicio de emergencias (Profesor Jorge Ospina) y la morgue. En el ala oriental del primer piso estaban los consultorios de especialidades y en el mismo nivel cajas y asignación de citas. La parte occidental del primer piso era de oficinas administrativas.
En el segundo piso quedaban radiología y reumatología (Profesor Farías) y el tercero correspondía a las magníficas salas de cirugía. En los pisos 4° y 7° atendían medicina interna y ortopedia en el 5°. El piso 9° de la torre docente, la misma en la que quedaba el gran auditorio, albergaba la cafetería, con vista hacia el norte, y habitaciones médicas y el décimo sólo era una terraza/mirador (hacia el oriente) donde siempre venteaba.
En 5° semestre llegamos por primera vez al Edificio Carrión a tomar clases y laboratorios de patología (Profesores Alvarado, Camargo, Santamaría, Martín, Contreras, Lichtenberger y Toro). Como la Ciudad Universitaria se cerró, prolongadamente, gracias a las gestiones de Gonzalo Hernández y Ricardo Pinto terminamos recibiendo también en el Carrión buena parte de la instrucción de microbiología y parasitología, toda vez que profesores e instructores fueron transladados al hospital para continuar la enseñanza y no perder el semestre.
Entre esos ladrillos aprendimos también semiología, medicina interna, psiquiatría, ortopedia, dermatología y cirugía.
En la Hortúa comenzamos a dejar de oler a formol para oler a sangre, a pus, a dolor, pero sobre todo a esperanza y a sonrisas plenas, bien trabajadas y bien trasnochadas. Ahí cada uno de nosotros, tras años de sonambulismo, dejamos nuestra adolescencia y nos convertimos "a la brava" en médicos y en adultos, con cansancio en las manos de coser heridas mientras, de reojo, mirábamos el libro antes de un examen. Ahí sacamos "el pase" ad-honorem como conductores de camillas y nos ganamos todos el bacilo de Koch, adormilado, por el hacinamiento, como también los AcHA y todos los demás.
En esos días nuestro propio yo pasó a estar de "segundo" por que nuestra obligación, un extraño, empezó a ser el "primero".
¿Cómo no recordar el "pulguero", el correr a todos lados llevando muestras y buscando resultados de exámenes de laboratorio y radiología, el siempre esperado "trasnocho", la merienda de medianoche, los cuartos de internos y residentes en el 9° Piso, el auditorio Casas Morales —donde nos reunimos a compartir el miedo luego del cierre de la Universidad—, el edificio abandonado cerca a la iglesia con la ambulancia llena de pasto y los 11 conductores de ambulancia que cobraban sueldo porque tenían fuero sindical, el inolvidable tangarife que gobernaba el ascensor en la noche, las chicas discapacitadas visuales del radio que conocían todo el país a través de la voz, el archivo de historias del sótano donde había que pedirle permiso a las ratas de cuatro patas que allí campeaban o las cucarachas de la cocina y el comedor que templaron nuestros estómagos para resistir cualquier alimento de ahí a la eternidad?
¿Cómo olvidar que en los consultorios de medicina interna había unos cubículos de madera con una cortina negra enmohecida para encerrarse con el paciente a hacerle oftalmoscopia —hoy habría que llevar enfermera para que no nos acusen de acoso o abuso—?
¿O el olor de los pacientes crónicos del Pabellón San Lucas —que persistía con la misma intensidad aunque las ventanas permanecían abiertas todo el día?
¿O la sala de cirugía de contaminados, donde no era tan importante la asepsia, en el extremo norte del segundo piso de plástica, con una máquina de anestesia de antes de la segunda guerra mundial que todavía funcionaba?
¿O el juego del "come come" y la cafetería de Lucho (¿Que habrá sido de Lucho? Enrique, el de los dulces en la Facultad, un buen día enloqueció y cogió su puesto a patadas) —atestada de visitadores médicos y vendedores de libros ( como Manuelito que tenía vitrina permanente)—, en la que Ricardo "la gallina" Leaño siempre pedía una Coca~Cola y un tinto doble?
¿O la cancha de fútbol donde "Carietón" alguna vez metió un gol de último minuto y salió en hombros como los toreros?
Inolvidables los 9 pisos sin ascensor y el —siempre en adecuación para ser el lugar de pacientes particulares— 8° Piso; ¡ay Dios, qué malos administradores hemos sido los médicos!.
Y, finalmente, ¿cómo borrar la imagen del auditorio de la Unidad de Salud Mental con más gente que el Campín viendo el Tour de France y a Lucho Herrera —¡no le cabía un alma!—?