Al alba, con las voces de los gallos que aún cantaban en el Bogotá de entonces y el gorjeo de los copetones siempre alineados en las cuerdas de la luz, se despertaba, encendía el primer cigarrillo del día y, aún adormilado, se cubría con la levantadora pañosa y bajaba a la cocina a hervir el agua de su primer café negro de la mañana. Entonces se torturaba con la ducha helada necesaria para permanecer despierto y atento durante las clases de Gerardo Molina, del hacendista Lleras Restrepo, de Don Luis López de Mesa y del Maestro Julio Carrizosa. No perdía ni una palabra en sus apuntes de clase que a la noche mecanografiaba en varias copias. Al día siguiente las vendía en la Facultad a los mejores postores que solían ser los más vagos, dos de ellos, además, sus vecinos. Esa labor de las noches le permitía estar al día en los estudios y le dejaba libre en las tardes que terminó empleando en visitar a los médicos de la ciudad, no como paciente, pues conservaba una buena salud a pesar de haber dejado el atletismo hacía ya años, sino como representante de Winthrop, el laboratorio norteamericano, a instancias y por gestión de su padre, el Doctor Luis Suárez. Se entretenía caminando por las calles tranquilas, de consultorio en consultorio, con el pucho colgando de su boca que bien financiaba con los 30 pesos que le daban por llevar los folletos y las muestras de fármacos, en verdad a las secretarias y enfermeras de las clínicas, pues los cirujanos y clínicos, siempre atareadísimos, no lo recibían nunca. Conforme, no volvió a preocuparse por estudiar los prospectos ni las fichas de los medicamentos que promocionaba. De lo que sí estaba al pendiente era de que no faltarán confites en sus bolsillos para mantener un agradable coqueteo con las muchachas que terminaban por atenderlo. Una tarde Alfonso Bonilla, el joven cirujano, extrañamente lo hizo pasar a la oficina —quizás asaltado por una ola de calidez caribe por cuenta de su origen cartagenero— y lo sorprendió. Al preguntarle por la posología y los efectos secundarios del elixir de temporada no encontró más respuesta que el sartal de incoherencias que atropelladamente escapó de la boca de Luis Alberto o, más bien de su memoria dispar. El "Loco" Bonilla le comentó la falta al gerente médico del laboratorio esa misma noche en una reunión en el Club Médico, más como anécdota que como queja, pero la consecuencia fue draconiana: despido fulminante. No le quedó de otra al pichón de jurista que hacerse cliente asiduo del Windsor, el Automático y el Saint Moritz. Ahí tinteaba, estudiaba y aprendía. Escribía los trabajos y ensayos que encargaban los profesores para él y para los condiscípulos perezosos que con esos escritos de su pluma lograban mejor calificación que él mismo. El temprano "fracaso" laboral con la farmacéutica terminó ayudándole a ser un muy buen abogado pero sobre todo un gran billarista.
miércoles, 22 de julio de 2020
DISTRACCIONES DE UN APRENDIZ
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