Por la mala educación para mi las matemáticas fueron siempre "el coco", "arameo" indescifrable. Eso pesó al extremo en mi decisión de dedicarme a la medicina. Cuando llegué a cursar matemática moderna (MM) 2 en segundo de bachillerato al Colegio Refous, sin tener ninguna fundamentación, la cosa se transformó en tragedia permanente. Tan sólo tuve algún éxito mínimo y momentáneo con la geometría analítica por virtud de Nohora Beatriz Carrasco —RIP—, que no mía, siendo entonces yo el primer sorprendido. Digo mal que sólo con analítica obtuve una calificación en negro —todas eran rojas—. En los infaltables cursos remediales de fin de año ocurría siempre una epifanía orquestada por Roland Jeangros. El "Mono" hacía que —en matemáticas—, los ciegos vieran, los sordos escucharan y los mudos hablaran con elocuencia y locuacidad. Mi salvavidas, en verdad, fue mi entrañable amigo Germán Valderrama. Un par de días antes de cada previa —les llamábamos chequeos— Germancho nos metía a otros discapacitados numéricos y a mi en la biblioteca de su casa y armado de textos de la Editorial McGraw-Hill nos daba uno o tres trucos para pasar la prueba con tres peláo o para perderla por poco. Pero la vida te recompensa en formas impensables y conmigo lo hizo a través de mis hijos que son matemáticos de excelencia y que por lo mismo se destacan, María Paula en el trabajo y Santiago en la academia, al punto de haber alcanzado los créditos para obtener el "minor", pues su pregrado es en física. Semejante regalo de natura dado a mis "chinitos" me reconcilia con los números que bien sé, son el lenguaje del cosmos.
sábado, 15 de septiembre de 2018
martes, 3 de julio de 2018
POR LOS 30s
miércoles, 13 de junio de 2018
EN UN TAXI
miércoles, 23 de mayo de 2018
DOÑA TERESA
En la flor de sus 87 años partió hace minutos Doña Teresa de Hernández. Desde la primera vez que entré a su casa de Cedritos me acogió como a un hijo más y me dió todas las licencias y gabelas de suerte que me sintiera a mis anchas, como en mi propia casa, eso sí teniendo que aguantarme sus bromas y comentarios llenos de inteligencia. Por mi hermandad con Gonzalo hizo de mi Mamá su amiga, y con alguna frecuencia la visitaba en su apartamento de la avenida novena, mientras fueron vecinas. Siempre que hablábamos o nos encontrábamos convertía la ocasión en un acontecimiento y nunca dejó de darme inmerecido reconocimiento como médico de confianza, al extremo de llamarme, a veces antes que a nadie, para contarme sus cuitas. Le brindó a Fabiola todo su cariño en cada oportunidad que compartieron y nunca le faltó tiempo para enseñarnos las nuevas matas sembradas en su precioso jardín. He conocido en mi vida a muy pocas personas, en este momento sólo me acuerdo de mi madre, con la determinación, la fuerza de voluntad, la vitalidad, la laboriosidad, el carácter y la tenacidad de Doña Teresa, virtudes en ella tan magníficas que le permitieron sacar adelante una familia tan grande y, como me lo manifestó mi compadre, hacer lo que le dio la gana, siempre con apego a sus convicciones. La despido lleno de dolor por la certeza del peso de su ausencia. Descanse en paz.
miércoles, 28 de febrero de 2018
MARIA EUGENIA VILLEGAS DE ESCOBAR
Acabo de recibir la noticia de la partida de MARÍA EUGENIA.
De las maravillosas mamás de la Bella Suiza, fue Mariú la más cercana, cariñosa, comprensiva y compinche de todas con la recua de chinos que nos acuartelábamos a parrandear en la biblioteca de su casa.
Se fue en realidad una gran amiga. Paz en su tumba y cariñoso saludo solidario para Ana María, Carolina, Arturo y Jorge Mario y para sus familias.
viernes, 1 de diciembre de 2017
CATALUÑA 2017
CATALUÑA 2017
Por RAPS
[10/11 2:09 p. m.]
Me pregunto: ¿será que la solución a la zoo/suciedad de España que enferma a sus comunidades autónomas o de Colombia que afecta a sus departamentos es el separatismo? ¿En Colombia se terminará el problema de las cortes y las cámaras fletadas y el erario espoliado con Antioquia Independiente, Atlántico Independiente, Valle del Cauca Independiente, medio Cauca Independiente, Etc. Etc. Etc. ?
En la Madre Patria el que sí salió ganando fue el sucio y baboso gallego del Rajoy por cuenta de la brevedad de vistas de Puigdemont & his combo.
Pinche gobierno del gallego tenía la lápida pegada al trasero y entre unos y otros lo revivieron .
* * *
domingo, 26 de noviembre de 2017
ASESINATO
Llegó bien de mañana. Saludó a Parmenio, el viejo y noble portero boyacense que a pesar de los achaques y de los años se resistía, más en alma que en cuerpo, a abandonar la garita de la entrada, como si le conociera de toda una vida, muy larga, y se sentó en el centro de la sala de espera, entonces colmada por los pacientes que estoicamente aguardaban el chuzón de la jeringa de laboratorio o el momento impúdico de desnudarse ante el tubo de rayos X.
No se sometió al improbable pero previsible intento de saludo de las facturadoras:
— ¡Cédula!
O de las enfermeras del servicio de atención al usuario, disfrazadas de ángeles, no necesariamente caídos:
— ¡Carné!
Sólo aguardó a que llegara. Pacientemente. Como Penélope. En la espera atenta estiró las piernas más de un par de veces para comprar en la chaza del frente un té de hierbas hirviente.
Hombres y mujeres, unos añosos y otros jóvenes y llenos de energía odiosa, desfilaron ante los mostradores desprovistos de toda vergüenza:
—Tengo cita para mamografía...
—... Triglicéridos...
—... Tomografía de tórax...
—Vengo a ecografía transvaginal...
Nunca la había visto ni oído pero conocía sus formas, su voz. Y también su aroma. Presentía sus ritmos, su cadencia. Por eso cuando entró lo supo. Era ella. Tan sólo un palmo más pequeña que él, la tez y sus manos de un tono que denunciaba el faltante de horas de sol. Llevaba unos pantalones de mezclilla poco ajustados pero que permitían adivinar piernas firmes y caderas generosas. El pelo de color incierto pero adornado por algunas canas venía atado en una bamba de colores y como una colita llegaba a la espalda, no muy gruesa, entre los hombros. Cuando la dependiente le pidió sus documentos giró y él pudo comprobar que los ojos, más bien grandes, iban del ámbar al marrón y eran dos reflectores de luz cálida puestos sobre una nariz sin recato. Confiado, escuchó sus repuestas a la casi indagatoria que formuló la chica del ordenador. Supo su nombre y su edad, su I. D. y dónde vivía. Cuando la llamaron para examinarla compró la última tisana de la mañana y la bebió de pié, al lado de la chaza, muy lentamente, tanto que el sorbo final estaba frío. Y ella salió. Caminó detrás, a unos metros, tomando su paso. Unos minutos después, mientras ella compraba el pasaje en la taquilla, se adelantó, con su tarjeta marcó el pago en el torniquete de la entrada a la estación y se detuvo frente a las puertas de embarque. Ella le alcanzó y al tiempo abordaron el mismo vagón. No había lugar para sentarse. En la batalla por la acomodación la bolsa azul de sus resultados cayó al piso y él se precipitó a levantarla como si de salvar la vida de un náufrago se tratara.
—Se le cayó. Aquí tiene.
—Ay! Muchas gracias.
—Por nada. Oiga, Usted me parece conocida. ¿Dónde la he visto?
—Mmm... No sé, no creo.
—¿Trabaja en el Banco Central?
—No.
—¿O tal vez por los lados del Polo?
—Vivo por ahí.
—¿Ah sí? Pues yo voy para allá. Tengo que recoger las compras que semanalmente hace Doña Helena, la mamá de un viejo amigo que no vive en Bogotá, y llevarle las bolsas a su casa. La conocen en el Carulla del barrio desde cuando inauguraron el almacén. Ahora, por los años que tiene y los problemas de salud, le cuesta mucho moverse y yo le hago ese favorcito que no es nada para mi y que me permite el gusto de pasar a verla.
—Yo también me bajo en el Polo. Voy para la casa. Ando mal de la espalda y estoy incapacitada.
—¿Y eso?
—Es que yo salgo a trotar por las mañanas y algo debí hacer mal hace unas semanas por que de ahí para acá vengo con un dolor permanente.
—Ah, por eso la bolsa...
—Sí. Me estaba haciendo una resonancia que me mandó el médico. Rezumbancia debería llamarse eso por que eso es mucho ruidajo tan terrible el del aparato ese en el que lo meten a uno.
—¡Jajajajajá! Discúlpeme, me dio risa lo de la rezumbancia. Ojalá le haya salido bien y no sea nada grave. Me imagino que lo que debe tener es algo muscular, por lo que Usted corre. No debe ser nada serio.
—Eso espero.
—Siempre que veo esas bolsas de exámenes del Instituto me pregunto ¿por qué les habrán puesto a unos pingüinos?
—¡Jejejeje! Sí. Es chistoso, ¿no? Son como una familia los pingüinos esos. Habrán pensado que es una forma de mandarle el mensaje a la gente de que el Instituto y sus pacientes son como eso, una familia. Cosas de los publicistas, de los de mercadeo, me imagino.
—Ya llegamos. Bajaron del bus y caminaron juntos hasta el parque del Polo, como si se conocieran. En la misma forma en que habían estado hablando desde que él recogió la bolsa. Sin temores —extrañamente—. Entonces dio el golpe.
—¿Le provoca un tinto?
—Bueno.
Se sentaron en las mesitas de afuera del pequeño café de la esquina. En ese momento supo que el crimen estaba cometido. Que la había matado. En realidad la habían matado. La soledad, su espantosa soledad y la de ella, ya no era de este mundo, no del suyo, no del de ambos.
